—Perdonemé, señorita, pero la vi tan linda que se lo quise decir. Hermoso le queda el pañuelo, quiero que lo sepa. Hermosa sonrisa, a tono con el perfume, realmente. Pero perdonemé —dijo, con una sonrisa muy honesta. Estaba de muy buen humor, producto de la noticia que había recibido hacía escasos minutos, justo antes de decidir pagar y salir. Fue en ese momento que sintió que era una picardía irse de ese café sin decirle a esa chica qué bella le parecía.
—Gracias... —atinó apenas a decir la chica, todavía con un dejo de desconfianza y repudio, pero ya embarcada en el pudor y el genuino agradecimiento; el gesto y el tono del muchacho no dejaban lugar a dudas: era un cumplido honesto, hecho y derecho—. Muchas gracias...
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El muchacho se dio cuenta entonces de que no había más que decir. La alegría seguía, indeleble, pero también la timidez. Volvió a mirarla a los ojos, trató de grabárselos; después, se calzó la boina, acarició la visera con dos dedos, a modo de despedida, y salió. La mirada de la chica lo siguió hasta que el blanco del sol lo hizo refulgente.
Ella jugaba con la cucharita del café, lo había hecho todo el tiempo. Entonces sintió algo así como una urgencia. Miró a todos lados, pero el mozo había desaparecido. Metió la mano en la mochila, encontró la billetera y, sin dejar de mirar hacia la calle, extirpó dos billetes que alcanzarían para cubrir la cuenta y la propina, aunque el mozo no se la hubiese ganado. Los dejó bajo el vasito que había tenido soda y se levantó. Se puso los anteojos de sol, metió en la mochila los auriculares —el cable, hecho un nudo imposible— y el cuaderno, se olvidó de la birome sobre la mesa y salió a la calle.
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El mismo impulso que la empujó a salir la obligó a buscar, sin quererlo ni saber por qué, al muchacho. Fue un segundo, pero, antes de poder darse cuenta, estaba escaneando la calle a ambos lados. Lo vio, finalmente, cruzando la plaza, en diagonal. Caminó en esa dirección. No por seguirlo, no por buscarlo. Porque sí, se dijo. El ruido de los nenes en los juegos le trajo un soplo de vida, y el cumplido le volvió a la boca. Era lindo el perfume, era cierto. Regalo de Martín, para Navidad. Se tocó el pañuelo sin darse cuenta, como para corroborar que ahí estaba, que era lindo, sí.
Cuando el muchacho llegó a la salida de la plaza, casi la esquina, tuvo un suave sobresalto. ¿Qué haría si llegaba a estar cerca? ¿Le hablaría? ¿Pasaría por al lado como si nada? Estaba en eso cuando vio que el muchacho, de repente, hacía un pique corto, gesticulaba, y se subía al 27, que no había llegado a frenar cuando ya estaba arrancando de nuevo.
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Se descubrió acariciándose el pañuelo y, mirando alrededor para ver si alguien lo había notado, reprimió el movimiento. Dejó los brazos colgando, muertos. Se sintió de repente envuelta en el perfume y cayó en la cuenta de que Martín jamás le había hecho un comentario, de que ignoraba si a él le gustaba en realidad, si creía que quedaba bien en ella, bien con su sonrisa.
En el largo trayecto de vuelta a Ferreyra, el muchacho pudo repasar mil veces su porvenir. El trabajo que acababa de conseguir en el café céntrico —que había visitado por última vez como cliente— le permitiría alquilar algo por Güemes. Iba a dejar atrás su barrio, detenido alrededor de una estación sin trenes hacía años, aunque por sus vías todavía pasaba, sin frenar nunca, el servicio a Retiro.
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Al día siguiente, a las 5:30 de la mañana, sonó la alarma; esa misma que tantos odiaban fue para él una hermosa música: empezaba una nueva etapa. Todo lo que era lo mismo de siempre le pareció diferente, y el agua apenas tibia de la ducha le pareció caliente, acogedora. Se puso la ropa que había dejado preparada la noche anterior y se fue a la parada del colectivo. El viaje le pareció un poco más corto que de costumbre.
Cruzó la plaza en diagonal, la vista fija en el café. Eran las 6:47 y no quiso llegar antes, le pareció vergonzante mostrar tanta emoción. Cinco minutos está bien, diez es mucho. Se paró al lado de un banco. Se habría sentado, pero no quiso ensuciarse la ropa. Miró al café nuevamente, con cierta nostalgia: ya no podría entrar como cliente a tomar un café o leer un poco, mirar por la ventana y relojear a las chicas. Es decir, podría tomar café, seguramente —aunque no leer—, y sin dudas podría relojear a las chicas, pero no como inocente consumidor, sino como responsable empleado. Algo ganaba, pero algo perdía.
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Cruzó la calle recién cuando el encargado terminaba de levantar la cortina metálica y se presentó con más ceremonia de la que la situación requería: Medina, el encargado de la mañana, ya estaba al tanto de todo. El hombre lo saludó sin darle la mano, ocupado en las maniobras de apertura del local, y le fue explicando cosas mientras ponía La Castellana en marcha. El muchacho lo absorbía todo. En un momento, mientras Medina le mostraba cómo lidiar con el portafiltro de la exprés, se le ocurrió preguntar qué había pasado con el mozo anterior. La cara del hombre le dijo sin palabras que había sido una mala pregunta.
En ese momento, a seis cuadras de distancia, la chica entraba a la editorial con la luz verde del molinete. Ya en el ascensor, se asustó por un momento y revisó los bolsillos en busca de la tarjeta magnética, que guardaba siempre en un lugar distinto. La encontró justo cuando la puerta se abría en el segundo piso. La oficina era enorme, pero estaba casi vacía. Saludó al pasar a algunos compañeros, se sentó frente a su computadora e inició sesión. Alguien había dejado en su puesto una pila de hojas impresas. Jurisprudencia. Tendría que corregirlas, pero primero las miró por arriba. La palabra contumaz le pareció lindísima, acaso exageradamente. Se alegraba cada vez que encontraba algo especial en esos bodoques jurídicos. Quiso anotar en su cuaderno un título que se le había ocurrido, pero, por más que vació la mochila sobre el escritorio, no pudo encontrar la birome.
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