—Perdonemé, señorita, pero la vi tan linda que se lo quise decir. Hermoso le queda el pañuelo, quiero que lo sepa. Hermosa sonrisa, a tono con el perfume, realmente. Pero perdonemé —dijo, con una sonrisa muy honesta. Estaba de muy buen humor, producto de la noticia que había recibido hacía escasos minutos, justo antes de decidir pagar y salir. Fue en ese momento que sintió que era una picardía irse de ese café sin decirle a esa chica qué bella le parecía.
—Gracias... —atinó apenas a decir la chica, todavía con un dejo de desconfianza y repudio, pero ya embarcada en el pudor y el genuino agradecimiento; el gesto y el tono del muchacho no dejaban lugar a dudas: era un cumplido honesto, hecho y derecho—. Muchas gracias...
~
El muchacho se dio cuenta entonces de que no había más que decir. La alegría seguía, indeleble, pero también la timidez. Volvió a mirarla a los ojos, trató de grabárselos; después, se calzó la boina, acarició la visera con dos dedos, a modo de despedida, y salió. La mirada de la chica lo siguió hasta que el blanco del sol lo hizo refulgente.
Ella jugaba con la cucharita del café, lo había hecho todo el tiempo. Entonces sintió algo así como una urgencia. Miró a todos lados, pero el mozo había desaparecido. Metió la mano en la mochila, encontró la billetera y, sin dejar de mirar hacia la calle, extirpó dos billetes que alcanzarían para cubrir la cuenta y la propina, aunque el mozo no se la hubiese ganado. Los dejó bajo el vasito que había tenido soda y se levantó. Se puso los anteojos de sol, metió en la mochila los auriculares —el cable, hecho un nudo imposible— y el cuaderno, se olvidó de la birome sobre la mesa y salió a la calle.
~