Extraño

Son las cuatro de la mañana con cuarenta y ocho minutos. Alberto bosteza, más de fiaca que de sueño. Durmió toda la tarde, salió de noche, y hasta el mediodía, al menos, no piensa parar más que para un bocado. Si llega temprano cobra más. O, dicho de otro modo, si se retrasa empieza a cobrar menos. Tiene hambre, también, pero ahora no va a parar. Cuando salga el sol debería estar cerca de Dimas, entonces sí. Falta una hora y media, más o menos. Son las cuatro y cuarenta y ocho. Lo sabe porque mira el reloj, y presta atención porque una vez leyó una noticia que decía que esa es la hora más oscura de la noche, la peor hora para los que están solos o deprimidos. No sabe si es verdad, pero le parece que puede ser. Por eso le gusta andar a la noche, porque no es tan oscura como la cama, como la habitación vacía. En la ruta nunca estás solo: está la ruta, y los que pasan, y los colegas y, a veces, la luz de la luna, y siempre el eterno ronquido del motor y la suave caricia del asfalto mal cuidado.

A las seis y trece entra en el playón desierto de la YPF de Dimas. Lo sabe porque le gustan los números redondos: quiere irse y media, así que tiene diecisiete minutos para pedir la llave, pasar por el baño, comer algo y seguir. La piba es piola, lo atiende rápido. Y, si no, será el café solo, y a seguir. El reflejo del sol en el ventanal lo fastidia un poco, pero se aguanta. El aire fresco le viene bien.

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Entra. El reloj detrás del mostrador señala las seis y quince; el zócalo de la TV, casi sin volumen, las seis y dieciséis. No va a tener tanto tiempo, al final. La piba parece la misma de la última vez. Aunque es raro que se olvide de una cara, hay algo en la expresión de ella que lo hace dudar. Le pide un café doble bien cargado, uno de salame y queso en pan francés y la llave del baño. Así, todo junto. Paga, le dice a la chica en qué mesa va a estar y sale con la llave, que tiene un codo de caño de PVC a modo de llavero. El sol ya está picando un poco más, pero piensa que es el contraste entre el adentro y el afuera lo que cambia su percepción, que tiene que ver con los umbrales de los conos y bastones, o algo así que leyó una vez. Lamenta no acordarse bien.

En el baño, Alberto apura el trámite. La llave la deja puesta del lado de adentro, en parte, para que nadie lo espíe por el ojo de la cerradura pero, sobre todo, porque no sabe qué hacer con el llavero. Se lava las manos solo con agua, porque el color grisáceo del jabón no le da confianza, y vuelve al bar. En la mesa que eligió está lo suyo. Se sienta y mira a la chica para hacerle algún gesto, pero ella está hablando con una compañera que parece recién llegada y no lo mira. Son las seis y veinte, diez minutos son diez minutos y va a disfrutarlos antes de volver a la ruta. Agarra el Clarín de ayer de la mesa de al lado y se pone a hojearlo mientras desayuna. Cuando levanta la vista del diario, la piba de la caja está parada junto a su mesa. Ya no tiene el delantal, se cambió rápido. Tiene una campera verde y una mochila colgada del hombro. «Perdone que lo moleste», le dice, «¿por casualidad no podrá dejarme en Gestas?».

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Alberto quiere decir algo y no sabe qué; pero más importante aún es la vergüenza que siente de no poder hablar porque tiene la boca llena de salame, queso y pan. Se apura a tragar, y lo único que consigue es atorar el bolo en la garganta. Hace un gesto mínimo que indica que, en cuanto trague, responderá, y agarra la taza de café. Pega un sorbo apresurado y se atraganta. Tose y aguanta, y siente el café en la nariz y el bolo casi escapar. Se tapa con la mano, agarra una servilleta, se limpia, tose todavía. Una escena dantesca, realmente. La chica, instintivamente, da medio paso hacia atrás mientras piensa cómo ayudar. No hay manera. «Perdón...», dice; Alberto hace señas de que no, que no se disculpe, que no es nada.

