Esa intimidad involuntaria

Llovía, pero igual fui a la casa de revelado de la estación a buscar las fotos. Les había dejado dos rollos, uno de las vacaciones y otro que terminé acá, al regreso, sacando un poco cualquier cosa. El chico me entregó un sobre de papel verde y blanco, gordito, que guardé bien en la cartera. En casa, me hice un té, me senté a la mesa y fui pasando las fotos una por una. Entre las del segundo rollo encontré una que no era mía: un tipo parado en una cocina, con un repasador en la mano, que miraba hacia un costado. La imagen tenía esa intimidad involuntaria de las fotos que no se hicieron para ser vistas por extraños. El hombre parecía estar escuchando a alguien.

Pensé que debía de haberse mezclado con mis fotos y que lo correcto era llevarla de vuelta a la casa de revelado. La dejé aparte, encima del sobre, y seguí mirando las demás. Cuando terminé, volví a agarrarla. El hombre tenía una expresión que no supe interpretar, aunque tampoco podría decir que fuera extraña. Guardé todas las fotos en un cajón, menos esa. Antes de acostarme, fui a la cocina a buscar un vaso de agua y me encontré mirándola otra vez.

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Un día

Caminaban de la mano. El hombre se preguntaba cuánto tiempo más podrían hacerlo, cuánto faltaría para que al chico comenzara a darle vergüenza.

Iban a tomar el subte. Tenían que ir al centro, a comprar zapatillas. La madre del chico había dicho varias veces que las que usaba ya no daban para más. Se había ocupado de hacer esos comentarios casuales casualmente en presencia del hombre. La última vez, el chico lo había mirado a los ojos y le había sostenido la mirada. El hombre había cobrado la quincena: era el día.

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Cuando llegaron a los molinetes, el hombre le dijo al chico que pasara por debajo, y el chico empezó a preguntar si estaba bien hacer eso, pero, antes de que terminara la oración, el gesto del hombre le dejó en claro que no, pero que debía hacerlo de todos modos. Recién cuando llegaron al andén, pasado ya el riesgo de que alguien pudiera verlos y llamarles la atención, el hombre le explicó al chico que los chicos no tenían que pagar boleto. El chico dijo que ya no era tan chico, y el hombre dijo que no tan chico, pero chico; y el chico preguntó hasta qué edad, y el hombre mintió que hasta los doce.

Al chico le gustaba el centro, era una aventura; al hombre, no tanto, pero estaba bien. Especialmente porque sabía que el chico lo disfrutaba. En otros tiempos habría sido una buena oportunidad para tomar un helado o comer una porción de pizza: esta vez no. Serían las zapatillas y, después, hacer el show del apuro —o cualquier otro— y, así, no poder hacer nada más, lamentablemente. No había gastado en este par y ya estaba pensando en el próximo. ¿Cuánto iban a durarle estas? Nada. No duraban nada. Como pasa con todo, pensó, y justo vino el subte, y alejó al chico de las vías con un suave tirón de la mano.

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Se sentaron. El hombre iba mirando el perfil del chico, quería sonreírle, pero él tenía la vista fija en el frente. Se acordó de otros viajes, de la vez en que vio a unos operarios trabajando en un tramo de vías y habló de eso todo el día, de las revistas de historietas que iba leyendo en voz alta, en primer grado, señalando cada globito con el dedo.

Cuando estaban por llegar a la estación, el hombre se levantó. Le puso al chico la mano en el hombro, pero él tardó un momento en ponerse de pie. El hombre le hizo un comentario que nadie oyó: justo se detuvo la formación y el ruido de las puertas y de la gente lo cubrió.

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Caminaron de la mano entre la gente. Habría sido más fácil caminar sueltos, pero el hombre sintió de repente que pudiera ser la última vez que caminaran el centro de la mano y ya no hubo más que pensar. El chico iba animado, mirando todo, mirando los edificios, y las gentes, y los negocios y especialmente los artistas callejeros, que no se veían en otros lados.

Pasaron una pareja que bailaba tango, y el hombre preguntó si quería ver y el chico dijo que no. Pasaron después por un show de marionetas, pero el chico tampoco quiso parar. Cuando encontraron un viejo que tocaba la guitarra y cantaba, el hombre no tuvo ánimos para preguntar, pero el chico fue más natural. «¿Podemos ver un poco?». «Sí, claro que podemos», dijo, y pararon. Escucharon la música, y movieron el cuerpo y, en determinado momento en que el viejo hizo alguna cosa sin mucha relevancia, se miraron sin pensar y sus miradas se encontraron. Un padre miraba a su hijo, y viceversa.

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El viejo terminó la canción. Algunos aplaudían, otros dejaban caer monedas o billetes arrugados en el estuche de la guitarra que, abierto de par en par a los pies del viejo, ofrecía la felpa bordó de su interior. La mirada del chico se hizo inquisitiva, o eso le pareció al hombre. Sacó con lentitud la billetera, más por hacer un gesto que por otra cosa, y comprobó que solo tenía los billetes de la quincena. Rebuscó entonces en los bolsillos: ninguna moneda.

El chico sacó de la mochila su billetera infantil, que le había regalado su abuela cuando cumplió nueve años, y, de ahí, un billete inesperado que fue a parar al estuche del viejo. «¿Vos...?», empezó el hombre, pero no supo cómo seguir. El chico retomó el camino y él lo acompañó. 

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«Acá», dijo el padre, tres cuadras después, cuando llegaron a la zapatería. El hijo miró para todos lados, y rápidamente se embebió de todo el contenido exhibido. «¿Yo puedo elegir?», dijo el nene, muy suelto, y el padre sintió en seguida el tirón de la quincena en el bolsillo. «Sí —dijo inseguro, pero firme—, capaz que sí».

Entraron, y el chico señaló lo que quería. «Perfecto», dijo el vendedor (todos los vendedores siempre dicen «Perfecto») y preguntó en qué talle. El padre sintió el agua subir antes de haber terminado siquiera la primera palabra: «¿Cuánto calzás vos?». El chico hizo un gesto inconfundible, y el padre, perdido por perdido, se apuró a volantear. «Treinta y siete; probemos un treinta y siete», dijo, rapidito. «Perfecto», dijo el vendedor, y se fue.

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Volvió con una caja roja con letras doradas. Iba a dársela al chico, luego al hombre, y acabó dejándola en el piso, ante los pies de medias celestes. El chico abrió la caja que olía a cuero y goma, a pegamento y tela. Ceremonioso, sacó los bollos de papel. El hombre agarró una zapatilla y empezó a acordonarla; sin titubear, el chico hizo lo mismo con la otra.

«A ver, ¿puedo?», dijo el vendedor, en cuclillas frente al chico, y, sin esperar respuesta, tocó las punteras. Palpó los pulgares con seriedad y le habló: «Me parece que a vos te iría mejor un...», «Treinta y seis», dijo el chico, bajito. «Caminalas, probalas un poco», le dijo su padre. «Treinta y siete está bien para él, treinta y seis casi no le va —agregó, mirando al vendedor—, ¿no? Y la idea es que le duren». El chico caminó dos pasos. La zapatilla estaba algo floja. Se agachó y se tocó la punta. Después miró al vendedor y esperó. «Perfecto», repitió el vendedor.

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Volvieron al subte por la otra cuadra, un poco para variar y un mucho porque el hombre sabía que, si se distraían y se les hacía tarde, tendría que escuchar lo de siempre y no tenía ganas. El chico iba contento con sus zapatillas nuevas, las que él quería, del talle que —se había convencido— más le convenía. Tan contento iba que se olvidó de que en el centro podría haber preguntado por un helado.

Cuando llegaron a la avenida, el padre ofreció la mano, como quien no quiere la cosa, y el chico la agarró de buena gana. Y así, de la mano, llegaron al subte. En los molinetes, el padre apoyó la tarjeta y, con la luz verde, le hizo una seña al hijo para que pasara primero.

A lo hecho, pecho

La vecina tocó el timbre para devolverle un táper que no recordaba haberle prestado. Coria lo agarró igual, como si eso resolviera algo. Y no, pero imponía una pausa en la discusión, algo a lo que Coria no iba a negarse. Con un impulso desconocido, la invitó a pasar. La cara de la novia de Coria, sentada a la mesa con el rímel corrido, decía que no, que ni se le ocurriera, pero él insistió tanto que la vecina no tuvo más remedio que entrar. Cuando cerró la puerta, con más fuerza de la necesaria, se dio cuenta de lo que había hecho. Pero ya estaba, y a lo hecho, pecho.

La vecina se sentó en el borde de la silla cuidadosamente, como un gorrión que se posa sobre un cable de fibra óptica. Vio el jarrito enlozado abandonado en medio de la mesa y, por hacer algo, estiró la mano con un tintineo de pulseras, pero se arrepintió a mitad de camino. El brazo quedó, extendido, sobre la mesa. La novia de Coria clavó la mirada en ese brazo y, de inmediato, en los ojos de la vecina. Tenía la cara desencajada, como en falsa escuadra. La vecina no sabía dónde meterse, y entonces Coria quiso salvar la situación. Pensó que podrían tomar unos mates, hablar de pavadas, mirar la tele, comer unos fideos más tarde, tomar vino tinto y, acaso, quién sabe, ser felices los tres.

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Hago mate, dijo, manoteando el jarrito, y se fue a la cocina sin más porque era obvio que, de haber sido pregunta o propuesta, habría fallado. Debía ser informativo, ejecutivo, superlativo. La vecina quería irse; la novia quería que ella se fuera, matarlo a él y matarse después, y Coria quería mate, o eso dijo, así que tomarían mate.

A lo hecho, pecho, se dijo de nuevo mientras llenaba el mate, esperando que la pava eléctrica terminara de calentar el agua. Más tarde o más temprano tendría que volver, claro. Pero se daba ánimos pensando que él podía, que todo iba a estar bien. A lo hecho, pecho, y sacudía el mate. Y así, mirando el mate dado vuelta, mientras esperaba que bajara el polvo y se daba ánimos, se le ocurrió pensar que tal vez no hubiera sido una gran idea dejarlas solas a esas dos.

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La novia de Coria, que tenía nombre y se llamaba Silvina, manoteó el rollo y, con la vista fija en la pared que separaba la cocina y el living, empezó a limpiarse la cara con un papel e impostadas solvencia y mundanía. En la cocina, Coria silbaba algo. La vecina ya se había examinado las uñas, ya se había peinado con los dedos, ya había mirado el perfil duro de Silvina y fijó entonces los ojos en la pared, en el mismo punto que la novia de Coria, debajo y un poco al costado de un cuadrito que representaba, según el ángulo desde el que se lo mirara, un velero o una gaviota.

¿Qué te parece este departamento?, se dio vuelta Silvina, y todo fue tan repentino que su propia voz la sobresaltó. La vecina recibió la pregunta como un baldazo y apenas dijo: ¿Eh? Sí, eso, qué te parece, insistió la novia de Coria, ya sin preguntar. Es una porquería, no me vas a decir que no. Un juntadero de basura, para empezar. Un chiquero, eso es lo que es. Pero, aparte, es chiquitísimo. No se puede vivir así. Una familia no puede vivir acá. Patricio vino acá de jovencito, y se entiende, pero cuando uno es un huevón grande ya tiene que ir pensando en otras cosas, en una familia, en algo mejor. Yo le digo que podemos conseguir algo más grande, más espacioso, pero él. Silvina se quedó callada tan bruscamente como había empezado a hablar. La vecina la miraba. Coria se acercaba con el mate y el termo, casi contento, tan domingo de sol en la costanera.

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Y capaz él no quiere una familia, dijo la vecina, con tal naturalidad y liviandad que era prácticamente imposible saber si se trataba de una torpeza, una maldad, una verdad inexpugnable o un comentario sin ningún tipo de propósito más que el de simplemente existir y morir en un instante.

La cara de Silvina se corrugó como un cartón y la de Coria, ni te cuento. El velero se definió gaviota y salió volando. El aire se quedó quieto, quietísimo, y el táper, que no sabía dónde meterse, se quedó en el molde. La vecina, en tanto, soltó una risita igual de incomprensible que el comentario, y las pulseras amenizaron el momento con su alegre tintinear.

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Bueno, bueno, dijo Coria, sentándose como un sapo sobre una piedra, ¿quién quiere el primero?, y ofreció el jarrito con una sonrisa Kodak digna de un velorio. Yo no, Patricio. Sabés que no, dijo su novia. La vecina, acaso por hacer algo, dijo yo y agarró el mate de la mano de Coria. Por una fracción de segundo, sus dedos se tocaron. Guarda, que está caliente, advirtió el cebador, a lo que Silvina correspondió con: ya veo.

