No hay que calentarse

Saporiti está sentado en uno de los sillones de la recepción, tan cómodo como puede. Lo cual es prácticamente nada. Está tenso, apenas apoyado en el sillón, casi levita. Hay un silencio molesto, y la persona que, a unos cinco metros, trabaja —o hace como si— como si nada pasara lo pone más nervioso aún. Una muchacha hermosa, de rasgos muy filosos, que exuda temible aire a «no me jodas, ni siquiera lo pienses». Fue muy amable, sí, pero maquinal, fría como el gélido viento sur. «Tome asiento, por favor». No fue una invitación: fue una orden.

Atento a no parecer nervioso, hace un esfuerzo que solo logra convertirlo en una marioneta de sí mismo. Y se da cuenta. Es todo un tremendo círculo vicioso. Cuando llegue Sagasti —o tal vez Salustro, pero Saporiti tiene el presentimiento de que será Sagasti—, la cosa seguramente empeorará, pero, en cierto modo, será mejor, porque no habrá ya que pensar tanto. El problema es pensar, y no puede dejar de pensar. Tiene miedo, y piensa que no es bueno tener miedo. Cagado en las patas está, y lo sabe, y se lo dice y, al escucharse, se caga más de miedo aún. Y así, espera, mientras la muchacha trabaja como si nada.

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Saporiti tiene la boca seca, las manos sudadas y la cabeza llena de ideas estúpidas. De pronto, recuerda un documental sobre orcas. Las orcas se hacían las muertas flotando panza arriba para engañar a las focas. Piensa que él hace eso mismo: fingirse muerto de miedo para que nadie lo note. Pero no, es al revés: está recagado en las patas, y eso lo delata. ¿Y si se tirase al piso? ¿Y si se hiciera el desmayado? ¿Lo atenderían más rápido? ¿Aparecería Sagasti?

Tal vez Sagasti ni exista. Tal vez el nombre sea un invento. «Ya viene Sagasti», sí, como quien dice «ya viene el hombre de la bolsa». Saporiti piensa que, si se parase y gritara: «¡Sagasti no existe!», tal vez lo sacarían en andas. O en camilla. La muchacha lo miraría, por fin. Le diría algo. Pero no. Mejor quedarse quieto. Ser orca. Ser piedra. Ser nada.

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«Dejate de pavadas», se dice a sí mismo, y se hace caso. Un minuto después, escucha un ruido inconfundible: se abre una puerta con un suave y decidido clac. Tanto se había enfocado en la puerta del frente al fondo que no había prestado atención a esa otra puerta, en cierto modo disimulada entre dos grandes plantas. Se abre la puerta y aparece solo un silencio, una expectativa. Recién unos cinco segundos después, un tipo flaco, alto, desprovisto de vida, un envoltorio de persona. Traje negro, igual la corbata, pelada sin brillo y un bigote espantoso, muy prolijo. Se para en la puerta.

—Saporiti —dice, mirando con fuerza al gordito. No es una pregunta ni una invitación a nada. Es una certeza. Si el tipo hubiera sido Sánchez, se habría convertido inmediatamente en Saporiti, tal la carga de la sentencia.

—Sagasti —responde el otro, incorporándose. Intenta parecer igual de decidido y comandante, pero un cierto temblequeo en la voz lo hace sonar casi cómico. Se da cuenta y se arrepiente en seguida.

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Sagasti se hace a un lado y lo invita a pasar con una mirada apenas. Saporiti entra a una sala chica y mal ventilada. Hay una mesa rectangular, dos sillas, un dispenser sin vasos y una carpeta cerrada en el centro de todo, como si fuera una trampa. Se sienta cuando Sagasti lo indica con un gesto seco. No hay cordialidad. Ni café, ni charla previa, ni «¿Cómo está?». Solo el zumbido débil de un tubo fluorescente que parpadea cada tanto, como si también tuviera miedo. Sagasti se sienta parsimoniosamente, abre la carpeta sin apuro y pasa, sin mirarla, la primera hoja.

