—Sería más bien una cuestión humanitaria, es una persona que se está muriendo...
—Bueno, yo no la maté.
—No, ya sé, digo que sería como hacerlo por una cuestión humanitaria, algo que uno haría por un ser humano cualquiera, alguien que uno ni conoce.
—Claro, pero este es un ser humano que yo sí conozco. Prefiero a cualquier persona desconocida antes que a esta, a quien ya conozco y de quien ya he tenido oportunidad de recibir todo lo malo que tuvo para dar. Se está muriendo, bueno, tal vez sea algo bueno.
No dijo más nada, por un momento, porque no logró encontrar palabra alguna que pudiera mejorar el silencio categórico que había inundado ese pasillo después de esa sentencia. Se miraban, en silencio, esperando. Flotaba el mate en el aire.
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En la habitación, ella pensaba en el mar. No en ningún mar en particular, sino en el mar como idea, como sensación. Como sonido. Hacía años que no iba a ningún lado. Hacía años que no hacía ninguna cosa. Los tubos no dolían, eso todavía la sorprendía.
En algún momento, lo había querido mucho. Se habían querido mucho, al menos al principio. Y, luego, su vida pasó a estar en esa cama, conectada a esos tubos.
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—¿Entonces no...? —dijo, haciendo un intento vano por darle profundidad dramática a un atisbo de culpa que, pensó, podría existir.
—No.
—Me parece que te estás equivocando, y te vas a arrepentir... —dijo, dejando el tono flotar tontamente, todavía pensando que tal vez...
—Puede ser. O tal vez no, ya veremos.
—Cuando el nene sea grande...
—Cuando el nene sea grande ya sabremos si me equivoqué, ¿no? Habrá que esperar.
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Hubo un verano, y este sí era un recuerdo en particular. Los recuerdos se le mezclaban, se le encimaban, se disolvían unos en otros, todos en nada. Pero se acordó entonces con toda claridad de ese verano, de ese mar. Tenía once años, tenía todavía una familia. Su papá, su mamá, su hermano. Su padre tenía debilidad por ella, todavía. Jugaban al ajedrez.
Pero muy pronto el recuerdo se tornó sensación pura, sola, sin mucho más detalle. Solo una continuidad de sensaciones, acaso el calor del sol sobre sus brazos, la humedad de la malla, la violencia de las olas, la aspereza blanda de la arena, la sequedad de la madera, el asco de las aguavivas en la orilla, el terror. Todo mezclado.
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