La vecina sorbió el mate en silencio. Quiso hacer un comentario sobre la yerba, la temperatura del agua, la bombilla repujada, pero no se le ocurrió nada. ¿Y, chicos? ¿Qué cuentan de bueno?, le salió por fin. Fue eso y arrepentirse. Silvina la miraba fijamente con las manos quietas arriba de la mesa, una sobre la otra, las uñas de la derecha clavándose en el dorso de la izquierda.

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Bueno, bueno, dijo entonces la vecina, que tenía un nombre que eriza el pupo y, con un gesto digno de una histrionisa balcanorrománica venida a menos, recontrarrechupó la bombilla hasta el fin último del jarrito, hasta que el ruido fue ensordecedor. Entonces paró, y se paró. Entregó el mate a Coria y dijo yo los dejo porque tengo que ir a ver la ropa. Sin mediar palabra, como quien no quiere la cosa (ninguna cosa), se agachó y le dio un beso a Silvina y, después, otro a Coria y se fue.

El ruido de la puerta al cerrarse los devolvió a la realidad de la cual parecían abstraídos, los dos mirando las nalgas de la vecina mientras, sin prisa pero sin pausa, se contoneaba esquivando la mesa y la silla y el perchero para, finalmente, abrir la puerta de un certero tirón y salir. Silvina lo miró a Patricio, que la miró a Silvina, que no supo qué hacer ni decir. Hubo un silencio y, después, otro.

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Cuando los silencios amontonados fueron tantos que empezaron a caerse de la mesa, Silvina abrió la boca como para decir algo, pero. Patricio lo hizo también. Pero.

Sin emitir palabra, como sendas Olivetti Lettera 22 con todas las teclas arrancadas, se levantaron. Coria se acercó a su novia, que lo esperaba con el cuerpo inmóvil y la mirada fija en un punto que no era él.

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Hago unos fideos, ¿qué decís?, dijo Coria muy serio, y ella lo miró como si pudiera con el fuego de sus ojos traspasar las paredes y las bóvedas blindadas de los bancos, y se cruzó de brazos y sin querer, de alguna manera, hizo puchero; y menos mal que Coria no se dio cuenta, porque nada tenía que ver fideos con puchero. Te morís de ganas, sonsita, dijo, muy serio, y ella —sin dejar de hacer puchero— dijo que sí.

Y comieron los fideos, y se terminó el puchero, y la botella de vino estuvo por la mitad, pero después se terminó; y antes de irse a la cama, Coria tuvo la germana precaución de poner lo que había sobrado de los fideos en un táper.

Podría ser, también

—Perdonemé, señorita, pero la vi tan linda que se lo quise decir. Hermoso le queda el pañuelo, quiero que lo sepa. Hermosa sonrisa, a tono con el perfume, realmente. Pero perdonemé —dijo, con una sonrisa muy honesta. Estaba de muy buen humor, producto de la noticia que había recibido hacía escasos minutos, justo antes de decidir pagar y salir. Fue en ese momento que sintió que era una picardía irse de ese café sin decirle a esa chica qué bella le parecía.

—Gracias... —atinó apenas a decir la chica, todavía con un dejo de desconfianza y repudio, pero ya embarcada en el pudor y el genuino agradecimiento; el gesto y el tono del muchacho no dejaban lugar a dudas: era un cumplido honesto, hecho y derecho—. Muchas gracias...

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El muchacho se dio cuenta entonces de que no había más que decir. La alegría seguía, indeleble, pero también la timidez. Volvió a mirarla a los ojos, trató de grabárselos; después, se calzó la boina, acarició la visera con dos dedos, a modo de despedida, y salió. La mirada de la chica lo siguió hasta que el blanco del sol lo hizo refulgente.

Ella jugaba con la cucharita del café, lo había hecho todo el tiempo. Entonces sintió algo así como una urgencia. Miró a todos lados, pero el mozo había desaparecido. Metió la mano en la mochila, encontró la billetera y, sin dejar de mirar hacia la calle, extirpó dos billetes que alcanzarían para cubrir la cuenta y la propina, aunque el mozo no se la hubiese ganado. Los dejó bajo el vasito que había tenido soda y se levantó. Se puso los anteojos de sol, metió en la mochila los auriculares —el cable, hecho un nudo imposible— y el cuaderno, se olvidó de la birome sobre la mesa y salió a la calle.

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El mismo impulso que la empujó a salir la obligó a buscar, sin quererlo ni saber por qué, al muchacho. Fue un segundo, pero, antes de poder darse cuenta, estaba escaneando la calle a ambos lados. Lo vio, finalmente, cruzando la plaza, en diagonal. Caminó en esa dirección. No por seguirlo, no por buscarlo. Porque sí, se dijo. El ruido de los nenes en los juegos le trajo un soplo de vida, y el cumplido le volvió a la boca. Era lindo el perfume, era cierto. Regalo de Martín, para Navidad. Se tocó el pañuelo sin darse cuenta, como para corroborar que ahí estaba, que era lindo, sí.

Cuando el muchacho llegó a la salida de la plaza, casi la esquina, tuvo un suave sobresalto. ¿Qué haría si llegaba a estar cerca? ¿Le hablaría? ¿Pasaría por al lado como si nada? Estaba en eso cuando vio que el muchacho, de repente, hacía un pique corto, gesticulaba, y se subía al 27, que no había llegado a frenar cuando ya estaba arrancando de nuevo.

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Se descubrió acariciándose el pañuelo y, mirando alrededor para ver si alguien lo había notado, reprimió el movimiento. Dejó los brazos colgando, muertos. Se sintió de repente envuelta en el perfume y cayó en la cuenta de que Martín jamás le había hecho un comentario, de que ignoraba si a él le gustaba en realidad, si creía que quedaba bien en ella, bien con su sonrisa.

En el largo trayecto de vuelta a Ferreyra, el muchacho pudo repasar mil veces su porvenir. El trabajo que acababa de conseguir en el café céntrico —que había visitado por última vez como cliente— le permitiría alquilar algo por Güemes. Iba a dejar atrás su barrio, detenido alrededor de una estación sin trenes hacía años, aunque por sus vías todavía pasaba, sin frenar nunca, el servicio a Retiro.

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Al día siguiente, a las 5:30 de la mañana, sonó la alarma; esa misma que tantos odiaban fue para él una hermosa música: empezaba una nueva etapa. Todo lo que era lo mismo de siempre le pareció diferente, y el agua apenas tibia de la ducha le pareció caliente, acogedora. Se puso la ropa que había dejado preparada la noche anterior y se fue a la parada del colectivo. El viaje le pareció un poco más corto que de costumbre.

Cruzó la plaza en diagonal, la vista fija en el café. Eran las 6:47 y no quiso llegar antes, le pareció vergonzante mostrar tanta emoción. Cinco minutos está bien, diez es mucho. Se paró al lado de un banco. Se habría sentado, pero no quiso ensuciarse la ropa. Miró al café nuevamente, con cierta nostalgia: ya no podría entrar como cliente a tomar un café o leer un poco, mirar por la ventana y relojear a las chicas. Es decir, podría tomar café, seguramente —aunque no leer—, y sin dudas podría relojear a las chicas, pero no como inocente consumidor, sino como responsable empleado. Algo ganaba, pero algo perdía.

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Cruzó la calle recién cuando el encargado terminaba de levantar la cortina metálica y se presentó con más ceremonia de la que la situación requería: Medina, el encargado de la mañana, ya estaba al tanto de todo. El hombre lo saludó sin darle la mano, ocupado en las maniobras de apertura del local, y le fue explicando cosas mientras ponía La Castellana en marcha. El muchacho lo absorbía todo. En un momento, mientras Medina le mostraba cómo lidiar con el portafiltro de la exprés, se le ocurrió preguntar qué había pasado con el mozo anterior. La cara del hombre le dijo sin palabras que había sido una mala pregunta.

En ese momento, a seis cuadras de distancia, la chica entraba a la editorial con la luz verde del molinete. Ya en el ascensor, se asustó por un momento y revisó los bolsillos en busca de la tarjeta magnética, que guardaba siempre en un lugar distinto. La encontró justo cuando la puerta se abría en el segundo piso. La oficina era enorme, pero estaba casi vacía. Saludó al pasar a algunos compañeros, se sentó frente a su computadora e inició sesión. Alguien había dejado en su puesto una pila de hojas impresas. Jurisprudencia. Tendría que corregirlas, pero primero las miró por arriba. La palabra contumaz le pareció lindísima, acaso exageradamente. Se alegraba cada vez que encontraba algo especial en esos bodoques jurídicos. Quiso anotar en su cuaderno un título que se le había ocurrido, pero, por más que vació la mochila sobre el escritorio, no pudo encontrar la birome.

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Recordó entonces la última vez que había escrito en el cuaderno violeta, y enseguida volvió todo: el bar, el muchacho, el piropo, la salida; y también el perfume, el pañuelo y Martín. «Contumaz», pensó, y se rio sin sonrisa. Buscó en el cajón otra lapicera, y escribió y tuvo bronca: tres páginas iba, apenas, y ya le quedaban los colores mezclados. Odiaba eso que pasaba siempre —y que siempre se prometía que no volvería a pasar—. Se dijo que ya estaba de mal humor, y después que no, que no debía dejarse vencer, y se fue a la máquina a buscar un café, y volvió un poco mejor, y encontró sobre la pila de jurisprudencia un hermoso fajo de papeles y un post-it amarillo: «11 hs IMPRORROGABLE».

En cuanto pudo —y no fue en cuanto quiso—, se fue a almorzar. Pensaba ir a la plaza y leer, pero el ruido de los chicos jugando la fastidió, y pensó en el bar, y en la lapicera (era una linda lapicera, en cierto modo), y pensó que podía ir a comer un tostado. Dudó, pero se dijo que sí, que estaba bien. Recién después del primer espray en la muñeca izquierda reparó en que se había puesto perfume. Se sintió estúpida e inocente, y se rio mientras guardaba el frasquito.

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El primer error del muchacho había llegado a las diez apenas pasadas. Una mesa de dos pidió dos cortados y una medialuna; él anotó, cantó el pedido hacia la barra y, a los cinco minutos, volvió con dos cortados y dos medialunas. La mujer lo miró un segundo de más antes de decir que no, que solo una, gracias. Él se quedó con el platito en la mano, sin saber si retirarlo o dejarlo, hasta que ella misma, con un gesto casi compasivo, le dijo que no importaba, que lo dejara nomás. Medina, desde la barra, no dijo nada, pero vio todo.

Poco antes del mediodía, mientras acomodaba el cajón de las servilletas, y solo por sacar charla, se le ocurrió preguntarle al encargado cuánto hacía que trabajaba en La Castellana. Sin mirarlo, casi sin abrir la boca, Medina dijo que más de lo que habría querido. El muchacho quiso saber si siempre había movimiento de mozos, y el hombre se rio, corto y sin ganas: le dijo que había perdido la cuenta, que la gente entraba con muchas ganas y se iba antes de acostumbrarse del todo y que ya no quedaban más mozos. El muchacho iba a hacer un chiste en alusión a sí mismo, pero optó por callarse y no volvió a preguntar. Guardó las servilletas nuevas en el cajón y siguió con lo suyo, aunque por un rato largo, cada vez que Medina le indicaba algo con esa parquedad seca, se preguntaba, casi sin querer, cuánto iba a durar él ahí.

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Lo natural habría sido que el mozo notase a la clienta entrando; lo literario, que fuera ella quien lo notara a él. La pura verdad es que ni lo uno ni lo otro, porque el muchacho estaba muy preocupado por hacer todo bien y ganarse el favor de Medina, y la muchacha no tenía por qué prestarle atención al mozo: ya vendría a preguntar. Había mirado, como quien no quiere la cosa, la ocupación de las mesas, pero breve, sutilmente, nada serio. En cualquier caso, no esperaba encontrarse al muchacho, no tenía sentido hacerlo. Se conformaría con el tostado y una gaseosa y, si tenía suerte, recuperaría la birome. Escribiría lo del perfume, también.

Medina le dijo, sin sacar la vista de los papeles, que atendiera la cuatro, y el muchacho agarró la bandeja y salió, raudo, confiado porque había logrado aprender que la cuatro era la de la ventana del fondo. En eso estaba cuando llegó a la mesa, levantó la cabeza y empezó apenas a decir buenos días. La chica, que miraba por la ventana, se dio vuelta para mirar al mozo y responder el saludo. Entonces se hizo un silencio genuino, infantil, inocente. Fue un segundo, y podría haber sido eterno, pero por suerte ella, entonces, sonrió.

