La visita

Treinta años después, Andrés volvió a tocar el timbre de casa. No me costó reconocerlo: aunque había engordado un poco y tenía menos pelo, esa cara era inconfundible. La sonrisa algo aparatosa que me dedicó cuando le abrí la puerta era la misma de todas las tardes en la sala de ensayo y, claro, también la de los videoclips y los afiches posteriores.

Supongo que yo debo de estar más cambiado; los años no me trataron tan bien, pero él no dijo nada. Nos quedamos unos segundos mirándonos, como si alguno de los dos todavía pudiera fingir que se había equivocado de casa. Después lo hice pasar.

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