La vecina tocó el timbre para devolverle un táper que no recordaba haberle prestado. Coria lo agarró igual, como si eso resolviera algo. Y no, pero imponía una pausa en la discusión, algo a lo que Coria no iba a negarse. Con un impulso desconocido, la invitó a pasar. La cara de la novia de Coria, sentada a la mesa con el rímel corrido, decía que no, que ni se le ocurriera, pero él insistió tanto que la vecina no tuvo más remedio que entrar. Cuando cerró la puerta, con más fuerza de la necesaria, se dio cuenta de lo que había hecho. Pero ya estaba, y a lo hecho, pecho.
La vecina se sentó en el borde de la silla cuidadosamente, como un gorrión que se posa sobre un cable de fibra óptica. Vio el jarrito enlozado abandonado en medio de la mesa y, por hacer algo, estiró la mano con un tintineo de pulseras, pero se arrepintió a mitad de camino. El brazo quedó, extendido, sobre la mesa. La novia de Coria clavó la mirada en ese brazo y, de inmediato, en los ojos de la vecina. Tenía la cara desencajada, como en falsa escuadra. La vecina no sabía dónde meterse, y entonces Coria quiso salvar la situación. Pensó que podrían tomar unos mates, hablar de pavadas, mirar la tele, comer unos fideos más tarde, tomar vino tinto y, acaso, quién sabe, ser felices los tres.
~
No hay comentarios:
Publicar un comentario