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El muchacho atendía las mesas ceremoniosamente, y devolvió la sonrisa junto con los buenos días y la carta. Ella leyó sin leer en realidad y pidió, sin levantar mucho la vista, un tostado en pan árabe y un agua tónica. Él, pendiente de no repetir el error de la mañana, completó la comanda demorándose en cada letra, bajo la mirada de Medina desde la barra. Volvió con el pedido, dejó el plato y la botellita y le preguntó si necesitaba algo más. Ella se había olvidado de la birome, y se acordó entonces, pero —sin saber por qué— dijo que no, que gracias, con otra sonrisa que él recibió sin pensarlo, como la sonrisa de cualquier clienta amable, y se fue a atender la mesa de al lado. La voz de ella hizo que se diera vuelta:

—Ey. ¿Cómo estás? ¿Te acordás de mí?

La gracia del señor

Era de estatura media, de peso medio, con el pelo ni muy largo ni muy corto, los ojos marrones, claro, y tenía buen porte. Por fuera de eso poco podía destacarse, salvo —tal vez— que caminaba particularmente erguido, casi demasiado, en un tono que podía confundirse con soberbia pero no lo era: dignidad bien habida, eso era, y nada más. La frente en alto, digamos.

En el hospital era conocido y querido, pero todo sin exagerar. Normal, digamos. Todo normal. Lo único que lo destacaba, y que generaba en todos sensaciones bien diversas —y tema de conversación en los descansos o almuerzos (cuando había tiempo, que no era muy seguido)— era que siempre que alguien, después de una operación, cuando salía del quirófano, expresaba inocentemente el profundo alivio por el bienestar del ser querido con un «¡Gracias a Dios!», él respondía, suave pero con prestancia, «Gracias a mí».

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Al principio, la gente no sabía cómo tomarlo. Algunos se reían, nerviosos, pensando acaso que era un chiste médico, de esos que solo entienden los médicos. Otros fruncían el ceño y miraban a los costados, como buscando testigos. Alguna vez, una señora mayor, muy creyente, se persignó dos veces: una por el susto y otra, según dijo después, «por las dudas».

Pero él no lo decía con arrogancia. Eso era lo desconcertante. Lo decía como quien corrige un error menor en una cuenta, con la misma calma con que diría el bisturí, por favor, o cuarto piso, señora, el ascensor está a la derecha. Una corrección. Nada más. Con el tiempo, todo el hospital se acostumbró. O casi. Los residentes nuevos pasaban por una especie de iniciación informal: alguien les advertía, en voz baja, antes de la primera cirugía conjunta: «Cuando salgas y la familia diga lo de Dios, no te rías. No lo mires. Mirá el piso, mirá el techo, pero no lo mires a él». Era un consejo práctico.

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Ese día había operado una apendicitis, un bazo roto —dos litros de sangre en el abdomen, presión por el piso— un herido de arma blanca que por dos centímetros no perforó el riñón y un nene de ocho años con un vidrio clavado en la ingle, a milímetros de la femoral. Empezaban a salir los diarios al playón cuando dejó el quirófano por cuarta vez, exhausto. Si en los próximos ochenta y tres minutos no pasaba nada tremendo se iría a dormir y dormir. Antes, compraría unas medialunas en la panadería pituca, se lo había ganado. Juntó todo y se fue a esperar el ascensor: haría la cuenta regresiva en el vestuario. Que nadie lo viera, que nadie lo necesitara, solo eso. Ochenta minutos. Apretó el botón y esperó. Sintió detrás una presencia. No escuchó pasos ni vio una sombra, solamente sintió que había alguien. Se dio vuelta sin querer, sin poder evitarlo. Se encontró la sonrisa suave y genérica del padre Fermín, el capellán del hospital.

—Padre —dijo, inclinando la cabeza apenas.

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—Doctor —respondió el padre, con la misma inclinación de cabeza, como si se reconocieran en un idioma propio.

Se quedaron así un momento, frente al ascensor, esperando los dos. El padre tenía las manos entrelazadas adelante, sin apuro. El doctor miraba el número sobre la puerta. Dos. Tres. Cuatro.

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—¡Esto es para una foto...! —dijo riendo, sin frenarse, una enfermera que pasaba apuradísima (como todas), conocedora de la situación.

—Estuvo bien... —dijo el doctor, con una sonrisa, reconociendo el valor de la ocurrencia.

—Habría estado mejor si decía «¡Esto es un milagro!» —dijo el padre, de buena gana, casi riendo.

Se miraron sobriamente y, al unísono, esgrimieron amables y genuinas sonrisas. Entonces, espontánea comunión.

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Se abrió la puerta del ascensor. El doctor se apuró a presionar el botón de la planta baja. El padre solo asintió. Fue el primero en hablar.

—Cuatro operaciones —dijo, sin mirarlo, como si leyera un número en la pared—. Las conté.

—Y las cuatro salieron bien —dijo el doctor después, luego de un titubeo invisible.

—Ajá —asintió despacio, sin agregar nada, el padre.

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El ascensor paró en el tercero. Subió una señora cualquiera con cara de nada. En planta baja se abrieron las puertas y la señora salió. Atrás de ella, calmo, Fermín. En cuanto estuvo fuera del ascensor supo que el cirujano no lo seguía. Se dio vuelta, todavía con una sonrisa amable.

—Voy al segundo —dijo el médico, en tono de disculpa, entendiendo que el capellán esperaba, por algún motivo, que bajara con él—. Si todo va bien, en —consultó el reloj— setenta y cuatro minutos me voy a casa a dormir.

—Ah, el merecido descanso, si Dios quiere... —dijo el padre, sonriendo.

—Jaja, sí, padre, tiene razón, bien merecido —dijo el cirujano, riendo sinceramente.

—Bien, bien. Pero suponga que un día... —empezó a decir el capellán mientras las puertas se cerraban, inclementes.

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Dos niveles más abajo, el último de los subsuelos y el vestuario. Se sentó en cuanto entró. No había nadie, afortunadamente. No se sacó el ambo. Se quedó quieto un momento, solo. Y, en ese silencio, le vino el «suponga que un día» del padre. Y se dio cuenta entonces de que no sabía cómo terminaba.

Alargó la ducha todo lo que pudo, se las arregló para evitar cruzar palabra con nadie. Siguió rumiando. Setenta y cuatro minutos después, salió del hospital. Iba casi en piloto automático: a la panadería, primero, y de ahí, a casa. El día de otoño, luminoso y fresco, invitaba a quedarse en una de las mesitas que el local tenía en la vereda, pero él quería volver y ni siquiera lo consideró. Entró, compró las medialunas y volvió a salir, la palma de la mano derecha entibiada por el calor del papel. Fue entonces cuando vio a Fermín, que le hacía señas desde la mesa más lejana.

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Primero, sorpresa; después, cierto fastidio; enseguida, cansancio, incomodidad. Quería ir a casa a dormir, ¿era tanto pedir? Caminó de mala gana, intentando mantener el gesto neutro.

—Padre —dijo, lacónico, con cierto dejo de ¿qué es lo que pasa ahora...?

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—Doctor —respondió el padre, con la misma inclinación de cabeza de antes.

—Qué casualidad —dijo el médico.

—Qué milagro, diría yo.

—Me tengo que ir...

—Espere. Suponga que, un día, alguien le agradece a usted, y usted siente que no alcanza —dijo el padre.

—Siempre alcanza —respondió el médico— y, si no —bajó la voz—, Dios proveerá.

Una jugada maestra

—Sería más bien una cuestión humanitaria, es una persona que se está muriendo...

—Bueno, yo no la maté.

—No, ya sé, digo que sería como hacerlo por una cuestión humanitaria, algo que uno haría por un ser humano cualquiera, alguien que uno ni conoce.

—Claro, pero este es un ser humano que yo sí conozco. Prefiero a cualquier persona desconocida antes que a esta, a quien ya conozco y de quien ya he tenido oportunidad de recibir todo lo malo que tuvo para dar. Se está muriendo, bueno, tal vez sea algo bueno.

No dijo más nada, por un momento, porque no logró encontrar palabra alguna que pudiera mejorar el silencio categórico que había inundado ese pasillo después de esa sentencia. Se miraban, en silencio, esperando. Flotaba el mate en el aire.

~

En la habitación, ella pensaba en el mar. No en ningún mar en particular, sino en el mar como idea, como sensación. Como sonido. Hacía años que no iba a ningún lado. Hacía años que no hacía ninguna cosa. Los tubos no dolían, eso todavía la sorprendía.

En algún momento, lo había querido mucho. Se habían querido mucho, al menos al principio. Y, luego, su vida pasó a estar en esa cama, conectada a esos tubos.

~

—¿Entonces no...? —dijo, haciendo un intento vano por darle profundidad dramática a un atisbo de culpa que, pensó, podría existir.

—No.

—Me parece que te estás equivocando, y te vas a arrepentir... —dijo, dejando el tono flotar tontamente, todavía pensando que tal vez...

—Puede ser. O tal vez no, ya veremos.

—Cuando el nene sea grande...

—Cuando el nene sea grande ya sabremos si me equivoqué, ¿no? Habrá que esperar.

~

Hubo un verano, y este sí era un recuerdo en particular. Los recuerdos se le mezclaban, se le encimaban, se disolvían unos en otros, todos en nada. Pero se acordó entonces con toda claridad de ese verano, de ese mar. Tenía once años, tenía todavía una familia. Su papá, su mamá, su hermano. Su padre tenía debilidad por ella, todavía. Jugaban al ajedrez.

Pero muy pronto el recuerdo se tornó sensación pura, sola, sin mucho más detalle. Solo una continuidad de sensaciones, acaso el calor del sol sobre sus brazos, la humedad de la malla, la violencia de las olas, la aspereza blanda de la arena, la sequedad de la madera, el asco de las aguavivas en la orilla, el terror. Todo mezclado.

~

Se abrió una puerta al fondo del pasillo. Un señor de guardapolvo blanco salió mirando una cartilla, caminando suave pero decidido, sin prisa pero sin pausa. Se detuvo antes de llegar a la pareja, casi imitando la distancia que mantenían entre ellos, formando un triángulo invisible de magnetismo y rechazo.

—¿Estamos en condiciones de avanzar con el procedimiento? —dijo, sin ninguna introducción.

—Sí —se apuró el más alto, sin moverse.

~

Con un poco de esfuerzo, se acordó de cuando su padre le enseñó a jugar al ajedrez, ese verano, en la mesa de madera de la terraza, con el romper de las olas de fondo. De que había aprendido muy rápido. De que él había estado orgulloso. No oyó la puerta, pero la sintió. Abrió los ojos y vio al hombre de blanco acercarse, mirarla, hacer algo con los tubos con una eficiencia tal que no requería nada de ella. Pensó que era un poco como el mar, también, esa sensación. Algo que pasa y te lleva. Cerró los ojos y esperó, sin terror.

Ninguno de los dos había dicho nada cuando el médico entró a la habitación y cerró la puerta. El hermano de la mujer miró a su padre, esperando.

—Y bueno —dijo el viejo finalmente. Se quedó quieto en el pasillo, con la sensación confusa de que algo no había salido como había calculado, de que ella, en algún momento, sin que él se diera cuenta, había movido una pieza. Jaque y mate.

Sancochado

Nos conocimos en primer año de la secundaria. Él venía de repetir, yo venía de la primaria. Mi recuerdo, que puede perfectamente ser apenas una fantasía que terminé creyendo —lo admito, aunque no lo creo— es que alguien, de alguna manera, había dicho que le diera(mos) una mano porque la estaba pasando mal, porque estaba con algunos problemas, de los que nunca hubo detalles.

Como yo lo recuerdo, esto pasó, y el primer día que nos vimos, que no era de clases, sino antes —exámenes o algo parecido—, nos hicimos amigos. Él venía de perder a sus amigos al repetir; yo no tenía ninguno, realmente, así que así fue. Recuerdo sentir la presión de que tenía que darle una mano porque repetir es feo, se pierden los amigos y se carga con un estigma que todos evitan verbalizar. Si esa presión existió, seguramente fue obra mía y de nadie más. Como sea, nos hicimos amigos de los buenos.

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Teníamos trece y catorce años. Éramos chicos, pero ya no tanto. Él hasta tenía una especie de bigote, pero todavía no se afeitaba. Yo tampoco, claro: seguía con mi cara de nene. Más de una vez me pareció que las chicas se burlaban de su boceto de bigote, pero nunca lo confirmé, y espero que él no se haya dado cuenta. Aunque seguro que sí. No era el más brillante, pero sí era perceptivo. Mucho de lo que sabía, lo sabía por instinto, digamos.