Para cuando consigue recobrar la compostura, algo ha quedado claro: no puede decirle que no a esta chica. «Sí, no hay problema», miente. «Gracias», dice ella, con una sonrisa tímida. Y no se mueve. Alberto mira el reloj: y veintiocho. Se apura a cerrar el diario, se levanta, agarra la taza, duda, la deja; después agarra el quinto de sándwich que aún reposa en el plato de plástico. Lo embucha completo y lo baña en café. Arrima la silla, que hace un ruido horrendo, y le hace un gesto a la chica. Sale con la boca todavía llena; otra vez el sol, otra vez el fresco.

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Se sube a la camioneta pensando en que no lo van a esperar. Piensa en que le gustaba su trabajo, también. Entonces ve a la piba parada del otro lado y le abre la puerta.

La chica se sube sin decir nada. Se acomoda, apoya la mochila en el piso, entre las piernas, y mira para adelante. Alberto la mira un momento, sin querer: tiene ojeras, o quizá sea maquillaje. No dice nada. Ella tampoco. La camioneta arranca. Son las seis y treinta y dos, y Gestas queda a cuarenta minutos en la dirección contraria.

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La incomodidad del silencio le impide la correcta digestión. Debió decir algo antes, ahora es tarde. Cada segundo que pasa lo hace más difícil y el silencio es tremendo. Cada palabra que piensa parece inapropiada y, al final, se resigna. Va mirando el reloj y descontando: ya falta menos. Ella también podría decir algo, ¿no? Está fresco. Es esa hora de la mañana, según alguna vez le dijeron, en que se pone frío porque sube el sol y alguna cosa que no recuerda, pero está fresco. Sin despegar la vista de la ruta, desierta, estira la mano hacia el centro del tablero. «¿Te molesta si prendo la calefacción?», dice sin pensar, y enseguida se da cuenta. Qué fácil que era: así nomás, sin pensarlo, rompió el hechizo.

«No, no, para nada. Gracias», dice ella, que vuelve de su propio viaje. Silencio de nuevo. «Gracias», dice de repente, pero este es otro gracias: es por el viaje. «No, no es nada», dice Alberto, y siente que es sincero. Por algún extraño motivo, toda esta incomodidad parece ser justa o necesaria. Ya veremos cuando llegue tarde a Syhiqué, pero, por ahora, está bien, no es nada. La chica mete la mano en el bolsillo de la campera y saca una cajita de corazoncitos Dorin’s. «¿Querés?», dice, estirando la mano.

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Alberto levanta la mano derecha de la palanca de cambios y ofrece su palma a la chica. Ella abre la cajita y la inclina; caen dos o tres corazoncitos anaranjados y leves. Él, con la mirada fija en la ruta, no se entera, y la chica le cierra la palma y se la devuelve. El toque de esas manos frías sobresalta a Alberto. La mira, y ella le sonríe. «Soy Carla, ¿y usted? ¿Cómo te llamás?».

«Marcos», dice, y por primera vez en su vida no es Alberto, como su viejo. Ella asiente y vuelve a mirar para adelante. Alberto también. La ruta sigue desierta. Tiene los corazoncitos en la palma y no sabe qué hacer con ellos. No los come desde chico: eran una golosina de nenas, le parecía entonces. Los mira un momento. Se los mete en la boca de todos modos, los tres juntos, y los empuja para adentro con los dedos sobre la garganta, como el albendazol con los terneros. Son de naranja. Faltan veintidós minutos.

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«Hubo un accidente», dice, de pronto, todavía mirando fijo la ruta. «Por eso el apuro. Igual, no fue un accidente, tampoco. Es... una situación...», dice, y nada más. El silencio que hace Alberto para no estorbar se vuelve a hacer largo. La chica baja la vista y mira la cajita con cara de circunstancia, pero Alberto no puede verla, va enfrascado en la ruta y la incomodidad del silencio. Y la hora, porque no puede ni por un segundo olvidarse de que va a llegar tarde, aunque no quiera. «No te preocupes, falta poco, en menos de quince minutos llegamos», dice, finalmente. Quiere sonar paternal o reconfortante, pero apenas si logra parecerse a la grabación del ciento trece.

