Esa intimidad involuntaria

Llovía, pero igual fui a la casa de revelado de la estación a buscar las fotos. Les había dejado dos rollos, uno de las vacaciones y otro que terminé acá, al regreso, sacando un poco cualquier cosa. El chico me entregó un sobre de papel verde y blanco, gordito, que guardé bien en la cartera. En casa, me hice un té, me senté a la mesa y fui pasando las fotos una por una. Entre las del segundo rollo encontré una que no era mía: un tipo parado en una cocina, con un repasador en la mano, que miraba hacia un costado. La imagen tenía esa intimidad involuntaria de las fotos que no se hicieron para ser vistas por extraños. El hombre parecía estar escuchando a alguien.

Pensé que debía de haberse mezclado con mis fotos y que lo correcto era llevarla de vuelta a la casa de revelado. La dejé aparte, encima del sobre, y seguí mirando las demás. Cuando terminé, volví a agarrarla. El hombre tenía una expresión que no supe interpretar, aunque tampoco podría decir que fuera extraña. Guardé todas las fotos en un cajón, menos esa. Antes de acostarme, fui a la cocina a buscar un vaso de agua y me encontré mirándola otra vez.

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A la mañana siguiente, mientras renegaba con el peine, me acordé de la foto. Podía salir unos minutos antes y dejarla de pasada. Me encontré mirándome al espejo pensando, otra vez, en esa expresión, en ese tipo que escuchaba: ¿a quién, por qué, dónde, cómo? Tenía un repasador en la mano, tal vez había cocinado, ¿no? Me acordé de mi abuelo, que usaba siempre una rejilla vieja y sucia para «limpiar» la mesada, y de mi abuela, que decía que no tenía cura. De su tortilla de papas me acordé también. Di por terminado el peinado y el baño.

No logré salir todo lo antes que quería, y tuve que caminar ligerito (como diría la abuela) contra mi voluntad. De repente me sentí absurda, yendo a devolver una foto. ¿Quién devuelve una foto? ¿Cómo llegaría a su dueño? ¿Iba alguien a reclamar una foto? ¿Podía alguien recordar que le faltaba una foto, esa, la del tipo en la cocina, con el repasador, escuchando, y después —incluso— ir al negocio a preguntar si alguien la había devuelto? Me entretuve con eso un par de cuadras. En la esquina de Surundí vi primero el tren irse sin mí, y después, que el negocio estaba cerrado.

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