A mitad del segundo piso ya sintió que le ardían las piernas, y una gota de sudor salado amenazaba con bañarle el ojo izquierdo. Febrero en Buenos Aires puede ser hermoso o tremendo y cruel. O todo eso, como en este caso. Llevaba en las manos una vieja radio de madera que acababa de comprar por dos mangos a un loco típico de la fauna autóctona de San Telmo. Casi se lo lleva puesto y terminan todos en el suelo, la radio incluida. El tipo salía de una casa vieja con la radio en las manos y un pucho en la boca. Cuando se chocaron, el tipo lo miró como se miran en las películas dos que van a terminar casados, solo que sin sonreír y con el humo del pucho entrándole en los ojos. «Tomá —le dijo, sin más—, es tuya. Estaba escrito, oíme, es para vos. Dame quinientos y es tuya». Mateo pensó que la radio era hermosa como objeto y no podía ir a la basura. Seguramente no funcionara, pero tal vez podría arreglarse. Aunque solo fuera como adorno, por quinientos estaba muy bien. Le dio los quinientos y le preguntó si andaba, y el tipo le dijo que sí, que andaba, que por supuesto que andaba, que hasta le había puesto válvulas nuevas. Mateo se rio, dijo que bueno, gracias, y recién entonces, cuando agarró el asunto, se dio cuenta de qué pesado era ese trasto de madera maciza y componentes nobles, como se hacían antes.
La apoyó sobre la mesita ratona y puso el agua para el mate. Pensó dónde la pondría, porque era grande. Pensó que la probaría, pero seguro que no andaba, y andá a saber quién podría arreglar esas cosas. Preparó el mate, se fue al living, enchufó el aparato, se sentó en el sillón y le dio al botón. No pasó nada. Obviamente no andaba. Bueno, no importa, entonces... ¡Ah, una luz! Una pequeña luz amarillenta al costado. Claro, tomaban tiempo las válvulas. Se rio de nuevo, ¿en serio tendría válvulas nuevas? Giró el dial y subió el volumen y tocó todo lo que había, que era poco y nada. Esperó. Nada. Se estiró para desenchufar, y entonces, alto y claro: «Scappaticci, sabemos lo que buscás. Terminal 3, locker 237, sector Lima. 24 horas. No falles, no hay repechaje». Silencio absoluto. Se quedó seco, y quiso imperiosamente pensar que era una invención suya, pero el tono, la seguridad, la mención de su nombre... No podía ser. Además, tenían detalles de la Aduana que solo alguien que conociera podía tener. Chupó el mate y miró el aparato. Nada, solo la diminuta luz amarillenta.
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Mateo se preguntó si aquel loco del cigarrillo sabría más de lo que decía, si aquella compra habría sido, en cierto modo, un pacto. No podía entender nada. Reprimió un escalofrío, anotó el mensaje que le había dado la radio, abandonó el mate junto a la pileta, en la cocina, y salió para San Telmo. Estaba dispuesto a encontrar al tipo.
Caminó cerca de una hora. No lograba dar con la casa vieja de la que había salido el fulano. Estaba casi seguro de que era sobre México, y hasta creía recordar las entrecalles, pero no había rastros de la casa. Y no dejaba de pensar en lo que había dicho la radio. Lo que más lo preocupaba entonces era eso de «24 horas»: ¿a qué se refería? ¿Tenía que ir a las doce de la noche?, ¿o dentro de 24 horas? ¿Podría ser «las 24 horas»? Caía la tarde y Mateo perdía las esperanzas.
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Dio la vuelta sobre Defensa, harto ya, incapacitado, perdido. Desde una pizzería salía el ruido estridente de una radio barata. «If you don’t know me by now, you will never, never, never know me...», aullaba el colorado, y a Mateo de repente se le pegó la frase y, para cuando llegó a la esquina, repetía sin querer «never, never, never». La bocina de un tachero lo sacó de su trance, y de repente creyó comprender, si no todo, al menos algo: era ahora o nunca. «No falles», habían dicho. No podía fallar. Además, sabían lo que buscaba... ¿Qué buscaba? ¿Qué sabían? ¿Era una cuestión filosófica, era una bravata o era que realmente sabían de la investigación que había querido organizar y había quedado en nada? Y, sin embargo, ¿qué estás haciendo, Mateo? ¡Es una voz en la radio! Era demasiado absurdo, pero se podía resolver fácilmente, después de todo. A la mierda todo: iría a la noche al sector Lima. Si eran 24 horas o a las 24 horas daba lo mismo. Iría y punto. Tiró el pucho y aprovechó que venía el 29.