«¿Querés más..., Marcos? Estas me las compraba siempre mi abuela cuando era chica, porque ella las comía en los recreos. Había un juego que hacían, con los nombres de los chicos y el sabor que te tocaba. Hacía mil años que no las comía, y ayer no sé qué me agarró, y compré y mirá...». Alberto no sabe qué mirar, más que la ruta. De golpe quiere entender todo, pero no tiene ganas de preguntar ni tiempo para escuchar. Doce minutos, si todo va como debe, y ya está. «¿Querés más?», insiste.

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Hay una idea que circula, no del todo probada, de que la preferencia por lo dulce disminuye con la edad, especialmente en los hombres. Los chicos tienen más receptores de sabor dulce y los van perdiendo. Alberto piensa en eso: de chico, los caramelos le gustaban y, ahora, no. «Sí, gracias», dice, y estira la mano hacia la cajita antes de que ella pueda acercársela. No calcula bien la distancia, o sí y acaso le tiemble un poco la mano, el caso es que roza la cajita, que cae al piso. Los corazoncitos se desparraman. «Perdón, perdón», dice Alberto, «dejá, dejá». Pero ella ya se está agachando.

Cuando se inclina, la campera verde se levanta apenas y aparece una franja de piel en la cintura. Alberto lo ve sin querer: un hoyuelo, solo uno, justo encima de la cadera. Aparta la vista enseguida, fija los ojos en la ruta. Piensa en cuánto hace. No en ella, sino en cuánto hace: en la habitación vacía, en el lado de la cama que no usa nadie. Carla vuelve a apoyar la espalda en el asiento y, con la cajita en la mano, le ofrece más sin decir nada.

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«Ahí está, se terminó», dice, después de terminar de repartir, lo más equitativamente posible, el contenido de la cajita. Los dos se llevan la mano a la boca y comen. «Se terminó», repite Carla. «Todo tiene un final, todo termina; tenés que comprender, no es eterna la vida...», dice Alberto, sin darse cuenta, como un acto reflejo. Se calla de golpe al darse cuenta. «Ja, ja, no, no es eterna la vida, no, ja, ja...» dice ella, y convierte la risa en llanto en un segundo; y, al segundo siguiente, está luchando por sacar un pañuelito de papel de esas bolsitas odiosas en las que vienen, y se limpia los ojos y la nariz, apenas, y pone fin a todo: aquí no ha pasado nada.

«No, perdón... Perdón, yo... Perdoname...», dice Alberto que apenas adivina la secuencia por el rabillo del ojo. Siete cero cuatro, mira el reloj sin querer. «No, no es nada, ya pasó, no es nada. Ja, ja, ja, no es nada. Ya está», dice Carla, y baja apenas el vidrio para que el viento frío la castigue. «Ya casi estamos, mirá —dice—; yo, con que me dejes en la rotonda, estoy bien, ¿eh? Después puedo caminar, no hay problema».

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Siete y siete. Balizas encendidas, la camioneta se detiene despacio sobre el pasto raleado de la banquina a la entrada de Gestas. Alberto mira: nunca había estado ahí, pero la rotonda le resulta familiar, tanto como la de cualquier otro pueblo de esos. Hace memoria, piensa si alguna vez habrá pasado por ahí antes, cree que no. Piensa también en lo extraño, en cómo hoy llega a Gestas de casualidad. Repara en Carla.