—¿Usted firmó la declaración del 14? —dispara. Saporiti parpadea.

—¿Qué declaración?

—Perfecto —dice Sagasti, sin levantar la vista. Marca algo con una birome sin tapa, con ese trazo seguro de quien ya sabía la respuesta. Después, sin cambiar el tono, agrega—: Esta reunión no tiene carácter vinculante. Usted fue citado en calidad de evaluado, según resolución 48/7, anexo 3.

—¿Evaluado por qué? —casi tartamudea. Sagasti no responde. Se acaricia el bigote y vuelve a marcar algo con la birome.

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Quiere preguntar de nuevo y en seguida quiere no decir nada. Quiere irse, quiere fundirse en un abrazo con la muerte misma, quiere ser la nada toda. Sagasti mira las hojas, pasa una y otra. Está resuelto. A qué, sólo él lo sabe. Saporiti siente una gota enorme de sudor caliente correrle por la espalda y entrarle justo por la raya del culo. Quiere sacar el pañuelo, secarse la cara. Mejor no. Entonces suena el teléfono. Del susto que se pega, se levanta de la silla, rebota y vuelve a sentarse como puede. Antes de que termine el primer timbre, el brazo maquinal de Sagasti se estira, toma el tubo y lo lleva a la oreja, todo esto en una fracción de segundo.

—¿Sí…? —dice, con una suavidad digna de una enfermera pediátrica—. ¡Ah, sí…! Sí, por supuesto… Por supuesto, sí, sin duda… Pero sí, por supuesto, no te preocupes por nada. Sí, dale. Dale… —y cuelga, suave.

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Ipso facto, Sagasti cambia la cara, como si volviera a ser él mismo. Sin mirar a Saporiti, hojea la carpeta sin apuro. Pasa formularios, planillas, un croquis, hasta que se detiene en una hoja suelta. La separa con dos dedos y se la muestra. La imagen es en blanco y negro, un recorte de cámara de seguridad. Él aparece de perfil, subiendo a la vereda. No recuerda el momento exacto, pero reconoce su campera. Detrás, borroso, alguien más camina por la calle.

—No tiene abogado, ¿verdad?

—No.

—Ajá. Igual no va a hacer falta. Si coopera. —El silencio se corta con cuchillo—. Usted fue citado en calidad de evaluado porque figura en un expediente. No para acusarlo, todavía, pero sí para que responda. Queremos entender su relación con ciertos hechos. —Sagasti apoya el índice amarillento sobre la imagen—. Explique esto.

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—No entiendo... —dice Saporiti sin pensar, como un reflejo. En seguida se arrepiente. Y en seguida, nuevamente, piensa que no cambia nada, igual. Una famosa escena de una película le inunda el pensamiento: «Hay que negarlo, Benjamín: yo no fui, yo no estuve, yo no sé...».

Sagasti se queda tieso, los ojos clavados en la lustrosa cara del gordito. Como si, de todas las posibles reacciones, esta chiquilinada fuera la única que no había previsto, se encuentra sin reacción. Sin torcer la mirada ni un pelín se reclina en la silla, la espalda rígida, el índice aún sobre la hoja.

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—Sigue yendo al chino de la esquina de Sanabria y el pasaje, ¿no? —pregunta como quien oye llover. Saporiti lo mira, parpadea—. El martes pasado compró un whisky. Nacional, barato. Paga siempre en efectivo. Eso es bueno. El perro está viejo, ¿no? Rolo. Le cuesta subir la escalera.

—Pero —dice Saporiti. Es la única palabra que articula. Parece haberse colgado mirando por la ventana. En esa sala no hay ninguna.

—Y en 2021 —agrega Sagasti, con tono casi nostálgico— dijo una estupidez bastante grande en una reunión. Alguien la grabó. No hizo falta difundirla. Por ahora —desliza y, con un gesto que tiene algo de gato monstruoso, vuelve a la carpeta. Pasa una hoja, otra. Después se queda quieto. Levanta la mirada y la clava en el otro—: Mire, esto no es personal. Pero hay que saber con quién contar. Gente que no pregunte demasiado, que tenga buena memoria y la boca cerrada. Hace falta gente así. Y usted… Usted parece tener tiempo.

