Una jugada maestra

—Sería más bien una cuestión humanitaria, es una persona que se está muriendo...

—Bueno, yo no la maté.

—No, ya sé, digo que sería como hacerlo por una cuestión humanitaria, algo que uno haría por un ser humano cualquiera, alguien que uno ni conoce.

—Claro, pero este es un ser humano que yo conozco. Prefiero a cualquier persona desconocida antes que a esta, a quien ya conozco y de quien ya he tenido oportunidad de recibir todo lo malo que tuvo para dar. Se está muriendo, bueno, tal vez sea algo bueno.

No dijo más nada, por un momento, porque no logró encontrar palabra alguna que pudiera mejorar el silencio categórico que había inundado ese pasillo después de esa sentencia. Se miraban, en silencio, esperando. Flotaba el mate en el aire.

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En la habitación, ella pensaba en el mar. No en ningún mar en particular, sino en el mar como idea, como sensación. Como sonido. Hacía años que no iba a ningún lado. Hacía años que no hacía ninguna cosa. Los tubos no dolían, eso todavía la sorprendía.

En algún momento, lo había querido mucho. Se habían querido mucho, al menos al principio. Y, luego, su vida pasó a estar en esa cama, conectada a esos tubos.

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