Ella lo está mirando, él la mira a ella, nadie sabe qué decir. Al fin, la chica actúa: «Bueno, entonces. Me bajo. Gracias por todo, Marcos». La mano derecha de Carla se detiene sobre la manija, no abre la puerta. Espera. «Por favor, no fue nada», dice Alberto, y el reloj marca ya las siete y nueve. La ruta ya está más cargada, va a tener problemas en Syhiqué. «Suerte con lo tuyo..., con la... situación», agrega, y de inmediato se siente un imbécil. Ella abre la boca, pero no dice nada, los ojos anegados de repente. Y luego, como si algo se hubiese roto, las lágrimas caen y el llanto la desborda. Torpe, lo abraza. Le dice que la compañera le avisó que su papá estaba internado. Alberto escucha con las manos rígidas sobre el volante, mirando cómo se mueve la espalda de ella. De a poco, Carla contiene el llanto. Él le palmea la espalda mecánicamente, como si acariciara a un perro. Tiene que irse. Entonces, quién sabe por qué, le dice: «No vas a caminar así. Te llevo yo». La chica acepta.

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«Vos dirás», dice Alberto, que cae en la cuenta de que no sabe ni adónde está yendo. «Derecho, yo te aviso. Gracias, de nuevo. Y perdoname». «Hoy por ti, mañana por mí», dice Alberto, queriendo dar a entender que no es nada, que en la vida todo vuelve, que hacer algo por un extraño está bien porque el otro, y esas cosas, pero suena torpe y se da cuenta. «No, no me debés nada, no quise decir eso, ¿eh?». Y entonces Carla, que comprende la infinita torpeza y bonanza de este buen hombre, se empieza a reír muy genuinamente. Alberto empieza a sentirse humillado, hasta que comprende que no hay motivo, que es todo honesto, sin maldad: un respiro real. Se ríe también, y ahora, que salieron de la ruta y el camino es tranquilo, la mira, y ella lo mira y los dos se ríen de buena gana.

«Acá», dice en la esquina de Monseñor Berry, haciendo señas de que doble a la izquierda. «Acá a la vuelta», dice, tres cuadras después. Alberto obedece. Frena a la sombra de un árbol señorial y apaga el motor. Se hace un silencio. Otro más.

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«Es acá enfrente, la casa de la puertita blanca. Mi abuela. Es la...», empieza a explicar Carla, y se interrumpe: «Ahora vengo». Sale, se cuelga la mochila de una sola correa y cruza, decidida, la calle de tierra fina y clara como talco.

Corre el pasador en la puerta baja de madera y sigue el camino de baldosas hasta la puerta de entrada de la casa, blanca también, con un ventanuco. Antes de que llegue a golpear, la puerta se abre y sale una anciana de cara roja, brillante y mojada. Abraza a Carla como si quisiera hundirse en ella, y Alberto ve las manos arrugadas que trazan surcos en la espalda de la chica. La espalda de Carla comienza a sacudirse otra vez, pero mucho más fuerte. Ambas, la una en la otra, se desmoronan. Alberto no las escucha, todas las ventanillas están cerradas. No sabe cuánto tiempo pasa así. Mira entonces el reloj y vuelve a encender el motor.

Ruido de ripio

Por la ranura de la persiana, veo que en la casa de Alejandro todavía hay luz. ¿Es una señal, un mal augurio? ¿Por qué tan tarde aún dando vueltas? ¿O no es tan tarde? ¿Me traiciona la ansiedad? No, pero es tarde, sí, al menos las dos tienen que ser. Una y media, mínimo. No quiero que nadie me pueda ver ni de casualidad, prefiero esperar. Después de que apaguen la luz, todavía voy a tener que esperar un poco más, por las dudas. Si llego hasta la esquina estoy salvado, me pierdo en la noche. Pero primero tengo que llegar.

