A lo hecho, pecho

La vecina tocó el timbre para devolverle un táper que no recordaba haberle prestado. Coria lo agarró igual, como si eso resolviera algo. Y no, pero imponía una pausa en la discusión, algo a lo que Coria no iba a negarse. Con un impulso desconocido, la invitó a pasar. La cara de la novia de Coria, sentada a la mesa con el rímel corrido, decía que no, que ni se le ocurriera, pero él insistió tanto que la vecina no tuvo más remedio que entrar. Cuando cerró la puerta, con más fuerza de la necesaria, se dio cuenta de lo que había hecho. Pero ya estaba, y a lo hecho, pecho.

La vecina se sentó en el borde de la silla cuidadosamente, como un gorrión que se posa sobre un cable de fibra óptica. Vio el jarrito enlozado abandonado en medio de la mesa y, por hacer algo, estiró la mano con un tintineo de pulseras, pero se arrepintió a mitad de camino. El brazo quedó, extendido, sobre la mesa. La novia de Coria clavó la mirada en ese brazo y, de inmediato, en los ojos de la vecina. Tenía la cara desencajada, como en falsa escuadra. La vecina no sabía dónde meterse, y entonces Coria quiso salvar la situación. Pensó que podrían tomar unos mates, hablar de pavadas, mirar la tele, comer unos fideos más tarde, tomar vino tinto y, acaso, quién sabe, ser felices los tres.

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Hago mate, dijo, manoteando el jarrito, y se fue a la cocina sin más porque era obvio que, de haber sido pregunta o propuesta, habría fallado. Debía ser informativo, ejecutivo, superlativo. La vecina quería irse; la novia quería que ella se fuera, matarlo a él y matarse después, y Coria quería mate, o eso dijo, así que tomarían mate.

A lo hecho, pecho, se dijo de nuevo mientras llenaba el mate, esperando que la pava eléctrica terminara de calentar el agua. Más tarde o más temprano tendría que volver, claro. Pero se daba ánimos pensando que él podía, que todo iba a estar bien. A lo hecho, pecho, y sacudía el mate. Y así, mirando el mate dado vuelta, mientras esperaba que bajara el polvo y se daba ánimos, se le ocurrió pensar que tal vez no hubiera sido una gran idea dejarlas solas a esas dos.

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La novia de Coria, que tenía nombre y se llamaba Silvina, manoteó el rollo y, con la vista fija en la pared que separaba la cocina y el living, empezó a limpiarse la cara con un papel e impostadas solvencia y mundanía. En la cocina, Coria silbaba algo. La vecina ya se había examinado las uñas, ya se había peinado con los dedos, ya había mirado el perfil duro de Silvina y fijó entonces los ojos en la pared, en el mismo punto que la novia de Coria, debajo y un poco al costado de un cuadrito que representaba, según el ángulo desde el que se lo mirara, un velero o una gaviota.

¿Qué te parece este departamento?, se dio vuelta Silvina, y todo fue tan repentino que su propia voz la sobresaltó. La vecina recibió la pregunta como un baldazo y apenas dijo: ¿Eh? Sí, eso, qué te parece, insistió la novia de Coria, ya sin preguntar. Es una porquería, no me vas a decir que no. Un juntadero de basura, para empezar. Un chiquero, eso es lo que es. Pero, aparte, es chiquitísimo. No se puede vivir así. Una familia no puede vivir acá. Patricio vino acá de jovencito, y se entiende, pero cuando uno es un huevón grande ya tiene que ir pensando en otras cosas, en una familia, en algo mejor. Yo le digo que podemos conseguir algo más grande, más espacioso, pero él. Silvina se quedó callada tan bruscamente como había empezado a hablar. La vecina la miraba. Coria se acercaba con el mate y el termo, casi contento, tan domingo de sol en la costanera.

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