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—Mire —dice Saporiti, con un tono que suena a decisión y coraje, pero no es más que ansiedad y desesperación urgente—: a mí me dijeron que viniera, no me explicaron por qué ni para qué, y yo pensé que Sagasti o Salustro (pero presentía que Sagasti) tendrían algo para decirme. Algo malo, pensé, sí, pero algo. Y ahora estoy aquí y nadie me dice nada, y la señorita, que es muy amable pero parece una máquina, no me dice nada, y usted me hace pasar y saca una carpeta y mueve el dedo y no me dice nada, y nadie me dice nada y yo no entiendo nada, ¿qué se supone que haga yo? —Siente un llanto llegar, pero lo acogota a tiempo.

Sagasti lo mira como si todavía esperara que hablase. Lo mira. Respira bien hondo, tan suavemente que es del todo imperceptible, salvo para sus pulmones, que acusan recibo y reclaman piedad. Henchido de aire está cuando, sin mediar ni un pestañeo, saca la diestra de sabediosdónde y la golpea contra el escritorio como quien aplasta un mosquito del tamaño de Europa. El golpe rebota en las paredes, hace temblar las hojas de las plantas.

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Como una respuesta al golpe, acaso como un eco, se abre la puerta de la sala. Entra una mujer alta, hombruna, vestida con un traje sastre que hace imposible imaginarla con otra ropa, o sin ninguna. Los mira alternativamente a ambos y se detiene en Sagasti:

—No acabo de llegar y escucho un golpazo acá adentro. ¿Todo bien, Ricardo?

—Sí, sí. Perdón. Perdón, no me di cuenta.

—¿Estamos teniendo problemas con el señor... Saporiti?

—Saporiti, sí. Y no, no pasa nada. Te dije que no te preocuparas, ¿no? Confiá en mí, no va a haber ningún problema esta vez.

—Mabel Salustro —dice ella, al tiempo que estrecha la mano de Saporiti. Tiene una sonrisa difusa—. Bienvenido. Lo dejo con Sagasti. Está en buenas manos.

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Saporiti no alcanza a decir palabra. Ni quiere, tampoco, realmente. Empieza a cansarse del jueguito, eso sí. Bienvenido, ¿qué bienvenido? ¿Es que todos saben algo que él no? ¿Debería? Siente un impulso por levantarse e irse. No llega ni a terminar de imaginar la secuencia:

—Se agota el tiempo, Saporiti, como bien puede ver, así que vamos, venga: ¿sí o no?

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Saporiti mira la carpeta, después el bigote de Sagasti, después sus propias manos sobre la mesa. Piensa en Rolo, en su casa, en el chino de ojotas que fuma en silencio en la entrada del supermercado, en la rutina que creía que era suya pero que —ahora lo entiende— nunca lo fue. Todo eso que pensaba que era su vida no era más que un decorado, y ellos sabían exactamente dónde estaba cada mueble. Se pasa la lengua por los labios resecos y asiente. Dice que sí con la cabeza, como si tuviese miedo de que la palabra se le rompiera al salir.

Sagasti cierra la carpeta con un golpe seco. De un cajón que Saporiti no había visto, saca un sobre de papel madera y lo desliza sobre la mesa.

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Saporiti lo mira y lo mira. No quiere ni tocarlo, pero siente la mirada penetrante de Sagasti atravesarle el cráneo, quemarle los sesos. Lo toma con miedo, con cautela, y el papel rugoso le parece muy apropiado. Tiene un cierre con cordón que le recuerda sus tiempos de joven cadete, cuando caminaba el centro llevando pólizas y contratos. Con parsimonioso temor, desenrolla el cordón del redondel de cartón rojo. Finalmente, lo abre.

