La visita

Treinta años después, Andrés volvió a tocar el timbre de casa. No me costó reconocerlo: aunque había engordado un poco y tenía menos pelo, esa cara era inconfundible. La sonrisa algo aparatosa que me dedicó cuando le abrí la puerta era la misma de todas las tardes en la sala de ensayo y, claro, también la de los videoclips y los afiches posteriores.

Supongo que yo debo de estar más cambiado; los años no me trataron tan bien, pero él no dijo nada. Nos quedamos unos segundos mirándonos, como si alguno de los dos todavía pudiera fingir que se había equivocado de casa. Después lo hice pasar.

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Vení, sentate, querés tomar algo, etc. Le dejé espacio para que hiciera tranquilo. El que se va sin que lo echen vuelve sin que lo llamen. Me pareció innecesariamente grosero preguntar a qué había venido, y en cambio insistí con la bebida. Ofrecí hacer unos mates, y aceptó. Lo vi incómodo, tal vez avergonzado. Lo invité a la cocina, me puse a preparar el mate. Le hice gestos con la mano de que se sentara en cualquier silla, le dije que dejara la mochila donde quisiera. Puse algo de música de fondo, puse la yerba, sacudí, llené el termo. Todo hice, mientras pensaba rápidamente qué iría a decirme. Tenía dos ideas fuertes, y algunas más.

Cuando no encontré nada más para hacer, me di vuelta, llevé el mate a la mesa, me disculpé porque no había nada para comer, salvo unas galletitas de agua medio feas, porque había quedado abierto el paquete, me senté en mi silla (por suerte había tenido el buen tino de no sentarse ahí), y cebé el primer mate. «Bueno», dije, finalmente.

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