Por la ranura de la persiana, veo que en la casa de Alejandro todavía hay luz. ¿Es una señal, un mal augurio? ¿Por qué tan tarde aún dando vueltas? ¿O no es tan tarde? ¿Me traiciona la ansiedad? No, pero es tarde, sí, al menos las dos tienen que ser. Una y media, mínimo. No quiero que nadie me pueda ver ni de casualidad, prefiero esperar. Después de que apaguen la luz, todavía voy a tener que esperar un poco más, por las dudas. Si llego hasta la esquina estoy salvado, me pierdo en la noche. Pero primero tengo que llegar.
Finalmente, la luz se apaga. Me quedo tieso, esperando, contando para mí los segundos, los minutos, ¿cuándo es seguro salir? Me embarga de repente una angustia infinita, muy fuerte, me duele la panza. ¿Quién va a encontrar la nota? ¿Qué van a hacer? Me da pena por —pero no, basta, ya está. Basta. Me decido. Con total resolución y extrema cautela, sin hacer el más mínimo ruido, ando el camino que repasé mentalmente mil veces, y otras mil antes. Finalmente salto la reja, y caigo del otro lado, justo al lado del bolso. Me quedo inmóvil, aguanto la respiración, ¿alguien me vio, alguien me escuchó? Pasa un minuto completo, o tal vez diez. No, nada, nadie. Enfilo hacia la esquina, como ladrón en la noche.
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Camino rápido. Recién cuando siento un ruido metálico (¿la reja?) corro. Y, aunque en seguida me doy cuenta de que el internado está tan dormido como cualquier otra noche, como siempre, no me detengo. Pienso, aunque no quiero. Pienso en Alejandro, en la cara que va a poner mañana. No quise fallarle. Por suerte dejé la nota. Doblo la esquina, me traga la oscuridad. Que los muertos entierren a sus muertos, pienso.
Freno cuando me quedo sin aliento. Estoy en las afueras, en lo que supo ser una zona de casaquintas. El ruido del ripio, mis pasos, lo único constante. No se oyen ni grillos. Es una noche negra. Me resuena la voz de Alejandro: «¿Vos querés ser cura?».
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