La gracia del señor

Era de estatura media, de peso medio, con el pelo ni muy largo ni muy corto, los ojos marrones, claro, y tenía buen porte. Por fuera de eso poco podía destacarse, salvo —tal vez— que caminaba particularmente erguido, casi demasiado, en un tono que podía confundirse con soberbia pero no lo era: dignidad bien habida, eso era, y nada más. La frente en alto, digamos.

En el hospital era conocido y querido, pero todo sin exagerar. Normal, digamos. Todo normal. Lo único que lo destacaba, y que generaba en todos sensaciones bien diversas —y tema de conversación en los descansos o almuerzos (cuando había tiempo, que no era muy seguido)— era que siempre que alguien, después de una operación, cuando salía del quirófano, expresaba inocentemente el profundo alivio por el bienestar del ser querido con un «¡Gracias a Dios!», él respondía, suave pero con prestancia, «Gracias a mí».

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Al principio, la gente no sabía cómo tomarlo. Algunos se reían, nerviosos, pensando acaso que era un chiste médico, de esos que solo entienden los médicos. Otros fruncían el ceño y miraban a los costados, como buscando testigos. Alguna vez, una señora mayor, muy creyente, se persignó dos veces: una por el susto y otra, según dijo después, «por las dudas».

Pero él no lo decía con arrogancia. Eso era lo desconcertante. Lo decía como quien corrige un error menor en una cuenta, con la misma calma con que diría el bisturí, por favor, o cuarto piso, señora, el ascensor está a la derecha. Una corrección. Nada más. Con el tiempo, todo el hospital se acostumbró. O casi. Los residentes nuevos pasaban por una especie de iniciación informal: alguien les advertía, en voz baja, antes de la primera cirugía conjunta: «Cuando salgas y la familia diga lo de Dios, no te rías. No lo mires. Mirá el piso, mirá el techo, pero no lo mires a él». Era un consejo práctico.

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Ese día había operado una apendicitis, un bazo roto —dos litros de sangre en el abdomen, presión por el piso— un herido de arma blanca que por dos centímetros no perforó el riñón, y un nene de ocho años con un vidrio clavado en la ingle, a milímetros de la femoral. Empezaban a salir los diarios al playón cuando dejó el quirófano por cuarta vez, exhausto. Si en los próximos ochenta y tres minutos no pasaba nada tremendo se iría a dormir y dormir. Antes compraría unas medialunas en la panadería pituca, se lo había ganado.

Juntó todo y se fue a esperar el ascensor: haría la cuenta regresiva en el vestuario. Que nadie lo viera, que nadie lo necesitara, solo eso. Ochenta minutos. Apretó el botón y esperó. Sintió detrás una presencia. No escuchó pasos ni vio una sombra, solamente sintió que había alguien. Se dio vuelta sin querer, sin poder evitarlo. Se encontró la sonrisa suave y genérica del Padre Fermín, el capellán del hospital. «Padre», dijo, inclinando la cabeza apenas.

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