Nos conocimos en primer año de la secundaria. Él venía de repetir, yo venía de la primaria. Mi recuerdo, que puede perfectamente ser apenas una fantasía que terminé creyendo —lo admito, aunque no lo creo— es que alguien, de alguna manera, había dicho que le diera(mos) una mano porque la estaba pasando mal, porque estaba con algunos problemas, de los que nunca hubo detalles.
Como yo lo recuerdo, esto pasó, y el primer día que nos vimos, que no era de clases, sino antes —exámenes o algo parecido—, nos hicimos amigos. Él venía de perder a sus amigos al repetir; yo no tenía ninguno, realmente, así que así fue. Recuerdo sentir la presión de que tenía que darle una mano porque repetir es feo, se pierden los amigos y se carga con un estigma que todos evitan verbalizar. Si esa presión existió, seguramente fue obra mía y de nadie más. Como sea, nos hicimos amigos de los buenos.
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Teníamos trece y catorce años. Éramos chicos, pero ya no tanto. Él hasta tenía una especie de bigote, pero todavía no se afeitaba. Yo tampoco, claro: seguía con mi cara de nene. Más de una vez me pareció que las chicas se burlaban de su boceto de bigote, pero nunca lo confirmé, y espero que él no se haya dado cuenta. Aunque seguro que sí. No era el más brillante, pero sí era perceptivo. Mucho de lo que sabía, lo sabía por instinto, digamos.
Se llamaba Alonso, y parece que el abuelo se llamaba así también, y el bisabuelo. Él decía que era un nombre muy común en el Perú, de donde era su vieja. Puede ser. Nos parecía raro, pero —tal vez por eso— a él le iba bien. Igual, casi nadie lo llamaba así. Desde que había cometido el error de mencionar esa palabra en un recreo, le decían Sancochado. Después supe que era una especie de puchero peruano. Él odiaba que le dijeran así. Yo le decía Alonso, nomás. Alon, después.
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