Se llamaba Alonso, y parece que el abuelo se llamaba así también, y el bisabuelo. Él decía que era un nombre muy común en el Perú, de donde era su vieja. Puede ser. Nos parecía raro, pero —tal vez por eso— a él le iba bien. Igual, casi nadie lo llamaba así. Desde que había cometido el error de mencionar esa palabra en un recreo, le decían Sancochado. Después supe que era una especie de puchero peruano. Él odiaba que le dijeran así. Yo le decía Alonso, nomás. Alon, después.

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En ese primero no hicimos mucho más que nada. En segundo, yo conseguí novia. En tercero empezamos a salir. Escabiábamos como si no hubiera mañana. Yo tomaba más que él, mucho más, pero nunca tenía problemas. Él era amigo de todos. Yo era más intelectual; él, más deportista. Él jugaba al básquet, yo leía libros. Él fumaba negros; yo, rubios. De repente, un día a mí me pintaba fumar negros y, a él, rubios. En una época, fumaba Benson & Hedges 100's, para joder, supongo. Yo fumaba Imparciales (los de sabor a aceituna).

Y con esas cosas (y las minitas, claro) pasó rápido el tiempo, y al final de cuarto él volvió a repetir y se tuvo que ir del colegio. Teníamos amigos en común, todo tenía que ser más bien una continuidad, no era nada importante. Pero quinto año tiene sus cosas, y las distancias se fueron agrandando, no sé bien cómo o por qué, y, para cuando volvimos del viaje de egresados, ya casi no nos veíamos. La mayoría, sin quererlo, le había perdido el rastro. Y así se fue perdiendo Sancochado. Alonso, el peruano Sancochado, olvidado.

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Hoy me desperté pensando en él, no sé por qué. No sé cuánto hacía que Alonso no se me cruzaba por la cabeza. Y me acordé de él, de la mamá, del colegio, de las cosas que hacíamos —en especial, de una que espanté rápido—. Y se me ocurrió buscarlo. Mientras se calentaba el agua para el mate, con el culo apoyado sobre la mesada de la cocina, de frente a los azulejos amarillos de la pared, agarré el teléfono.

Puse su nombre completo en Google, primero. Aparecieron pocos resultados, muy pocos. Ninguno era él.

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Hice un mate y me fijé en Instagram. Otro, y Facebook. LinkedIn. Twitter. Nada. Medio termo me tomé, y no encontré nada. Alonso Balissa Gazzo, no podía haber muchos. Tampoco podía ser que no hubiera nada en ningún lado. Probé con un apellido, con los dos, con los Lakers, con Sancochado, con Sanco, con Perú y con todas las combinaciones que se me ocurrieron. Nada. Quise probar con el nombre de la madre, pero me di cuenta de que siempre había sido —y ni siquiera estaba seguro— María Elena, nada más. Probé, honestamente, todo lo que se me ocurrió, y Sancochado no estaba por ningún lado.

Se me antojó entonces que no tener ninguna huella digital tenía que ser algo muy adrede hoy en día. ¿Por qué no quería estar Alonso en ningún lado? ¿Tenía algo que esconder? ¿Era un ser clandestino? ¿Cómo podía no haber información sobre el abuelo, al menos, algo histórico, una mención? Me enrosqué en todo tipo de entelequias y, pasadas las mil y cinco fantasías, de repente me cansé, y una pregunta me pareció la única importante: ¿por qué me había despertado hoy pensando en Alonso Balissa Gazzo, Sancochado?

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El recuerdo volvió y, entonces sí, lo dejé. Yo tenía dieciséis, Alon debía andar por los diecisiete. Un amigo de un amigo de alguien tenía la casa sola y nos invitaron a cenar. Un eufemismo, claro —aunque creo que llegué a ver una pizzeta—: la idea era chupar. Le robamos dos vinos a la vieja de Alon, los metimos en la mochila y allá fuimos.

Había una mesa grande en el jardín frente a la casa. «Jardín» es una forma de decir: era un rectángulo de pasto medio seco a un costado de la entrada del auto. Estaba todo a oscuras, o casi, iluminado apenas por la luz de la calle, pero las botellas brillaban sobre la mesa del festín. Había de todo, y muchos vasos, y cigarrillos, y música fuerte y chicas. Sumamos nuestros vinos al botín y nos dedicamos a la buena vida. Estábamos todos ahí, alrededor de la mesa, aunque cada tanto alguien entraba a la casa por la ventana, supongo que para ir al baño. Alon se metió enseguida en el grupo de los chabones que hablaban de fútbol y yo me quedé solo. No conocía a nadie y me puse a garabatear cosas en una libretita que llevaba siempre encima. Lo hacía un poco para matar el rato, otro poco para que no se notara que no sabía hablar con la gente y, sobre todo, para hacerme el interesante. Siempre alguna minita se acercaba. Esa vez funcionó también, y al rato estaba dándole respuestas vagas a una chica que no paraba de preguntarme cosas.

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En cierto modo, el asunto era fácil porque, para empezar, estábamos todos entibiados por el alcohol y otras yerbas. Además, yo no conocía a nadie, nadie me conocía a mí, el riesgo de todo era bajo. La chica era, como yo, amiga de una amiga, algo de eso. Hablamos de cualquier cosa, no sé. No era muy interesante, ni muy linda ni muy fea: era una chica que me hablaba. Samantha, se llamaba. Con hache, ¿cómo te vas a llamar Samantha con hache?

Estuvimos un buen rato hablando. Fumaba uno atrás de otro, fluía la cosa, de alguna manera yo ya estaba empezando a pensar en lo único. En un momento, lo veo venir a Alonso, que querían que les armara un trago que yo hacía (Turulato). Quise negarme, pero estaban todos arengando y no pude. Esperame, no te vayas, les armo el trago y vuelvo, le dije a Samantha; no te vayas. Estaba seguro de que se iría, pero, cuando volví, estaba ahí, tal como la había dejado, esperando.

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Retomamos. Samantha preguntaba, yo hablaba y tomaba; no me acuerdo de mucho, la verdad. Nos dimos unos besos. Yo estaba que no podía más. Entonces se me ocurrió que podíamos entrar en la casa y meternos en alguna habitación, pero en ese momento llegaron los padres. El portón se abrió, empezó a entrar un auto y todos nos desbandamos como cucarachas a las que les prenden la luz de la cocina. No sé quién empezó, pero fue instantáneo: cada uno de nosotros manoteó alguna botella y corrimos a la calle. No lo vi a Alon, pero éramos un montón. Desde la esquina, oímos la cagada a pedos de los padres. Nos miramos sin saber qué hacer. Tenía a Samantha colgada del brazo.

Alguien sacó una botella y, sin mejores planes, todos lo imitamos y nos sentamos a tomar en el pasto. Estábamos en un baldío, Samantha tiró para adentro y la seguí. Nos metimos entre los yuyos, pero estaba lleno de basura, yo estaba bastante borracho, la cosa no era fácil. En un momento, ella pisó un gato muerto y se cortó toda la onda. Vomitó, se fue corriendo a la calle y yo me quedé ahí.

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Entre el vómito y el gato muerto, tal vez yo también podría haberme asqueado y vomitar. Me salvó la tremenda calentura, el incipiente dolor de huevos. Me había bancado a Samantha con hache todo el rato, con sus preguntas boludas y su pesadez, con su cara de fideo de campamento, y todo para nada: en un segundo, todas mis chances de mojar se habían esfumado por completo. Bronca y calentura. Frustración, decepción, el peso infinito y seco de ser un boludo como siempre, un perdedor nato. Pero eran solo exageraciones adolescentes, claro: ni Samantha tenía tanta culpa ni todo era tan tremendo. Pero eso lo sé hoy. En ese momento, borracho y con la pija dura entre pastos, basuras, vómito y gato muerto...

Seguía parado ahí, como un boludo, esperando quién sabe qué, cuando sentí un designio divino. Tenía que irme, y a la mierda todo. Sí, tenía que irme. Y en el preciso momento en que hice el primer movimiento, vi unas sombras que entraban al baldío con actitud furtiva. Con la poca luz que había en la calle de fondo no podía divisar caras ni detalles, pero una de las figuras tenía una fisonomía bien reconocible para mí. Me quedé quieto, camuflado entre las sombras, sorbiendo el aroma del vómito rancio.

~

Alonso y dos pibes más. Uno era el hermano de Samantha, lo supe después; al otro creo que ni Alon lo conocía. Eu, les dije. Se habían metido con la idea de vernos coger, y la decepción que mostraron al encontrarme a mí, parado ahí, solo, fue infinita. El hermano, sobre todo, pero que Dios me libre de hilar fino ahí. Hicieron algún chiste boludo, dijeron que no se me había parado la pija, cosas así, y yo me agarré con ganas el bulto duro y lo sacudí ante ellos. Sin duda, me eximía de más explicaciones. Pegamos unas risotadas de borrachos, ellos dieron media vuelta hacia la calle y, dos pasos después, el hermano pisó el gato y puteó.

Nos quedamos ahí con Alonso. Ya fue, vámonos a la mierda, le dije. Él me detuvo sin decir nada, solo con una mano en el hombro. Lo miré, entonces. Parecía liviano y, aunque estaba muy oscuro, los ojos le brillaban. Me tocó la cara, tan cerca que respiré su aliento, y creí darme cuenta de todo. ¿Qué hacés, la reputa que te parió, maricón de mierda?, le grité.

~

No dijo nada. Se retiró sin prisa, sin sorpresa, sin sobresaltos. Hizo un gesto que en ese momento no interpreté, pero que me quedó grabado, como corolario de la secuencia; hoy pienso que fue una profunda tristeza, una decepción anunciada. El golpe inevitable, que solo cierta fe ciega concebía posible. Hoy pienso —en ese momento no lo supe ni podría haberlo sabido— que eso fue el fin de algo, aunque no sé de qué.

No dijo nada, entonces yo no pude decir nada más. Tal vez si hubiera dicho algo podríamos haber peleado, podríamos habernos insultado o incluso cagarnos a trompadas, no sé. No creo, pero no sé. Pero, como no dijo nada, yo no dije nada. Empecé a caminar y lo escuché venir atrás mío y, ya en la vereda, me apuré a separarme del grupo. Me fui a la otra esquina, me senté en el cordón y me puse a fumar. Alguien había dejado un cartón de vino por la mitad. Me lo tomé.

~

El termo vacío me trajo de vuelta. Iba a calentar más agua, a cambiar la yerba, pero terminé buscando una lata de cerveza en la heladera. La abrí y me fui al balconcito. Entre la unidad exterior del aire acondicionado y una maceta que supo tener una planta, me senté en el piso, con el fresco de las rejas en la frente y las piernas colgando hacia la calle.

¿Dónde estás, Sancochado? Si te pido perdón ahora, ¿importa?

Extraño

Son las cuatro de la mañana con cuarenta y ocho minutos. Alberto bosteza, más de fiaca que de sueño. Durmió toda la tarde, salió de noche, y hasta el mediodía, al menos, no piensa parar más que para un bocado. Si llega temprano cobra más. O, dicho de otro modo, si se retrasa empieza a cobrar menos. Tiene hambre, también, pero ahora no va a parar. Cuando salga el sol debería estar cerca de Dimas, entonces sí. Falta una hora y media, más o menos. Son las cuatro y cuarenta y ocho. Lo sabe porque mira el reloj, y presta atención porque una vez leyó una noticia que decía que esa es la hora más oscura de la noche, la peor hora para los que están solos o deprimidos. No sabe si es verdad, pero le parece que puede ser. Por eso le gusta andar a la noche, porque no es tan oscura como la cama, como la habitación vacía. En la ruta nunca estás solo: está la ruta, y los que pasan, y los colegas y, a veces, la luz de la luna, y siempre el eterno ronquido del motor y la suave caricia del asfalto mal cuidado.

A las seis y trece entra en el playón desierto de la YPF de Dimas. Lo sabe porque le gustan los números redondos: quiere irse y media, así que tiene diecisiete minutos para pedir la llave, pasar por el baño, comer algo y seguir. La piba es piola, lo atiende rápido. Y, si no, será el café solo, y a seguir. El reflejo del sol en el ventanal lo fastidia un poco, pero se aguanta. El aire fresco le viene bien.

