Son las cuatro de la mañana con cuarenta y ocho minutos. Alberto bosteza, más de fiaca que de sueño. Durmió toda la tarde, salió de noche, y hasta el mediodía, al menos, no piensa parar más que para un bocado. Si llega temprano cobra más. O, dicho de otro modo, si se retrasa empieza a cobrar menos. Tiene hambre, también, pero ahora no va a parar. Cuando salga el sol debería estar cerca de Dimas, entonces sí. Falta una hora y media, más o menos. Son las cuatro y cuarenta y ocho. Lo sabe porque mira el reloj, y presta atención, porque una vez leyó una noticia que decía que esa es la hora más oscura de la noche, la peor hora para los que están solos o deprimidos. No sabe si es verdad, pero le parece que puede ser. Por eso le gusta andar a la noche, porque no es tan oscura como la cama, como la habitación vacía. En la ruta nunca estás solo: está la ruta, y los que pasan, y los colegas, y a veces la luz de la luna, y siempre el eterno ronquido del motor, y la suave caricia del asfalto mal cuidado.
A las seis y trece entra en el playón desierto de Dimas. Lo sabe porque le gustan los números redondos: quiere irse y media, así que tiene diecisiete minutos para echar un cloro, comer algo, y seguir. La piba es piola, lo atiende rápido. Y si no será el café solo, y a seguir. El reflejo del sol en el ventanal lo fastidia un poco, pero se aguanta.
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