Mientras abría la puerta pensó si al aparato no se le ocurriría hablar de nuevo. Le pidió al barbas que no. Entró y lo miró fijo unos segundos, sin prender la luz. Nada, obvio. Se cambió y salió disparado: si quería estar a medianoche en Lima tenía que entrar antes de que cerraran el garaje.
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Vio que un coche rojo, azul y blanco de la línea 152 abandonaba la parada y, sin tiempo que perder, lo corrió. El calor del día había aflojado y logró alcanzarlo en un semáforo. Golpeó el vidrio de la puerta, pero el chofer miraba al frente, imperturbable como la estatua de un prócer. Insistió, con una moneda esta vez, y, al fin, el colectivero le abrió la puerta, que siseaba todavía mientras Mateo saltaba ya los escalones. Pagó con la moneda grande y guardó en el bolsillo las dos moneditas que le devolvió la máquina junto con el boleto. Se fue al fondo. Se sentó en el último asiento de la derecha y descansó la cabeza contra la frescura del vidrio.
Se quedó dormido, y hasta soñó con una radio celestial que le reprochaba cosas. Se despertó sobresaltado, justo antes de su parada, y bajó del colectivo como un autómata. En la vereda, una inesperada brisa fresca le aclaró la mente y le ordenó las ideas. Corrió las cuadras que lo separaban de la Aduana. Iba a necesitar algo de buena fortuna para colarse en la dependencia y no ser descubierto. Y ese golpe de suerte llegó bajo la forma de un Peugeot 405 de color bordó que ingresaba lentamente por el portón del garaje. Encorvado, Mateo corrió junto al auto que lo ocultaba de la vista del tipo de seguridad y se deslizó a un costado. Ya estaba dentro.
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El edificio estaba desierto, quedaba solamente el de seguridad del garaje y la guardia del centro de cómputos; la gente de limpieza llegaba a la mañana temprano: era zona liberada. Caminó sin apuro hasta Lima, preocupado por que pudieran escucharse los pasos. No había nada, solo las luces de emergencia de los pasillos y palieres. Llegó y, tras asegurarse de que no había nadie en el sector, se fue al locker 237. Se paró frente a la pared infinita de casilleros y en seguida lo invadió un malestar intenso: ¿qué estaba haciendo ahí, estaba loco? Prendió un pucho, descartó el asunto, ya estaba ahí. Enfrentó el locker: estaba cerrado, como todos. Pensó que debería esperar hasta la medianoche, pero entonces algo le llamó la atención. Metió la punta de una de sus llaves para tener con qué hacer palanca y en seguida la puerta cedió. En efecto, había estado solo sostenida a presión con un pequeño pedazo de cartón duro estratégicamente ubicado en el marco.
Dentro había una caja de alfajores Havanna de chocolate. La agarró, cerró la puerta del locker con el cartoncito y se fue como un niño a esconderse al baño de mujeres. Se encerró en el cubículo del fondo y sacó la linterna. La caja estaba apenas cerrada con un pedacito de cinta Scotch. Adentro había: un pequeño y viejísimo plano de la zona portuaria; una foto en blanco y negro en la que apenas podía distinguirse a cuatro hombres posando sonrientes, como si alguien los hubiera interrumpido en su tarea para pedirles una foto (abajo a la derecha, en lapicera, cruzado, «Los Locos»); una cajita de cartón corrugado llena de algodón amarillento, dentro del cual dormía una reluciente válvula original 12AX7, y una hoja amarillenta y ajada con anotaciones a máquina:
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No entendía nada. Sintió que alguien le estaba haciendo una broma, pero ¿quién? ¿Una radio vieja?
Dejó aletear ese pensamiento ridículo hasta que se fue. No importaba quién estuviese detrás del asunto: tenía que aprovecharlo, usarlo a su favor. Agarró más fuerte la inesperada caja de alfajores y se deslizó fuera del baño de mujeres. Tenía que salir sin ser descubierto, llegar a su casa y no volverse loco.
