Por eso

Llegás tarde otra vez. Cuando empujás la puerta vas pensando en la excusa que vas a meter hoy, aunque Simón no te crea nada, y casi le rompés la cara a una vieja que termina de entender lo que pasa cuando vos ya estás a mitad del salón. Decís buen día, y el flaco de seguridad te mira las tetas, como todos los días. Un ascensor espera, parecería que por vos. Una pequeña victoria. Te apurás a apretar el botón para que se cierre la puerta, no querés que suba nadie, se te está metiendo la bombacha en el culo.

Te subís la pollera, te acomodás la tanga. Tendrías que haberte puesto un protector. Te mirás en el espejo: un desastre el pelo. El maquillaje también, parecés una trola recién atendida que salió a las apuradas cuando llegó la mujer del fulano. La camisa está arrugada, pero, si no te sacás el saquito, no se nota. No terminaste de llegar y ya los zapatos te están matando. Pero, igual, qué lindos que son. Caros, también, sí. Bueno, para eso trabajás, ¿no? Suena la campanita, se abre la puerta y allá vas.

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Primero, Simón. A un metro de la puerta, parece que te hubiera estado esperando. Te mira de arriba abajo. Buen díííía. Qué nochecita que tuvimos, ¿eh?, arriesga. Ya le gustaría. Le sonreís de mala gana y pensás que con eso alcanza para no entrar en detalles. Pero no, él insiste, y te dice otra vez que hay que llegar a horario, que sos muy buena pero que igual y una sarta de cosas que ni escuchás. Llegás a tu escritorio, te dejás caer sobre la silla que chirría. Encendés el monitor y todo se apaga.

Alguien dice que no hay luz, que estamos sin sistema. Mariela te mira con cara de pollito mojado, como si hubieras sido vos. Andá a saber. La tenés sentada a menos de un metro, y casi te da ganas de darle unas palmadas en la cabecita de tan desgraciada que parece. Te contenés, por suerte. Ya que no se puede hacer nada, te vas a buscar un café. La bombacha insiste en meterse donde no debe, pero no te la podés acomodar, así que te apurás hasta la cafetera. No le queda nada. Tirás el filtro usado, ponés uno nuevo, lo cargás, la prendés. Nada. No hay luz, boluda. Entonces escuchás que Simón dice: Tengo una propuesta para todos, para que podamos entretenernos hasta que vuelva la energía. No dice la luz, como lo haría cualquiera, sino la energía. Después, dice algo sobre las energías interpersonales, la buena onda y quién sabe qué más. Pensás en volver a tu escritorio, pero buscás, mejor, el baño. No solo te vas a acomodar un poco.

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Vas pensando en una lloradita, y después te maquillás y listo, sonrisa y a seguir. Pero cuando abrís la puerta del baño se te pasa. No hay nadie, y por las ventanas del costado entra más luz que en la oficina. Hay más vida en esa soledad que allá con la gente. Te metés en un cuartito, te acomodás la bombacha, aprovechás para sentarse a hacer un pis. Sin pensar por qué te sacás los zapatos. Qué alivio, la puta madre. Un pensamiento impuro te cruza la ingle. No, una locura. Te limpiás, te incorporás, te acomodás bien la bombacha, te ponés los zapatos. Salís, y te mirás al espejo. No está mal el maquillaje, ya fue. Para lo que hay que ver...

Tomás aire y salís, contenta porque de repente descubriste que ese baño podía ser un refugio en el cual nunca habías reparado. Era más lindo sin luz ese baño. El ruido de los tacos llena el pasillo, y de a poco se va fundiendo con el ruido de voces que viene de la oficina. Doblás, y te quedás parada en la puerta como si una fuerza magnética te impidiera entrar. Están todos sentados en círculo. Simón te fulmina con una sonrisa y un gesto inequívoco e ineludible: vení, sentate.

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