Finalmente, la luz se apaga. Me quedo tieso, esperando, contando para mí los segundos, los minutos, ¿cuándo es seguro salir? Me embarga de repente una angustia infinita, muy fuerte, me duele la panza. ¿Quién va a encontrar la nota? ¿Qué van a hacer? Me da pena por —pero no, basta, ya está. Basta. Me decido. Con total resolución y extrema cautela, sin hacer el más mínimo ruido, ando el camino que repasé mentalmente mil veces, y otras mil antes. Finalmente salto la reja, y caigo del otro lado, justo al lado del bolso. Me quedo inmóvil, aguanto la respiración, ¿alguien me vio, alguien me escuchó? Pasa un minuto completo, o tal vez diez. No, nada, nadie. Enfilo hacia la esquina, como ladrón en la noche.

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Camino rápido. Recién cuando siento un ruido metálico (¿la reja?) corro. Y, aunque en seguida me doy cuenta de que el internado está tan dormido como cualquier otra noche, como siempre, no me detengo. Pienso, aunque no quiero. Pienso en Alejandro, en la cara que va a poner mañana. No quise fallarle. Por suerte dejé la nota. Doblo la esquina, me traga la oscuridad. Que los muertos entierren a sus muertos, pienso.

Freno cuando me quedo sin aliento. Estoy en las afueras, en lo que supo ser una zona de casaquintas. El ruido del ripio, mis pasos, lo único constante. No se oyen ni grillos. Es una noche negra. Me resuena la voz de Alejandro: «¿Vos querés ser cura?».

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Busco un rincón, como si hiciera falta, y me cambio de ropa. Me siento renovado, de alguna manera que entiendo absurda pero, igual, efectiva. Ahora soy un normal, uno más; nadie me conoce ni me puede reconocer. ¿O se me notará en la cara? Ya habrá tiempo para eso cuando llegue la luz: por ahora, a caminar.

Si mis cálculos son correctos —y deben serlo, porque repasé todo mil veces—, tendría que estar en la estación de servicio en unas dos horas de caminata tranquila. No quiero llegar muy temprano y llamar la atención, ni tampoco muy tarde, con mucha luz, y que me vea mucha gente. Necesito estar en viaje cuando descubran la ausencia. Supongo que pensarán que fui para la terminal, que es más cerca y más efectiva; por eso voy para el otro lado, pero no me quiero confiar: es ahora o nunca. La sentencia me hace pensar en la eternidad, pero me sacudo el pensamiento. Camino un poco más lento, por las dudas, y pienso en todo lo que vendrá. Un poco después —o tal vez mucho, no lo sé—, veo a lo lejos la incipiente claridad, el día que quiere comenzar.

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El cielo parece sucio, un poco nublado, un poco nocturno todavía, pero empieza a hacerse la luz. La estación de servicio está ahí, brillante y blanca, como esperándome en el medio de la nada. En la playa desierta, dos chicos uniformados —apenas más grandes que yo— conversan. No hay nadie más, no sé qué hacer. El rocío en el pasto de la banquina me moja las zapatillas de tela. Me miro entonces los pies y noto que ya les da el sol. Me doy cuenta también de que llamo más la atención así, parado al costado de la ruta, así que cruzo sin mirar.

Ya aparecerá algún camionero. Mientras tanto, lo mejor es ser uno más, pienso. Tengo sueño —la noche me cae encima de repente con todo su peso— y hambre. Casi no tengo plata, pero para un café con leche en el bar de la estación me tiene que alcanzar. Cruzo la playa. Por alguna razón, evito mirar el reloj, pero pienso de repente que allá habrá pasado la hora de la campana, el «Buenos días» del hermano Claudio, la media hora de aseo personal, tal vez hasta los laudes. Pienso en Alejandro, aunque no quiero, y en cómo mi ausencia habrá acabado con el recogimiento habitual. No pienso en —nada, ya está. Necesito irme cuanto antes. Necesito que llegue alguien. Casi se lo digo a la chica en el mostrador, pero solo le pido un café con leche. Me lo da rápido, no hablamos, me siento en una mesa junto al vidrio. Entonces escucho: «¿Juan Manuel?». Levanto la cabeza, se acerca la chica. Me paralizo. Es Verónica, Verónica Suárez, de la primaria. No nos veíamos desde séptimo. Sonríe, genuina, y, al verla así, no puedo esquivar la idea de que, decían, gustaba de mí. «¿Qué hacés acá?», pregunta. Le digo algo, cualquier cosa. No: le miento. Ella me mira un segundo de más. Ella sabe. Sabe que estaba en el internado, lo sabe todo el mundo. Pero no dice nada de eso. Dice: «Tiene que estar por caer Tito. Él va para el sur. Si querés, le hablo». Asiento. Ella me sonríe otra vez, pero solo con los ojos, y vuelve al mostrador.