~

Entra. El reloj detrás del mostrador señala las seis y quince; el zócalo de la TV, casi sin volumen, las seis y dieciséis. No va a tener tanto tiempo, al final. La piba parece la misma de la última vez. Aunque es raro que se olvide de una cara, hay algo en la expresión de ella que lo hace dudar. Le pide un café doble bien cargado, uno de salame y queso en pan francés y la llave del baño. Así, todo junto. Paga, le dice a la chica en qué mesa va a estar y sale con la llave, que tiene un codo de caño de PVC a modo de llavero. El sol ya está picando un poco más, pero piensa que es el contraste entre el adentro y el afuera lo que cambia su percepción, que tiene que ver con los umbrales de los conos y bastones, o algo así que leyó una vez. Lamenta no acordarse bien.

En el baño, Alberto apura el trámite. La llave la deja puesta del lado de adentro, en parte, para que nadie lo espíe por el ojo de la cerradura pero, sobre todo, porque no sabe qué hacer con el llavero. Se lava las manos solo con agua, porque el color grisáceo del jabón no le da confianza, y vuelve al bar. En la mesa que eligió está lo suyo. Se sienta y mira a la chica para hacerle algún gesto, pero ella está hablando con una compañera que parece recién llegada y no lo mira. Son las seis y veinte, diez minutos son diez minutos y va a disfrutarlos antes de volver a la ruta. Agarra el Clarín de ayer de la mesa de al lado y se pone a hojearlo mientras desayuna. Cuando levanta la vista del diario, la piba de la caja está parada junto a su mesa. Ya no tiene el delantal, se cambió rápido. Tiene una campera verde y una mochila colgada del hombro. «Perdone que lo moleste», le dice, «¿por casualidad no podrá dejarme en Gestas?».

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Alberto quiere decir algo y no sabe qué; pero más importante aún es la vergüenza que siente de no poder hablar porque tiene la boca llena de salame, queso y pan. Se apura a tragar, y lo único que consigue es atorar el bolo en la garganta. Hace un gesto mínimo que indica que, en cuanto trague, responderá, y agarra la taza de café. Pega un sorbo apresurado y se atraganta. Tose y aguanta, y siente el café en la nariz y el bolo casi escapar. Se tapa con la mano, agarra una servilleta, se limpia, tose todavía. Una escena dantesca, realmente. La chica, instintivamente, da medio paso hacia atrás mientras piensa cómo ayudar. No hay manera. «Perdón...», dice; Alberto hace señas de que no, que no se disculpe, que no es nada.

Para cuando consigue recobrar la compostura, algo ha quedado claro: no puede decirle que no a esta chica. «Sí, no hay problema», miente. «Gracias», dice ella, con una sonrisa tímida. Y no se mueve. Alberto mira el reloj: y veintiocho. Se apura a cerrar el diario, se levanta, agarra la taza, duda, la deja; después agarra el quinto de sándwich que aún reposa en el plato de plástico. Lo embucha completo y lo baña en café. Arrima la silla, que hace un ruido horrendo, y le hace un gesto a la chica. Sale con la boca todavía llena; otra vez el sol, otra vez el fresco.

~

Se sube a la camioneta pensando en que no lo van a esperar. Piensa en que le gustaba su trabajo, también. Entonces ve a la piba parada del otro lado y le abre la puerta.

La chica se sube sin decir nada. Se acomoda, apoya la mochila en el piso, entre las piernas, y mira para adelante. Alberto la mira un momento, sin querer: tiene ojeras, o quizá sea maquillaje. No dice nada. Ella tampoco. La camioneta arranca. Son las seis y treinta y dos, y Gestas queda a cuarenta minutos en la dirección contraria.

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La incomodidad del silencio le impide la correcta digestión. Debió decir algo antes, ahora es tarde. Cada segundo que pasa lo hace más difícil y el silencio es tremendo. Cada palabra que piensa parece inapropiada y, al final, se resigna. Va mirando el reloj y descontando: ya falta menos. Ella también podría decir algo, ¿no? Está fresco. Es esa hora de la mañana, según alguna vez le dijeron, en que se pone frío porque sube el sol y alguna cosa que no recuerda, pero está fresco. Sin despegar la vista de la ruta, desierta, estira la mano hacia el centro del tablero. «¿Te molesta si prendo la calefacción?», dice sin pensar, y enseguida se da cuenta. Qué fácil que era: así nomás, sin pensarlo, rompió el hechizo.

«No, no, para nada. Gracias», dice ella, que vuelve de su propio viaje. Silencio de nuevo. «Gracias», dice de repente, pero este es otro gracias: es por el viaje. «No, no es nada», dice Alberto, y siente que es sincero. Por algún extraño motivo, toda esta incomodidad parece ser justa o necesaria. Ya veremos cuando llegue tarde a Syhiqué, pero, por ahora, está bien, no es nada. La chica mete la mano en el bolsillo de la campera y saca una cajita de corazoncitos Dorin’s. «¿Querés?», dice, estirando la mano.

~

Alberto levanta la mano derecha de la palanca de cambios y ofrece su palma a la chica. Ella abre la cajita y la inclina; caen dos o tres corazoncitos anaranjados y leves. Él, con la mirada fija en la ruta, no se entera, y la chica le cierra la palma y se la devuelve. El toque de esas manos frías sobresalta a Alberto. La mira, y ella le sonríe. «Soy Carla, ¿y usted? ¿Cómo te llamás?».

«Marcos», dice, y por primera vez en su vida no es Alberto, como su viejo. Ella asiente y vuelve a mirar para adelante. Alberto también. La ruta sigue desierta. Tiene los corazoncitos en la palma y no sabe qué hacer con ellos. No los come desde chico: eran una golosina de nenas, le parecía entonces. Los mira un momento. Se los mete en la boca de todos modos, los tres juntos, y los empuja para adentro con los dedos sobre la garganta, como el albendazol con los terneros. Son de naranja. Faltan veintidós minutos.

~

«Hubo un accidente», dice, de pronto, todavía mirando fijo la ruta. «Por eso el apuro. Igual, no fue un accidente, tampoco. Es... una situación...», dice, y nada más. El silencio que hace Alberto para no estorbar se vuelve a hacer largo. La chica baja la vista y mira la cajita con cara de circunstancia, pero Alberto no puede verla, va enfrascado en la ruta y la incomodidad del silencio. Y la hora, porque no puede ni por un segundo olvidarse de que va a llegar tarde, aunque no quiera. «No te preocupes, falta poco, en menos de quince minutos llegamos», dice, finalmente. Quiere sonar paternal o reconfortante, pero apenas si logra parecerse a la grabación del ciento trece.

«¿Querés más..., Marcos? Estas me las compraba siempre mi abuela cuando era chica, porque ella las comía en los recreos. Había un juego que hacían, con los nombres de los chicos y el sabor que te tocaba. Hacía mil años que no las comía, y ayer no sé qué me agarró, y compré y mirá...». Alberto no sabe qué mirar, más que la ruta. De golpe quiere entender todo, pero no tiene ganas de preguntar ni tiempo para escuchar. Doce minutos, si todo va como debe, y ya está. «¿Querés más?», insiste.

~

Hay una idea que circula, no del todo probada, de que la preferencia por lo dulce disminuye con la edad, especialmente en los hombres. Los chicos tienen más receptores de sabor dulce y los van perdiendo. Alberto piensa en eso: de chico, los caramelos le gustaban y, ahora, no. «Sí, gracias», dice, y estira la mano hacia la cajita antes de que ella pueda acercársela. No calcula bien la distancia, o sí y acaso le tiemble un poco la mano, el caso es que roza la cajita, que cae al piso. Los corazoncitos se desparraman. «Perdón, perdón», dice Alberto, «dejá, dejá». Pero ella ya se está agachando.

Cuando se inclina, la campera verde se levanta apenas y aparece una franja de piel en la cintura. Alberto lo ve sin querer: un hoyuelo, solo uno, justo encima de la cadera. Aparta la vista enseguida, fija los ojos en la ruta. Piensa en cuánto hace. No en ella, sino en cuánto hace: en la habitación vacía, en el lado de la cama que no usa nadie. Carla vuelve a apoyar la espalda en el asiento y, con la cajita en la mano, le ofrece más sin decir nada.

~

«Ahí está, se terminó», dice, después de terminar de repartir, lo más equitativamente posible, el contenido de la cajita. Los dos se llevan la mano a la boca y comen. «Se terminó», repite Carla. «Todo tiene un final, todo termina; tenés que comprender, no es eterna la vida...», dice Alberto, sin darse cuenta, como un acto reflejo. Se calla de golpe al darse cuenta. «Ja, ja, no, no es eterna la vida, no, ja, ja...» dice ella, y convierte la risa en llanto en un segundo; y, al segundo siguiente, está luchando por sacar un pañuelito de papel de esas bolsitas odiosas en las que vienen, y se limpia los ojos y la nariz, apenas, y pone fin a todo: aquí no ha pasado nada.

«No, perdón... Perdón, yo... Perdoname...», dice Alberto que apenas adivina la secuencia por el rabillo del ojo. Siete cero cuatro, mira el reloj sin querer. «No, no es nada, ya pasó, no es nada. Ja, ja, ja, no es nada. Ya está», dice Carla, y baja apenas el vidrio para que el viento frío la castigue. «Ya casi estamos, mirá —dice—; yo, con que me dejes en la rotonda, estoy bien, ¿eh? Después puedo caminar, no hay problema».

~

Siete y siete. Balizas encendidas, la camioneta se detiene despacio sobre el pasto raleado de la banquina a la entrada de Gestas. Alberto mira: nunca había estado ahí, pero la rotonda le resulta familiar, tanto como la de cualquier otro pueblo de esos. Hace memoria, piensa si alguna vez habrá pasado por ahí antes, cree que no. Piensa también en lo extraño, en cómo hoy llega a Gestas de casualidad. Repara en Carla.

Ella lo está mirando, él la mira a ella, nadie sabe qué decir. Al fin, la chica actúa: «Bueno, entonces. Me bajo. Gracias por todo, Marcos». La mano derecha de Carla se detiene sobre la manija, no abre la puerta. Espera. «Por favor, no fue nada», dice Alberto, y el reloj marca ya las siete y nueve. La ruta ya está más cargada, va a tener problemas en Syhiqué. «Suerte con lo tuyo..., con la... situación», agrega, y de inmediato se siente un imbécil. Ella abre la boca, pero no dice nada, los ojos anegados de repente. Y luego, como si algo se hubiese roto, las lágrimas caen y el llanto la desborda. Torpe, lo abraza. Le dice que la compañera le avisó que su papá estaba internado. Alberto escucha con las manos rígidas sobre el volante, mirando cómo se mueve la espalda de ella. De a poco, Carla contiene el llanto. Él le palmea la espalda mecánicamente, como si acariciara a un perro. Tiene que irse. Entonces, quién sabe por qué, le dice: «No vas a caminar así. Te llevo yo». La chica acepta.

~

«Vos dirás», dice Alberto, que cae en la cuenta de que no sabe ni adónde está yendo. «Derecho, yo te aviso. Gracias, de nuevo. Y perdoname». «Hoy por ti, mañana por mí», dice Alberto, queriendo dar a entender que no es nada, que en la vida todo vuelve, que hacer algo por un extraño está bien porque el otro, y esas cosas, pero suena torpe y se da cuenta. «No, no me debés nada, no quise decir eso, ¿eh?». Y entonces Carla, que comprende la infinita torpeza y bonanza de este buen hombre, se empieza a reír muy genuinamente. Alberto empieza a sentirse humillado, hasta que comprende que no hay motivo, que es todo honesto, sin maldad: un respiro real. Se ríe también, y ahora, que salieron de la ruta y el camino es tranquilo, la mira, y ella lo mira y los dos se ríen de buena gana.

«Acá», dice en la esquina de Monseñor Berry, haciendo señas de que doble a la izquierda. «Acá a la vuelta», dice, tres cuadras después. Alberto obedece. Frena a la sombra de un árbol señorial y apaga el motor. Se hace un silencio. Otro más.

~

«Es acá enfrente, la casa de la puertita blanca. Mi abuela. Es la...», empieza a explicar Carla, y se interrumpe: «Ahora vengo». Sale, se cuelga la mochila de una sola correa y cruza, decidida, la calle de tierra fina y clara como talco.

Corre el pasador en la puerta baja de madera y sigue el camino de baldosas hasta la puerta de entrada de la casa, blanca también, con un ventanuco. Antes de que llegue a golpear, la puerta se abre y sale una anciana de cara roja, brillante y mojada. Abraza a Carla como si quisiera hundirse en ella, y Alberto ve las manos arrugadas que trazan surcos en la espalda de la chica. La espalda de Carla comienza a sacudirse otra vez, pero mucho más fuerte. Ambas, la una en la otra, se desmoronan. Alberto no las escucha, todas las ventanillas están cerradas. No sabe cuánto tiempo pasa así. Mira entonces el reloj y vuelve a encender el motor.

