El camión lo dejó en la entrada del pueblo. Miró la rotonda, el pasto amarillento y raleado, con manchas grises de tierra pelada, las letras de cemento despintado: Encarnación. El asfalto duraba un par de cuadras, apenas hasta la estación de servicio y el taller mecánico, y después estaba la tierra. Todo era tierra o estaba cubierto por ella. Se acomodó la correa del bolso sobre el hombro y arrancó a caminar.
Al pasar por la estación de tren, paró sin saber por qué. La construcción, escueta, tenía los vidrios de las ventanas rotos y los andenes cubiertos de yuyos. Entró y se acercó al borde del andén: abajo, los rieles oxidados se perdían en la tierra como cicatrices de una herida vieja.
~
Unos metros más allá, como siempre, como si nada, el viejo asiento de hierro y madera y las huellas del paso de un tiempo incontable. Se sentó y respiró hondo el aire fresco. Rebuscó y encontró, finalmente, el paquete arrugado. Quedaba uno, arrugado también. Estiró los brazos en cruz, como quien es un potentado, dueño de todo cuanto lo rodea. Se rio sin querer. Ni cigarrillos tenía: otra que potentado. Un pájaro marrón vino a posarse sobre un tirante, tal vez para relojear al intruso. No era un intruso, pero el pájaro no lo sabía: era apenas un pájaro.
Terminó el tabaco y se levantó con una decisión que duró lo que duran las buenas intenciones. Bajó a las vías y las caminó. Como en las películas, como en aquellos años. Después volvió a la calle de tierra sucia. Al costado del camino, junto a la zanja, crecían unas flores que no reconoció. Hizo dos cuadras más y llegó a la plaza. Tuvo que frenar.
~
Fue un golpe. Ahí estaba: como si nunca se hubiera ido. Por algún motivo, las cosas de Encarnación las recordaba viradas al sepia, como fotos viejas. La plaza estaba de ese color. Los árboles, apenas muñones de tan podados; los juegos, oxidados, y los caminos, con más tierra que pedregullo: todo sepia. Atravesó la plaza en diagonal. Desde la veredita amarillenta miró la comisaría, al otro lado de la calle. Tenía que ir. Buscó otro cigarrillo, se acordó de que no le quedaban y cruzó la calle de una vez.
La puerta se mantenía abierta con medio ladrillo a modo de tope. Había algunas sillas de plástico y un mostradorcito. Se acercó con una decisión que no sabía que tenía. El cana fumaba y lo estudiaba. «Usté dirá», dijo sin mover la boca. Tenía que hablar, pero no sabía cómo.
~
Tuvo el impulso de volver sobre sus pasos, así, de espaldas, como quien rebobina, pero una inexplicable entereza lo mantuvo ahí, tieso. Abrió la boca con la honesta intención de decir algo y no salió nada. Tenía un desierto en la boca y la garganta, empapada de arena. Lo miro al milico, que esperaba, sobrador. Casi sin querer, le hizo un gesto que el cana interpretó en seguida. Compañero de vicio, más que molestarse, se sonrió; metió la mano en el bolsillo, sacó el paquete y, con un movimiento de muñeca, hizo un rubio asomar. Lo ofreció de buena gana, y en seguida sacó un encendedor dorado y ofreció fuego.
El forastero chupó lento y largo. El humo caliente le devolvió algunos colores. Echó el humo por la nariz y, con un movimiento ínfimo de la glabela, dio las gracias. «Soy Cuervo», dijo, y esperó.
~
La cara del otro no cambió, así que siguió: «El nieto. Franco. Hijo de Ricardo, nieto de Pedro Cuervo, el Viejo». Lo vomitó. «Lo lamento, muchacho. El Viejo era muy querido por acá», dijo el cana. Estuvo por mencionar algo de que le había resultado conocido, pero no dijo nada. Además, habría sido mentira, así que solo se miraron y fumaron.
«Me llamaron anoche», dijo Franco. El milico fumaba callado. «Me gustaría ir a verlo al Viejo. Bueno... ya entiende». «Entiendo, muchacho», dijo el otro al fin. «Delicado», añadió. Solo eso.
~
No hay comentarios:
Publicar un comentario