El camión lo dejó en la entrada del pueblo. Miró la rotonda, el pasto amarillento y raleado, con manchas grises de tierra pelada, las letras de cemento despintado: Encarnación. El asfalto duraba un par de cuadras, apenas hasta la estación de servicio y el taller mecánico, y después estaba la tierra. Todo era tierra o estaba cubierto por ella. Se acomodó la correa del bolso sobre el hombro y arrancó a caminar.
Al pasar por la estación de tren, paró sin saber por qué. La construcción, escueta, tenía los vidrios de las ventanas rotos y los andenes cubiertos de yuyos. Entró y se acercó al borde del andén: abajo, los rieles oxidados se perdían en la tierra como cicatrices de una herida vieja.
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