Ruido de ripio

Por la ranura de la persiana, veo que en la casa de Alejandro todavía hay luz. ¿Es una señal, un mal augurio? ¿Por qué tan tarde aún dando vueltas? ¿O no es tan tarde? ¿Me traiciona la ansiedad? No, pero es tarde, sí, al menos las dos tienen que ser. Una y media, mínimo. No quiero que nadie me pueda ver ni de casualidad, prefiero esperar. Después de que apaguen la luz, todavía voy a tener que esperar un poco más, por las dudas. Si llego hasta la esquina estoy salvado, me pierdo en la noche. Pero primero tengo que llegar.

Finalmente, la luz se apaga. Me quedo tieso, esperando, contando para mí los segundos, los minutos, ¿cuándo es seguro salir? Me embarga de repente una angustia infinita, muy fuerte, me duele la panza. ¿Quién va a encontrar la nota? ¿Qué van a hacer? Me da pena por —pero no, basta, ya está. Basta. Me decido. Con total resolución y extrema cautela, sin hacer el más mínimo ruido, ando el camino que repasé mentalmente mil veces, y otras mil antes. Finalmente salto la reja, y caigo del otro lado, justo al lado del bolso. Me quedo inmóvil, aguanto la respiración, ¿alguien me vio, alguien me escuchó? Pasa un minuto completo, o tal vez diez. No, nada, nadie. Enfilo hacia la esquina, como ladrón en la noche.

~

Camino rápido. Recién cuando siento un ruido metálico (¿la reja?) corro. Y, aunque en seguida me doy cuenta de que el internado está tan dormido como cualquier otra noche, como siempre, no me detengo. Pienso, aunque no quiero. Pienso en Alejandro, en la cara que va a poner mañana. No quise fallarle. Por suerte dejé la nota. Doblo la esquina, me traga la oscuridad. Que los muertos entierren a sus muertos, pienso.

Freno cuando me quedo sin aliento. Estoy en las afueras, en lo que supo ser una zona de casaquintas. El ruido del ripio, mis pasos, lo único constante. No se oyen ni grillos. Es una noche negra. Me resuena la voz de Alejandro: «¿Vos querés ser cura?».

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Busco un rincón, como si hiciera falta, y me cambio de ropa. Me siento renovado, de alguna manera que entiendo absurda pero, igual, efectiva. Ahora soy un normal, uno más; nadie me conoce ni me puede reconocer. ¿O se me notará en la cara? Ya habrá tiempo para eso cuando llegue la luz: por ahora, a caminar.

Si mis cálculos son correctos —y deben serlo, porque repasé todo mil veces—, tendría que estar en la estación de servicio en unas dos horas de caminata tranquila. No quiero llegar muy temprano y llamar la atención, ni tampoco muy tarde, con mucha luz, y que me vea mucha gente. Necesito estar en viaje cuando descubran la ausencia. Supongo que pensarán que fui para la terminal, que es más cerca y más efectiva; por eso voy para el otro lado, pero no me quiero confiar: es ahora o nunca. La sentencia me hace pensar en la eternidad, pero me sacudo el pensamiento. Camino un poco más lento, por las dudas, y pienso en todo lo que vendrá. Un poco después —o tal vez mucho, no lo sé—, veo a lo lejos la incipiente claridad, el día que quiere comenzar.

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El cielo parece sucio, un poco nublado, un poco nocturno todavía, pero empieza a hacerse la luz. La estación de servicio está ahí, brillante y blanca, como esperándome en el medio de la nada. En la playa desierta, dos chicos uniformados —apenas más grandes que yo— conversan. No hay nadie más, no sé qué hacer. El rocío en el pasto de la banquina me moja las zapatillas de tela. Me miro entonces los pies y noto que ya les da el sol. Me doy cuenta también de que llamo más la atención así, parado al costado de la ruta, así que cruzo sin mirar.

Ya aparecerá algún camionero. Mientras tanto, lo mejor es ser uno más, pienso. Tengo sueño —la noche me cae encima de repente con todo su peso— y hambre. Casi no tengo plata, pero para un café con leche en el bar de la estación me tiene que alcanzar. Cruzo la playa. Por alguna razón, evito mirar el reloj, pero pienso de repente que allá habrá pasado la hora de la campana, el «Buenos días» del hermano Claudio, la media hora de aseo personal, tal vez hasta las laudes. Pienso en Alejandro, aunque no quiero, y en cómo mi ausencia habrá acabado con el recogimiento habitual. No pienso en —nada, ya está. Necesito irme cuanto antes. Necesito que llegue alguien. Casi se lo digo a la chica en el mostrador, pero solo le pido un café con leche. Me lo da rápido, no hablamos, me siento en una mesa junto al vidrio. Entonces escucho: «¿Juan Manuel?». Levanto la cabeza, se acerca la chica. Me paralizo. Es Verónica, Verónica Suárez, de la primaria. No nos veíamos desde séptimo. Sonríe, genuina, y, al verla así, no puedo esquivar la idea de que, decían, gustaba de mí. «¿Qué hacés acá?», pregunta. Le digo algo, cualquier cosa. No: le miento. Ella me mira un segundo de más. Ella sabe. Sabe que estaba en el internado, lo sabe todo el mundo. Pero no dice nada de eso. Dice: «Tiene que estar por caer Tito. Él va para el sur. Si querés, le hablo». Asiento. Ella me sonríe otra vez, pero solo con los ojos, y vuelve al mostrador.

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De repente estoy muy contento. El café con leche me reconforta y me lleva a la primera infancia. En la cocina, el pan con manteca... No, basta. Pero estoy contento. Miro por la ventana. Tengo muchas ganas de llorar. Me aguanto, o eso intento. El pecho me pide, pero no, unas lágrimas, solamente, pero no hago ruido, no. Ojalá nadie me haya visto. Tengo la certeza de que Verónica me vio, si no con los ojos, con esa odiosa intuición femenina que todo lo sabe. No me atrevo a sacar la vista de la ventana ni a terminar de preguntarme —o responderme— por qué lloro. ¿De alegría, de pena... de alivio, de soledad, de miedo...? Tomo un sorbo de café dulce con leche amarga.

Me gustaría una medialuna, pienso, y casi me río por dentro mientras, disimuladamente, me limpio los ojos. Por el rabillo del ojo veo movimiento: primero, lo veo llegar; en seguida, el ruido (inconfundible), y, recién después, la palabra, y la sonrisa: «Comé algo», dice Verónica, mientras apoya en la mesa un plato con tres medialunas de manteca. Quiero llorar de nuevo. Levanto la vista, pero ella es más rápida (e inteligente): «Ahí llega Tito, mirá, justo...», dice, y se va, tranquilísima. Miro por la ventana y veo el camión acariciando el ripio, entrando a la playa, trayendo el futuro.

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Tito es un tipo grande de barba canosa. Se parece un poco a —a nadie, Juan Manuel. Entra, saluda a Verónica con un gesto de la cabeza, se sienta al lado del mostrador. Pide café y una hamburguesa completa. A la mañana. Ella le habla bajo, creo que hace un gesto en dirección a mi mesa. Trato de abstraerme. Rezo. No por nada, es más una costumbre. Me doy cuenta y me pongo a estudiar en detalle las baldosas. Después miro a Tito de reojo. Come tranquilo, sin apuro, pero con bocados enormes. Saca una petaca del bolsillo, le echa un chorro al café. Unos minutos después, se levanta y camina despacio hacia la puerta. Con la mano en la manija, se queda parado y me mira. Solo dice: «¿Vamos?». Me levanto. Miro al mostrador, pero Verónica está de espaldas, acomodando atrás medialunas o algo así. No se da vuelta. Lo sigo a Tito.

Subo al camión. La cabina huele a combustible y a cenicero viejo. Dejo el bolso en el piso y me miro las zapatillas. Tito arranca sin decir nada. La ruta se abre delante de nosotros, gris y vacía. Unos cuantos kilómetros pasan en silencio. Después, mirando hacia adelante, dice: «Voy a Bahía Blanca, ¿estamos bien?». Le digo que sí con la cabeza, pero me doy cuenta de que no me vio, así que, con una voz que me resulta ajena, digo: «Sí». Pasan algunos kilómetros más. «¿Y qué hacés allá? ¿Estudiás?», pregunta. Me quedo callado un segundo. En seguida me atropello: «No, no. Estudio. Estudiaba, acá. Para ser cura. No quiero ser cura. Nunca quise». La cara de Tito, fija en el camino como un mascarón de proa. Después, casi sin mirarme, dice: «Qué va'ser». Nada más. El camión sigue adelante, el futuro está allá, el sol empieza a calentar la cabina. Se me cierran los ojos.

Por eso

Llegás tarde otra vez. Cuando empujás la puerta vas pensando en la excusa que vas a meter hoy, aunque Simón no te crea nada, y casi le rompés la cara a una vieja que termina de entender lo que pasa cuando vos ya estás a mitad del salón. Decís buen día, y el flaco de seguridad te mira las tetas, como todos los días. Un ascensor espera, parecería que por vos. Una pequeña victoria. Te apurás a apretar el botón para que se cierre la puerta, no querés que suba nadie, se te está metiendo la bombacha en el culo.

Te subís la pollera, te acomodás la tanga. Tendrías que haberte puesto un protector. Te mirás en el espejo: un desastre el pelo. El maquillaje también, parecés una trola recién atendida que salió a las apuradas cuando llegó la mujer del fulano. La camisa está arrugada, pero, si no te sacás el saquito, no se nota. No terminaste de llegar y ya los zapatos te están matando. Pero, igual, qué lindos que son. Caros, también, sí. Bueno, para eso trabajás, ¿no? Suena la campanita, se abre la puerta y allá vas.

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Primero, Simón. A un metro de la puerta, parece que te hubiera estado esperando. Te mira de arriba abajo. Buen díííía. Qué nochecita que tuvimos, ¿eh?, arriesga. Ya le gustaría. Le sonreís de mala gana y pensás que con eso alcanza para no entrar en detalles. Pero no, él insiste, y te dice otra vez que hay que llegar a horario, que sos muy buena pero que igual y una sarta de cosas que ni escuchás. Llegás a tu escritorio, te dejás caer sobre la silla que chirría. Encendés el monitor y todo se apaga.

Alguien dice que no hay luz, que estamos sin sistema. Mariela te mira con cara de pollito mojado, como si hubieras sido vos. Andá a saber. La tenés sentada a menos de un metro, y casi te da ganas de darle unas palmadas en la cabecita de tan desgraciada que parece. Te contenés, por suerte. Ya que no se puede hacer nada, te vas a buscar un café. La bombacha insiste en meterse donde no debe, pero no te la podés acomodar, así que te apurás hasta la cafetera. No le queda nada. Tirás el filtro usado, ponés uno nuevo, lo cargás, la prendés. Nada. No hay luz, boluda. Entonces escuchás que Simón dice: Tengo una propuesta para todos, para que podamos entretenernos hasta que vuelva la energía. No dice la luz, como lo haría cualquiera, sino la energía. Después, dice algo sobre las energías interpersonales, la buena onda y quién sabe qué más. Pensás en volver a tu escritorio, pero buscás, mejor, el baño. No solo te vas a acomodar un poco.

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Vas pensando en una lloradita, y después te maquillás y listo, sonrisa y a seguir. Pero cuando abrís la puerta del baño se te pasa. No hay nadie, y por las ventanas del costado entra más luz que en la oficina. Hay más vida en esa soledad que allá, con la gente. Te metés en un cuartito, te acomodás la bombacha, aprovechás para sentarte a hacer un pis. Sin pensar por qué, te sacás los zapatos. Qué alivio, la puta madre. Un pensamiento impuro te cruza la ingle. No, una locura. Te limpiás, te incorporás, te acomodás bien la bombacha, te ponés los zapatos. Salís, y te mirás al espejo. No está mal el maquillaje, ya fue. Para lo que hay que ver...

Tomás aire y salís, contenta porque, de repente, descubriste que ese baño podía ser un refugio en el cual nunca habías reparado. Era más lindo sin luz, ese baño. El ruido de los tacos llena el pasillo y, de a poco, se va fundiendo con el ruido de voces que viene de la oficina. Doblás, y te quedás parada en la puerta como si una fuerza magnética te impidiera entrar. Están todos sentados en círculo. Simón te fulmina con una sonrisa y un gesto inequívoco e ineludible: vení, sentate.

