Capaz me equivoco, no sé, pero la verdad que, en el fondo, me siento bastante contento y orgulloso, de alguna manera. Yo no quería molestar a nadie, la verdad, pero bueno, tampoco el hijo de la pavota, ya fue. Pasaron años, igual, capaz que hoy no lo haría, no sé. Capaz que sí. ¡Capaz que lo haría incluso mejor, no sé!
Nos conocimos en una app de citas, empezamos a hablar, lo mismo de siempre. Primero, de a poco, lento, aburrido, con todas las dudas. Y después, un domingo, que supongo que fue porque algo pasó, se pinchó un plan o algo por el estilo, de repente me escribe, parece que tiene ganas de hablar, está con toda la onda. Bueno, joya. Yo estaba en otra, ocupado, muy domingo y, cuando me dijo de juntarnos, ahí, al toque, la verdad que no, le dije que no, que no podía. Pero estaba entusiasmada, así que arreglamos para ese jueves. No era ideal, porque el viernes se labura, pero bueno. Al final, me entusiasmé yo también, capaz que se alineaban los planetas...
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Quedamos en encontrarnos en un café en Palermo. A mí me quedaba retrasmano, a ella también (era de zona sur, Banfield, capaz, no me acuerdo), pero qué sé yo, lo tiró y le dije que sí. A la tardecita, igual, algo que me gustó: por ahí, si la cosa andaba bien, la estirábamos y terminaba todo de diez, y, si no, taza-taza tempranito.
La vi en cuanto llegué. Yo ya estoy bastante curado de espanto con estas apps, las minas suelen ser puro filtro y foto vieja, pero con ella me había entusiasmado. Para qué. La miré y quise salir a cabecear un colectivo. Por la forma en la que estaba vestida, no cabía duda, era ella, pero no se parecía en nada a las fotos. Era fulera con ganas, la verdad. Por ahí yo no soy Brad Pitt, pero ella daba miedo. Igual ya estaba adentro, así que seguí caminando y, al fondo, me senté en una mesa mientras pensaba qué hacer. En eso me cayó un mensaje. Era ella. Capaz que tendría que haberla ignorado, por ahí tendría que haberle dicho que lo dejáramos para otro día, que se me había complicado, pero me ganó la ansiedad y se lo contesté: «Me atrasé, llego en 10», le puse.
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Estaba juntando coraje, pensando mil opciones, cuando vi que se acercaba una moza. Me levanté rapidito para evitar la molestia. Ya fue, ya estamos acá. Di una vuelta medio rara y le caí como de costado, semioculto entre unos que entraban. Hola, qué tal, perdón, no pasa nada, no te vi llegar, sí, pasé por ahí, no me viste, no, ah, yo sí, primero pasé de largo porque no te reconocí, estás distinta que en las fotos... Que sí, jaja, excusas, bueno, pero se la dije, ya fue. Le importó un carajo, igual, como que, evidentemente, entendía que el juego es así y no había hecho nada malo. Bueno, está bien. No es un juego que me guste mucho, pero ya estamos en esta («¡y queremos ponerla!», diría Jose, si estuviera acá).
Nos pusimos a hablar de las tonterías de siempre, el vacío total, y los nervios, y juguetear con la carta, y qué vas a tomar, y no sé, y vos. Yo estoy para comer alguito, me dice la mina. Dale, dale. ¿Unas papas? Dale, unas papas. Con cheddar, ¿te gusta? Dale, con cheddar. Y panceta, puede ser, ¿te gusta? Bueno, dale, con panceta, no hay problema. Buenísimo. Yo estoy para una cervecita, digo yo. Ay, no me gusta la cerveza, capaz un fernet tomaría. Dale. Entonces viene la moza. Qué tal, cómo están, te pido unas papas, una cerveza, un fernet, bla. Te hago una pregunta, le dice la mina, ¿habrá algún sándwich caliente? La moza empieza a tirar opciones, la minita concentrada a full, procesando. Yo la miro y la veo cada vez más fea, no sé. Es simpática, igual, eso es cierto; parece un cliché, pero es cierto: la mina tiene buena onda.
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Vuelve la moza con el pedido. Papas con cheddar y panceta, cerveza, fernet. ¿Está todo bien? Sí, sí, todo bien, gracias. La mina se pide un tostado, creo que de jamón crudo con algo más, no me acuerdo. La moza lo anota, simpática, y me mira: ¿algo más para vos? No, no, con la cerveza estoy bien, gracias. Le sonrío, qué sé yo, educado, normal. La moza se va.
La mina explota. ¿Qué onda con esa?, salta. Se acabó la buena onda. ¿Qué? ¿Con quién?, le digo. Con la moza, le estuviste coqueteando, boludo, me dice, como si fuera obvio. ¿Coqueteando? ¿De qué hablás? Le sonreíste, le hiciste ojitos, te quedaste mirándole el culo cuando se fue, me dice. Yo me quedo helado. No, no le miré el culo, ¿qué decís? (Sí, se lo miré, pero ni se notó). Obvio que se lo miraste, no me tomés de boluda, me dice, cada vez más fuerte. La gente empieza a mirar. Pará, pará, le digo, bajá un cambio. No me digas que baje un cambio, ¿por qué mejor no le decís a ella que se siente con nosotros? ¿O preferís que me vaya, mejor?, me tira. La puta madre, está reloca. Fea y loca. Igual quería ponerla.
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Mientras la escucho a la mina dar vueltas sola como un perro rabioso, y busco, con palabras y con silencios, aplacarla, veo que la moza empieza a venir con el tostado. La gente mira y deja de mirar intermitentemente, con vergüenza ajena. Mi vergüenza ya empieza a cambiar de nombre, también. Le hago un gesto, y llega la moza. Estoy preparado para el puto infierno, pero no, se ve que el morfi la amansa, no sé. La moza se va. Aprovecho el segundo de silencio. Te pido mil disculpas si hice algo inapropiado o te hice sentir incómoda, perdoname, no tuve ninguna intención, quedate tranquila, en serio te digo, te pido mil disculpas, ya pasó. La mina no está convencida, pero afloja un poco. Abre la boca para decir algo, pero yo soy mucho más rápido. Probá el tostado, a ver qué tal está, che, ¿a ver? Se ve que la idea le gusta, bueno, dice, y obedece. Se manda un generosísimo bocado. Hace gestos de que está bien. ¡Ahí está, muy bien, vamos! Mirá, te hice sentir mal, te pido disculpas de nuevo, pero vas a ver cómo te lo arreglo, te prometo que te lo compenso, vas a ver, esperame.
Me voy hasta la barra. Hola, ¿cerveza en lata tenés? Ah, genial. Dame dos de esas, y marchame un flan con crema y dulce de leche, por favor, ¿puede ser? Dale, sí, dos cucharas. Y cobrame, por favor. Sí, dale, llevame la cuenta con el flan, por favor, voy a buscar la billetera al auto, ahí vengo. Tomo las cervezas y salgo. En la esquina paro un taxi y le pido que, hasta la esquina, vaya despacio. Cuando pasamos por la ventana, veo a la moza dejando el flan. Agarro el celular y la bloqueo. Abro una cerveza. Espero un semáforo y le pego un larguísimo trago. En seguida me aplaca.