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De repente estoy muy contento. El café con leche me reconforta y me lleva a la primera infancia. En la cocina, el pan con manteca... No, basta. Pero estoy contento. Miro por la ventana. Tengo muchas ganas de llorar. Me aguanto, o eso intento. El pecho me pide, pero no, unas lágrimas, solamente, pero no hago ruido, no. Ojalá nadie me haya visto. Tengo la certeza de que Verónica me vio, si no con los ojos, con esa odiosa intuición femenina que todo lo sabe. No me atrevo a sacar la vista de la ventana ni a terminar de preguntarme —o responderme— por qué lloro. ¿De alegría, de pena... de alivio, de soledad, de miedo...? Tomo un sorbo de café dulce con leche amarga.

Me gustaría una medialuna, pienso, y casi me río por dentro mientras, disimuladamente, me limpio los ojos. Por el rabillo del ojo veo movimiento: primero, lo veo llegar; en seguida, el ruido (inconfundible), y, recién después, la palabra, y la sonrisa: «Comé algo», dice Verónica, mientras apoya en la mesa un plato con tres medialunas de manteca. Quiero llorar de nuevo. Levanto la vista, pero ella es más rápida (e inteligente): «Ahí llega Tito, mirá, justo...», dice, y se va, tranquilísima. Miro por la ventana y veo el camión acariciando el ripio, entrando a la playa, trayendo el futuro.

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Tito es un tipo grande de barba canosa. Se parece un poco a —a nadie, Juan Manuel. Entra, saluda a Verónica con un gesto de la cabeza, se sienta al lado del mostrador. Pide café y una hamburguesa completa. A la mañana. Ella le habla bajo, creo que hace un gesto en dirección a mi mesa. Trato de abstraerme. Rezo. No por nada, es más una costumbre. Me doy cuenta y me pongo a estudiar en detalle las baldosas. Después miro a Tito de reojo. Come tranquilo, sin apuro, pero con bocados enormes. Saca una petaca del bolsillo, le echa un chorro al café. Unos minutos después, se levanta y camina despacio hacia la puerta. Con la mano en la manija, se queda parado y me mira. Solo dice: «¿Vamos?». Me levanto. Miro al mostrador, pero Verónica está de espaldas, acomodando atrás medialunas o algo así. No se da vuelta. Lo sigo a Tito.

Subo al camión. La cabina huele a combustible y a cenicero viejo. Dejo el bolso en el piso y me miro las zapatillas. Tito arranca sin decir nada. La ruta se abre delante de nosotros, gris y vacía. Unos cuantos kilómetros pasan en silencio. Después, mirando hacia adelante, dice: «Voy a Bahía Blanca, ¿estamos bien?». Le digo que sí con la cabeza, pero me doy cuenta de que no me vio, así que, con una voz que me resulta ajena, digo: «Sí». Pasan algunos kilómetros más. «¿Y qué hacés allá? ¿Estudiás?», pregunta. Me quedo callado un segundo. En seguida me atropello: «No, no. Estudio. Estudiaba, acá. Para ser cura. No quiero ser cura. Nunca quise». La cara de Tito, fija en el camino como un mascarón de proa. Después, casi sin mirarme, dice: «Qué va'ser». Nada más. El camión sigue adelante, el futuro está allá, el sol empieza a calentar la cabina. Se me cierran los ojos.