Era de estatura media, de peso medio, con el pelo ni muy largo ni muy corto, los ojos marrones, claro, y tenía buen porte. Por fuera de eso poco podía destacarse, salvo —tal vez— que caminaba particularmente erguido, casi demasiado, en un tono que podía confundirse con soberbia pero no lo era: dignidad bien habida; eso era, y nada más. La frente en alto, digamos.
En el hospital era conocido y querido, pero todo sin exagerar. Normal, digamos. Todo normal. Lo único que lo destacaba, y que generaba en todos sensaciones bien diversas (y tema de conversación en los descansos o almuerzos —cuando había tiempo, que no era muy seguido—) era que siempre que alguien, después de una operación, cuando salía del quirófano, expresaba inocentemente el profundo alivio por bienestar del ser querido con un «¡Gracias a Dios!», él respondía, suave pero con prestancia, «Gracias a mí».
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