Un día

Caminaban de la mano. El hombre se preguntaba cuánto tiempo más podrían hacerlo, cuánto faltaría para que al chico comenzara a darle vergüenza.

Iban a tomar el subte. Tenían que ir al centro, a comprar zapatillas. La madre del chico había dicho varias veces que las que usaba ya no daban para más. Se había ocupado de hacer esos comentarios casuales casualmente en presencia del hombre. La última vez, el chico lo había mirado a los ojos y le había sostenido la mirada. El hombre había cobrado la quincena: era el día.

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Cuando llegaron a los molinetes, el hombre le dijo al chico que pasara por debajo, y el chico empezó a preguntar si estaba bien hacer eso, pero, antes de que terminara la oración, el gesto del hombre le dejó en claro que no, pero que debía hacerlo de todos modos. Recién cuando llegaron al andén, pasado ya el riesgo de que alguien pudiera verlos y llamarles la atención, el hombre le explicó al chico que los chicos no tenían que pagar boleto. El chico dijo que ya no era tan chico, y el hombre dijo que no tan chico, pero chico; y el chico preguntó hasta qué edad, y el hombre mintió que hasta los doce.

Al chico le gustaba el centro, era una aventura; al hombre, no tanto, pero estaba bien. Especialmente porque sabía que el chico lo disfrutaba. En otros tiempos habría sido una buena oportunidad para tomar un helado o comer una porción de pizza: esta vez no. Serían las zapatillas y, después, hacer el show del apuro, o cualquier otro y, así, no poder hacer nada más, lamentablemente. No había gastado en este par y ya estaba pensando en el próximo. ¿Cuánto iban a durarle estas? Nada. No duraban nada. Como pasa con todo, pensó, y justo vino el subte, y alejó al chico de las vías con un suave tirón de la mano.

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Solo quedaban dos asientos libres, lejos uno del otro. Se sentaron separados. El hombre iba mirando el perfil del chico, quería dedicarle una sonrisa, pero él tenía la vista fija en el frente. Se acordó de otros viajes, de cuando el chico se sentaba en su regazo y se bebía con los ojos la oscuridad del túnel, de la vez en que vio a unos operarios trabajando en un tramo de vías y habló de eso todo el día, de las revistas de historietas que iba leyendo en voz alta, en primer grado, señalando cada globito con el dedo.

Ya cerca de la terminal, el hombre se levantó y caminó hasta el chico. Le puso la mano en el hombro y el chico se sobresaltó; se secó rápido la cara con la manga antes de darse vuelta, pero el hombre alcanzó a verle los ojos brillosos. Le preguntó qué le pasaba, y el chico le dijo que nada, que no era nada, pero justo se detuvo la formación y el ruido de las puertas y de la gente los cubrió.

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