Saca con cuidado el contenido. Dos fotos y una hoja. En cada foto, un señor. La primera, de lo que parece un trabajador cualquiera, con cara dura, bigote y campera de cuero. En la segunda, un tipo más joven, que parece estar disfrazado de marinero, con un pequeño perro en brazos. En la hoja, lo que parecen ser datos. Direcciones, horarios, teléfonos, números de cuentas o documentos y algunas palabras que no entiende.

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—Los martes y los jueves va a ir al Café de las Golondrinas. Corrientes y Medrano —dice Sagasti, y señala la primera foto—. Este señor toma siempre un cortado alrededor de las tres y media. Usted se sienta en una mesa cercana, pide lo que quiera y anota todo lo que vea. Con quién habla, qué lee, si recibe llamadas. Todo. —Pasa el dedo a la segunda foto—. Y los viernes, a las seis de la tarde, este otro va al puerto con el perro ese. Camina por el muelle norte unos veinte minutos. Mismo procedimiento: anotar todo. Los reportes me los entrega acá, los lunes, a las nueve. En mano, siempre en mano.

Saporiti asiente como un alumno aplicado, pero siente que se está hundiendo en algo viscoso y tibio. Esos tipos de las fotos no le parecen criminales ni nada parecido. Son tipos comunes, como él. Uno toma café, el otro pasea al perro. Y él va a estar ahí, espiándolos, anotando si se rascan la nariz o miran el reloj. Se pregunta si esos tipos también tienen un Rolo en casa, si también van al chino de la esquina, si también piensan que su vida es suya. Guarda las fotos en el sobre con manos que ya no le tiemblan. El miedo se le está convirtiendo en otra cosa, algo más pesado y más triste.

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—Gracias —dice. ¿Gracias de qué? Qué idiota. Se reprende. Con el sobre aferrado con ambas manos, sale. Siente los ojos de Sagasti clavados en la nuca.

Cierra la puerta con innecesaria precaución, como si hubiera algo que cuidar. La bella muchacha sigue enfrascada en la tarea como si el mundo no existiera. Fría, maquinal, teclea y teclea. Siente un frío helado, se dice que es su imaginación, pero no puede dejar de sentir que es la joven quien lo exuda. Cruza la arcada, llama el ascensor. Espera. Ambas manos al sobre, de nuevo. Llega el ascensor. Vacío, gracias a Dios. Aprieta el cero, primero, y el sobre después. Respira hondo y, antes de que pueda exhalar, ya está: se abren las puertas.

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Tres semanas después, Saporiti está en el Café de las Golondrinas, en la mesa del rincón, con vista completa del salón. Ya conoce la rutina: el tipo de la campera de cuero llega puntual, se sienta siempre en la misma mesa, pide un cortado, lee el diario página por página, no habla con nadie. Saporiti anota todo con la prolija obediencia de un empleado ejemplar. Pero algo se le mueve adentro: un engranaje oxidado que, de pronto, funciona. «No hay que calentarse», se dice. «Es solo cambiar de mesa». Se sienta junto a la ventana y mira la calle. Por primera vez en semanas, no mira al tipo de la campera. Mira los árboles, la gente que pasa, un perro que olfatea la vereda. Se siente, por un instante brevísimo, libre.

No pasan ni cinco minutos cuando el mozo se acerca con una bandeja. Le deja un café humeante y una servilleta doblada.

—Yo no pedí nada —dice Saporiti con un hilo de voz.

—Es cortesía de un señor que acaba de irse —responde el mozo, y se aleja sin más explicaciones.

Saporiti despliega la servilleta con manos que vuelven a temblar. Hay una frase escrita en tinta azul, letra prolija: «No le conviene hacer lo que pensó». Mira alrededor, busca al señor que acaba de irse. No ve a nadie. Solo hay personas comunes que toman café, leen el diario, viven vidas que creen suyas. Como creía él. Vuelve a su mesa del rincón, saca la libretita, vuelve a anotar.