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No se te ocurre ninguna salida salvadora. Te metés en la ronda y te sentás, qué vas a hacer. Simón empieza, esto es una oportunidad, la tecnología nos desconecta, cuándo fue la última vez que realmente nos miramos a los ojos, el equipo necesita energía positiva y confianza mutua. Pensás en el café que no tomaste, en que te duelen los pies, en que ese tipo habla siempre al pedo. Mirás alrededor: algunos asienten, Mariela parece emocionada, uno de Sistemas mira el celular. Respirás. Esto va a pasar, todo pasa.

Pero entonces Simón dice: Voy a empezar yo, para romper el hielo. Me siento privilegiado por trabajar con ustedes, pero a veces siento que no nos conocemos de verdad. Por ejemplo, hace poco me di cuenta de que tengo miedo de fallarles como líder. Silencio. Se te revuelve algo adentro y te acordás de la paz del baño. Mariela carraspea y dice que a veces siente que no es suficientemente buena, que le cuesta pedir ayuda. Otro silencio. Las balas empiezan a picar cerca. Simón asiente, grave, comprensivo, y después mira alrededor. Te das cuenta de que en algún momento te va a tocar.

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Yo tengo miedo de que me rajen, dice uno de anteojos. Se hace un silencio y casi se pueden escuchar los pensamientos. No hace falta, Mariela explicita: Ay, sí, yo también. Simón se apura a intentar poner paños fríos. Habla uno, habla el otro, se armó. Dejás de escuchar.

La mente vuela, estás en tu casa, tirada en el sillón, descalza, hace calor, sí, tenés que pagar las expensas, es lindo el calor, Fortaleza, qué lindo, el mar, los negros con esos cocos horribles, pero no importa nada, Maxi, qué idiota, pero ya está, igual estuvo bien, pero ya fue, igual vos no le hiciste nada, la verdad, tiene razón Ceci, los tipos están en cualquiera, qué enfermos, mirá este Simón, por ejemplo; y ahí te das cuenta de que te están mirando todos: de alguna manera, parece que te toca a vos decir algo.

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La verdad, no sé bien qué decir, arrancás de a poco, sin levantar la mirada de tus zapatitos de princesa. Te los sacás, qué alivio, pero ¿qué hacés, boluda? Estirás la mano para volver a calzarte, pero ves que Mariela te imita y te quedás en el molde. Ahí nomás, todos se ponen en patas, hasta Simón, que sonríe a más no poder. No te queda otra que seguir: Sé que últimamente estuve un poco fuera de sintonía, con problemas personales que invadieron el ámbito laboral —sí, decís ámbito laboral—, pero quiero cambiar. Andá a saber por qué te sale eso. Simón está emocionado, dice que sos muy valiente, que gente como vos es fundamental en esta, nuestra familia, y propone un aplauso. Tal vez por eso, por los aplausos, sentís la necesidad de abrir la boca y seguir: Cambiar de vida o de trabajo. Y mi vida no está mal, y aparte no la puedo cambiar, ya lo intenté, así que tendré que irme a la mierda de acá. Por eso. No decís nada más. Ya fue todo.

Los aplausos se cortan de repente. Simón no sabe qué cara poner, algunos sonríen, la mayoría no hace nada. Vos sabés que están con vos. Entonces te calzás y, una lady, te levantás y caminás hacia tu escritorio sin mirar atrás. Tenés el talón izquierdo medio salido y la bombacha, metida en el culo, pero qué te importa. Agarrás la cartera como una reina y vas al ascensor. No hay luz, boluda. Bajás por la escalera, pero ya te fuiste, no estás. Estás en Fortaleza, con Maxi, con los negros, hasta con los cocos. El de seguridad te mira las tetas, sabés que es la última vez. Estás empujando la puerta pesada de vidrio y sentís que alguien grita tu nombre. Mariela. Viene corriendo como un cabrito. Yo también renuncié, te dice.

Alguien que vuelve

El camión lo dejó en la entrada del pueblo. Miró la rotonda, el pasto amarillento y raleado, con manchas grises de tierra pelada, las letras de cemento despintado: Encarnación. El asfalto duraba un par de cuadras, apenas hasta la estación de servicio y el taller mecánico, y después estaba la tierra. Todo era tierra o estaba cubierto por ella. Se acomodó la correa del bolso sobre el hombro y arrancó a caminar.

Al pasar por la estación de tren, paró sin saber por qué. La construcción, escueta, tenía los vidrios de las ventanas rotos y los andenes cubiertos de yuyos. Entró y se acercó al borde del andén: abajo, los rieles oxidados se perdían en la tierra como cicatrices de una herida vieja.

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Unos metros más allá, como siempre, como si nada, el viejo asiento de hierro y madera y las huellas del paso de un tiempo incontable. Se sentó y respiró hondo el aire fresco. Rebuscó y encontró, finalmente, el paquete arrugado. Quedaba uno, arrugado también. Estiró los brazos en cruz, como quien es un potentado, dueño de todo cuanto lo rodea. Se rio sin querer. Ni cigarrillos tenía: otra que potentado. Un pájaro marrón vino a posarse sobre un tirante, tal vez para relojear al intruso. No era un intruso, pero el pájaro no lo sabía: era apenas un pájaro.

Terminó el tabaco y se levantó con una decisión que duró lo que duran las buenas intenciones. Bajó a las vías y las caminó. Como en las películas, como en aquellos años. Después volvió a la calle de tierra sucia. Al costado del camino, junto a la zanja, crecían unas flores que no reconoció. Hizo dos cuadras más y llegó a la plaza. Tuvo que frenar.

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Fue un golpe. Ahí estaba: como si nunca se hubiera ido. Por algún motivo, las cosas de Encarnación las recordaba viradas al sepia, como fotos viejas. La plaza estaba de ese color. Los árboles, apenas muñones de tan podados; los juegos, oxidados, y los caminos, con más tierra que pedregullo: todo sepia. Atravesó la plaza en diagonal. Desde la veredita amarillenta miró la comisaría, al otro lado de la calle. Tenía que ir. Buscó otro cigarrillo, se acordó de que no le quedaban y cruzó la calle de una vez.

La puerta se mantenía abierta con medio ladrillo a modo de tope. Había algunas sillas de plástico y un mostradorcito. Se acercó con una decisión que no sabía que tenía. El cana fumaba y lo estudiaba. «Usted dirá», dijo sin mover la boca. Tenía que hablar, pero no sabía cómo.

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Tuvo el impulso de volver sobre sus pasos, así, de espaldas, como quien rebobina, pero una inexplicable entereza lo mantuvo ahí, tieso. Abrió la boca con la honesta intención de decir algo y no salió nada. Tenía un desierto en la boca y la garganta, empapada de arena. Lo miro al milico, que esperaba, sobrador. Casi sin querer, le hizo un gesto que el cana interpretó en seguida. Compañero de vicio, más que molestarse, se sonrió; metió la mano en el bolsillo, sacó el paquete y, con un movimiento de muñeca, hizo un rubio asomar. Lo ofreció de buena gana, y en seguida sacó un encendedor dorado y ofreció fuego.

El forastero chupó lento y largo. El humo caliente le devolvió algunos colores. Echó el humo por la nariz y, con un movimiento ínfimo de la glabela, dio las gracias. «Soy Cuervo», dijo, y esperó.

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La cara del otro no cambió, así que siguió: «El nieto. Franco. Hijo de Enrique, nieto de Pedro Cuervo, el Viejo». Lo vomitó. «Lo lamento, muchacho. El Viejo era muy querido por acá», dijo el cana. Estuvo por mencionar algo de que le había resultado conocido, pero no dijo nada. Además, habría sido mentira, así que solo se miraron y fumaron.

«Vine en cuanto pude», dijo Franco. El milico fumaba callado. «Me gustaría ir a verlo al Viejo. Bueno... ya entiende». «Entiendo, muchacho», dijo el otro al fin. «Qué macana», añadió. Solo eso.

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Le quedaban solo dos caladas al pucho y el silencio hervía, pero Franco no quiso pasarse, necesitaba al poli de su lado. El cana miraba unos papeles, hacía como que buscaba algo. Lo gozaba; no por nada en especial: por milico, nada más. Pero le salió mal, porque se quedó esperando que picara, pero Franco aguantó y el poli no tuvo más que hablar, la vista todavía en los papeles: «Una macana, porque lo llevaron, no está acá. Lo llevaron a la departamental. ¿A usted lo llamaron de acá...?», dijo, estirando los puntos suspensivos, y después chupó del rubio.

«Bueno, la verdad, no sé, fue tan rápido, yo no presté atención, supuse que era acá en el pueblo», dijo Franco, todavía procesando. «Cuando me dijeron que estaba preso asumí que era en la comisaría». El cana levantó la vista, ahora sí lo miró: «Preso en la comisaría es si usted se robó una gallina o manejaba en estado de ebriedad, joven; asesinato ya es otra cosa».

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Franco sintió que algo se le desarmaba adentro. «¿A quién?», dijo nomás. El cana dejó los papeles y lo miró de frente, como si recién empezara la conversación. «A Osvaldo Benítez, ¿le suena?». Franco negó con la cabeza. «Un tipo de acá, tenía un campo lindero al del Viejo. Quilombos tuvieron siempre; con el alambrado, con el agua, esas cosas». Hizo una pausa. «Pero, esta vez, parece que la cosa se les fue de las manos. El sábado a la noche, Benítez fue a lo del Viejo, discutieron fuerte y... En fin: dos tiros».

El cana lo miró, esperaba alguna reacción. Franco no tenía ninguna. «El Viejo dice que fue en defensa propia, que el otro estaba armado. Puede ser. Pero que está muerto, está muerto, y la cosa acá se puso fea». Se encogió de hombros. «Por eso lo llevaron rápido a la departamental. Para que la familia no armara quilombo acá. Los Benítez son muchos, y están calientes». Chupó del cigarrillo y agregó, casi para sí: «El Viejo ya no tiene tantos amigos como antes».

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«Bueno, ¿dónde lo puedo ver?», dijo Franco, de pronto muy cansado. El cana le dijo que tenía que ir a San José, a la alcaldía. Que podía alquilar un auto en la estación de servicio o ir a la avenida a esperar el lechero, que pasaba cada hora o dos. Que en otra época podía haber tomado el tren, iba a empezar la letanía, pero Franco lo cortó amablemente en seco. Que muchas gracias por todo. «Lleve uno para la espera, le va a hacer falta», dijo el milico, y le extendió el paquete con uno a media asta.

Caminó fumando hasta la avenida sin ver nada, sin saber cómo. Tenía tanto en la cabeza que ni supo qué. Miraba el piso, hacía ruido al caminar. Le pesaba el bolso y tenía sed. La avenida no era más que un tramo algo recto y ancho de tierra compacta. Se sentó en un tronco rancio y esperó. Vio otro de esos pájaros marrones y un perro cansino que paseaba y, después, otro, y vio que estaba fuerte el sol y que quería otro cigarrillo. Y, después de unos cincuenta minutos, vio, a lo lejos, una polvareda y un jumento metálico de color blanco acercarse a los tumbos. Se paró en el medio de la tierra y estiró el brazo bien alto.

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El lechero lo dejó en San José dos horas después. Se sacudió la modorra, el sol pesaba como una mochila, y preguntó en la terminal. Seis cuadras por la avenida, tres más pasando la iglesia y ahí estaba: un bloque bajo, de cemento gris, con rejas en las ventanas y un cartel: «Alcaldía Departamental. Unidad Penal N.º 8». Había un guardia uniformado que fumaba junto a la puerta de chapa verde. Franco habría querido fumar también, pero seguía sin cigarrillos. Respiró hondo y cruzó la calle. El guardia lo miró acercarse sin un solo movimiento. Franco le dijo que iba a ver a Pedro Cuervo. El tipo asintió como si ya lo supiera o no le importara, tiró el pucho, le pidió el documento. Franco se lo dio. El otro entró y lo dejó ahí, parado al sol. Volvió al rato, le devolvió el DNI y le hizo un gesto con la cabeza para que pasara.

Adentro olía a encierro y a desinfectante barato de pino. Y a tierra seca. Las paredes eran de color verde agua descascarado y el piso, de mosaicos gastados, reflejaba apenas la luz de un tubo fluorescente que parpadeaba. Había un banco de madera contra la pared y un ventilador de techo que giraba despacio sin mover el aire. Un celador con cara de aburrimiento le dijo que esperara. Franco se sentó. Esperó, no sabe cuánto. Pensó en el Viejo, pero no llegó a nada: solo a la imagen de un hombre que no había visto en demasiados años y que estaba preso por matar a alguien. No sabía qué iba a decirle. No sabía si tenía algo que decirle. Como un juguete al que le hubieran dado cuerda, el celador le indicó de repente, con señas, que lo siguiera. Caminaron por un pasillo corto, doblaron y el tipo abrió una puerta con llave. «Ahí adentro», dijo, y se quedó afuera, apoyado contra el marco.

