Uno nunca sabe


"Uno nunca sabe", decía siempre mi abuelo, y cuando le daban pie, contaba la historia de Takashi, el italiano. De contar historias sabía el viejo, y ya empezaba bien, porque te daba intriga, todos interrumpían con lo mismo: ¿Takashi se llamaba, y era italiano...? Y ahí mi abuelo ya los tenía, y entonces, una vez que habían picado, se acomodaba el bigote, y empezaba. Sí, mirá, yo te explico:

Se llamaba Takashi porque el padre era fanático de Takashi Miyamoto, pero eso no importa. En Italia le decían el japonés, y acá le decían el italiano, así que mirá qué quilombo, pobre diablo. Si te digo el apellido te da un síncope, parece sushi con tuco. Pero eso no importa. La cuestión es que el ñato este un día, después de mucho laburar y mucho imaginar con los ojos cerrados, llega a juntar un par de pesos, y se va a comprar un auto. ¡Un auto! ¿Te das cuenta? Te estoy hablando cuando yo era joven, oíme, una cosa de locos. Un auto. Pero claro, es mucho dinero, es una operación importante, un tema a considerar. Entonces, ahora que llegó a las puertas del asunto, duda. Mientras juntaba la guita estaba convencido, no podía parar de imaginarse el día que pudiera caer en el concesionario y hacerse de su propio automóvil. Ahora que podía, dudaba. Se amilanó, así nomás, pero sí que quería. Pero lo quería pensar bien.