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El cuarto, dividido a la mitad por una reja de barrotes de otro siglo, tenía de cada lado una madera, a modo de mostrador, que mantenía el ganado lejos de la reja. El Viejo no se parecía en nada a lo que podía haber imaginado y, sin embargo, su figura —o lo que quedaba de ella— no le llamó la atención para nada. Se sentó sin dejar de mirarlo. El Viejo lo miraba también. El ruido de la silla de fierro fue monstruoso en tamaño silencio. El Viejo, sentado en la silla como la pilcha del día que uno deja para mañana, miraba solamente. Franco aguantó el silencio, y esperó. Cuando ya no pudo aguantar más, abrió apenas la boca, y en seguida esa arena, el sepia en la boca y la garganta.

«¿Qué hacés vos acá?», dijo el Viejo, tal vez para evitarle la humillación. «Me llamaron y vine», dijo Franco, arrastrando las palabras por el desierto de la garganta. «¿Te llamaron? ¿Y cómo?». «Me llamaron y vine», repitió. Un silencio. «Yo —se corrigió en seguida—: Vos...», y otra vez el Viejo le salió al rescate: «Yo estoy bien, no te preocupes. Andá nomás, no hace falta, te hicieron venir para nada...». «No», dijo Franco, e iba a seguir, pero el Viejo: «¿Tenés cigarrillos?». «No».

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Se oía el zumbido del ventilador afuera y, más lejos, una radio encendida. «¿Por qué lo hiciste?», soltó Franco, la vista clavada en una grieta de la madera, y la pregunta fue tan directa que lo sorprendió. El Viejo respiró hondo por la nariz. Tardó en contestar. «Benítez vino a buscarme. Con un revólver vino. Yo tenía la escopeta cargada porque ando matando los chanchos que me rompen el alambrado. Discutimos. Me apuntó. Le dije que bajara el fierro, no lo bajó. Le tiré». Lo dijo todo parejo, sin inflexiones, como quien cuenta que fue al almacén. «¿Y el segundo tiro?». El Viejo lo miró fijo. «Cayó, pero seguía moviéndose. No lo iba a dejar levantar».

Franco sintió frío en la espalda pese al calor. El Viejo, ausente, se miraba las manos nudosas y demasiado grandes para él, quietas sobre la madera como dos pájaros monstruosos. «Cómo estás», dijo Franco por fin. No fue una pregunta. «No sé qué querés que te diga, pibe». «La verdad». «La verdad es que hace veinte años que el tipo me jodía la paciencia. La verdad es que ya estoy viejo y cansado. La verdad es que, cuando me apuntó, no pensé. Tiré nomás». «¿Qué va a pasar ahora?», preguntó Franco. «Va a pasar lo que tenga que pasar. Me tienen acá hasta que vaya a juicio. Después, no sé. Capaz me dan perpetua, capaz me sueltan en dos años. Soy viejo, por ahí me muero antes». El Viejo lo miraba sin parpadear, esperando. Tenía los ojos cansados, enrojecidos, pero secos como dos cascotes.

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«Bueno», dijo Franco. Y esperó. No había nada de bueno, realmente, pero igual esperó. El Viejo no lo salvó esta vez, era un monolito que flotaba en esa miseria pueblerina. «Bueno», repitió, y se quedó esperándose a sí mismo. Finalmente, derrotado: «¿Qué hago?». El Viejo levantó la vista: «Ya estás grande, pibe. No preguntaste para irte ni para volver, ¿ahora de repente necesitás direcciones?». Se quedó sin aire, como si le hubiera entrado un letal zurdazo a los riñones.

Agarró el bolso y se dio media vuelta, la cabeza gacha, el orgullo podrido. Quiso hacer un movimiento de película y no le salió, se quedó ahí parado, como un pelele, de espaldas al Viejo, que —sabía— le perforaba el espinazo con la vista. Salió sin decir palabra, apuradito, hasta la puerta, donde estaba el guardia. Frenó tres pasos antes y pensó. Miró afuera por no mirar adentro.

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Afuera estaba la vida. En San José, las calles tenían color, y gente y autos. El sol lo cegó por un momento, pero se acomodó la correa del bolso sobre el hombro y arrancó a caminar. Las cuadras hasta la terminal las pateó sin darse cuenta, sin ver nada, perdido en imágenes viejas y palabras que se mezclaban.

La espera en la terminal se le pasó volando. Se olvidó de comprar cigarrillos, se dio cuenta recién cuando estaba acomodándose en el asiento de cuerina caliente al rayo del sol. Dos horas después, el lechero se detuvo y el chofer gritó: «¡Encarnación!». Franco abrió los ojos. Por la ventana miró la rotonda, el pasto amarillento y raleado, con manchas grises de tierra pelada, las letras de cemento despintado. Agarró el bolso con una mano, pero no se movió. Le pareció que el chofer lo miraba a él por el espejo retrovisor. Soltó el bolso y se mantuvo inmóvil, con la vista perdida en algo que no estaba afuera. El chofer puso primera y el lechero arrancó con un sacudón. La inquietud le duró todavía unos kilómetros.

Capaz estuve mal

Capaz me equivoco, no sé, pero la verdad que, en el fondo, me siento bastante contento y orgulloso, de alguna manera. Yo no quería molestar a nadie, la verdad, pero bueno, tampoco el hijo de la pavota, ya fue. Pasaron años, igual, capaz que hoy no lo haría, no sé. Capaz que sí. ¡Capaz que lo haría incluso mejor, no sé!

Nos conocimos en una app de citas, empezamos a hablar, lo mismo de siempre. Primero, de a poco, lento, aburrido, con todas las dudas. Y después, un domingo, que supongo que fue porque algo pasó, se pinchó un plan o algo por el estilo, de repente me escribe, parece que tiene ganas de hablar, está con toda la onda. Bueno, joya. Yo estaba en otra, ocupado, muy domingo y, cuando me dijo de juntarnos, ahí, al toque, la verdad que no, le dije que no, que no podía. Pero estaba entusiasmada, así que arreglamos para ese jueves. No era ideal, porque el viernes se labura, pero bueno. Al final, me entusiasmé yo también, capaz que se alineaban los planetas...

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Quedamos en encontrarnos en un café en Palermo. A mí me quedaba retrasmano, a ella también (era de zona sur, Banfield, capaz, no me acuerdo), pero qué sé yo, lo tiró y le dije que sí. A la tardecita, igual, algo que me gustó: por ahí, si la cosa andaba bien, la estirábamos y terminaba todo de diez, y, si no, taza-taza tempranito.

La vi en cuanto llegué. Yo ya estoy bastante curado de espanto con estas apps, las minas suelen ser puro filtro y foto vieja, pero con ella me había entusiasmado. Para qué. La miré y quise salir a cabecear un colectivo. Por la forma en la que estaba vestida, no cabía duda, era ella, pero no se parecía en nada a las fotos. Era fulera con ganas, la verdad. Por ahí yo no soy Brad Pitt, pero ella daba miedo. Igual ya estaba adentro, así que seguí caminando y, al fondo, me senté en una mesa mientras pensaba qué hacer. En eso me cayó un mensaje. Era ella. Capaz que tendría que haberla ignorado, por ahí tendría que haberle dicho que lo dejáramos para otro día, que se me había complicado, pero me ganó la ansiedad y se lo contesté: «Me atrasé, llego en 10», le puse.

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Estaba juntando coraje, pensando mil opciones, cuando vi que se acercaba una moza. Me levanté rapidito para evitar la molestia. Ya fue, ya estamos acá. Di una vuelta medio rara y le caí como de costado, semioculto entre unos que entraban. Hola, qué tal, perdón, no pasa nada, no te vi llegar, sí, pasé por ahí, no me viste, no, ah, yo sí, primero pasé de largo porque no te reconocí, estás distinta que en las fotos... Que sí, jaja, excusas, bueno, pero se la dije, ya fue. Le importó un carajo, igual, como que, evidentemente, entendía que el juego es así y no había hecho nada malo. Bueno, está bien. No es un juego que me guste mucho, pero ya estamos en esta («¡y queremos ponerla!», diría Jose, si estuviera acá).

Nos pusimos a hablar de las tonterías de siempre, el vacío total, y los nervios, y juguetear con la carta, y qué vas a tomar, y no sé, y vos. Yo estoy para comer alguito, me dice la mina. Dale, dale. ¿Unas papas? Dale, unas papas. Con cheddar, ¿te gusta? Dale, con cheddar. Y panceta, puede ser, ¿te gusta? Bueno, dale, con panceta, no hay problema. Buenísimo. Yo estoy para una cervecita, digo yo. Ay, no me gusta la cerveza, capaz un fernet tomaría. Dale. Entonces viene la moza. Qué tal, cómo están, te pido unas papas, una cerveza, un fernet, bla. Te hago una pregunta, le dice la mina, ¿habrá algún sándwich caliente? La moza empieza a tirar opciones, la minita concentrada a full, procesando. Yo la miro y la veo cada vez más fea, no sé. Es simpática, igual, eso es cierto; parece un cliché, pero es cierto: la mina tiene buena onda.

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Vuelve la moza con el pedido. Papas con cheddar y panceta, cerveza, fernet. ¿Está todo bien? Sí, sí, todo bien, gracias. La mina se pide un tostado, creo que de jamón crudo con algo más, no me acuerdo. La moza lo anota, simpática, y me mira: ¿algo más para vos? No, no, con la cerveza estoy bien, gracias. Le sonrío, qué sé yo, educado, normal. La moza se va.

La mina explota. ¿Qué onda con esa?, salta. Se acabó la buena onda. ¿Qué? ¿Con quién?, le digo. Con la moza, le estuviste coqueteando, boludo, me dice, como si fuera obvio. ¿Coqueteando? ¿De qué hablás? Le sonreíste, le hiciste ojitos, te quedaste mirándole el culo cuando se fue, me dice. Yo me quedo helado. No, no le miré el culo, ¿qué decís? (Sí, se lo miré, pero ni se notó). Obvio que se lo miraste, no me tomés de boluda, me dice, cada vez más fuerte. La gente empieza a mirar. Pará, pará, le digo, bajá un cambio. No me digas que baje un cambio, ¿por qué mejor no le decís a ella que se siente con nosotros? ¿O preferís que me vaya, mejor?, me tira. La puta madre, está reloca. Fea y loca. Igual quería ponerla.

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Mientras la escucho a la mina dar vueltas sola como un perro rabioso, y busco, con palabras y con silencios, aplacarla, veo que la moza empieza a venir con el tostado. La gente mira y deja de mirar intermitentemente, con vergüenza ajena. Mi vergüenza ya empieza a cambiar de nombre, también. Le hago un gesto, y llega la moza. Estoy preparado para el puto infierno, pero no, se ve que el morfi la amansa, no sé. La moza se va. Aprovecho el segundo de silencio. Te pido mil disculpas si hice algo inapropiado o te hice sentir incómoda, perdoname, no tuve ninguna intención, quedate tranquila, en serio te digo, te pido mil disculpas, ya pasó. La mina no está convencida, pero afloja un poco. Abre la boca para decir algo, pero yo soy mucho más rápido. Probá el tostado, a ver qué tal está, che, ¿a ver? Se ve que la idea le gusta, bueno, dice, y obedece. Se manda un generosísimo bocado. Hace gestos de que está bien. ¡Ahí está, muy bien, vamos! Mirá, te hice sentir mal, te pido disculpas de nuevo, pero vas a ver cómo te lo arreglo, te prometo que te lo compenso, vas a ver, esperame.

Me voy hasta la barra. Hola, ¿cerveza en lata tenés? Ah, genial. Dame dos de esas, y marchame un flan con crema y dulce de leche, por favor, ¿puede ser? Dale, sí, dos cucharas. Y cobrame, por favor. Sí, dale, llevame la cuenta con el flan, por favor, voy a buscar la billetera al auto, ahí vengo. Tomo las cervezas y salgo. En la esquina paro un taxi y le pido que, hasta la esquina, vaya despacio. Cuando pasamos por la ventana, veo a la moza dejando el flan. Agarro el celular y la bloqueo. Abro una cerveza. Espero un semáforo y le pego un larguísimo trago. En seguida me aplaca.