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El tipo de seguridad miraba un partido en la portátil. Se acovachó y esperó el momento oportuno y, en cuanto el referí hubo cobrado un córner que no fue, aprovechó y se escabulló. Si no lo veía cruzar estaría afuera. Y así fue. En cuanto salió, tuvo el impulso de tomar un taxi y una repentina paranoia lo detuvo: ¿y si estaba todo preparado y lo estaban esperando? Se fue a tomar el colectivo. Cuando llegó era tarde, y quiso pensar y hacer, resolver todo, entender de una buena vez. Pero el cansancio lo venció y se quedó dormido en el sillón.
Lo despertó la claridad antes de las seis. Tardó en comprender la escena. En el sillón, frente a la mesa ratona, con una caja de alfajores, frente a una radio de madera vieja y apagada, aún vestido y mal dormido, tuvo que convencerse de que no había sido un sueño. Tenía un rato antes de tener que bañarse para ir a trabajar. Otra vez, hizo unos mates y se sentó a mirar el armatoste. Tuvo una idea, y en seguida se sintió idiota por no haberla tenido antes (aunque se reservó lugar para volver a sentirse idiota después, si acaso no funcionara). Buscó un destornillador y le sacó la tapa trasera a la radio. Fue más fácil de lo esperado. Había dos válvulas, claramente nuevas, y, al lado, un hueco. Tomó la 12AX7 y la calzó en el lugar vacío. Nada.
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Se sintió un idiota. Otra vez. Acaso para quitarse de encima la frustración, fue al baño y abrió el agua. El calor empezaba a apretar ya, tan temprano, y pensó que una buena ducha fresca le haría bien.
Comenzaba a enjuagarse la cabeza cuando sintió una voz en el living. Se paralizó. ¿Lo habrían seguido? Tuvo la certeza de que lo vigilaban, pero ¿qué podía hacer? ¿Ir a la comisaría? ¿Buscar un detective privado? ¡Era tarde, ya estaban en su casa! El champú diluido le caía por la cara, le entraba en los ojos vidriosos, cuando reconoció el tono metálico de la voz: era la radio otra vez. «Scappaticci», decía, como si lo llamara, y seguía algo ininteligible. Mateo cerró las canillas sin acabar de enjuagarse, se envolvió en el toallón sin saber por qué y se apuró al living.
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«Scappaticci, ya tenés los alfajores, ¿qué te parece un cafecito ahora? Ya tenés una lista de sucursales, fijate. Acordate de que el café siempre mejor solo, ¿sabés? Venías bien, pero te embalaste con los evangelistas, ahora andá despacio, a ver si todavía pasamos de alfajores a masita...». Se oyó un leve clic, y Mateo notó que la estática, que no había notado antes, se había apagado también, junto con la luz amarilla. Todo era nada de nuevo.
Pero no, nada no, algo estaba claro: sabían del asunto de los evangelistas. El año pasado había estado investigando unas denuncias sobre posibles interferencias en algunas redes, comunicaciones pinchadas o manipuladas, algo raro que parecía jugoso, pero entonces había cambiado el Gobierno, y el director de la división Comunicaciones e Inteligencia, y justo cuando parecía que tenía algo en las manos, la bajada fue clara: «dejalo». Y lo dejó. Estaba por empezar a investigar en detalle dos antenas que habían detectado en edificios de la Iglesia Universal del Señor, pero evidentemente alguien ya se había puesto nervioso. En la Agencia, muchas investigaciones se hacían en solitario, por cuestiones de seguridad y privacidad. ¿Quién podría haber sabido de los evangelistas...?
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Respiró hondo, tragó saliva. Recordó con algo parecido a la nostalgia su vida sencilla de dos días atrás. Esa radio, esa antigüedad que había comprado a ciegas, se había convertido en algo más grande que el propio Mateo.
De la nada, se acordó de Lucas, el Tucumano, un viejo compañero de la Agencia cuyo rastro había perdido. Era bueno Lucas. Y radioaficionado, además. Se le ocurrió que, si alguien podía ayudarlo, ese era el Tucumano. No sabía cómo ubicarlo, pero recordó que solía desayunar en un bar chiquito y bullicioso a una cuadra de la Agencia. Tal vez lo encontrase ahí o, al menos, supieran orientarlo. Se vistió rápido y salió para el bar. Antes de cerrar la puerta, se despidió de la radio sin pensar, casi como un chiste. Para su sorpresa, el aparato habló una vez más: «Scappaticci, cuidadito con involucrar a nadie. Estás solo en esto, pichón..., si sabés lo que te conviene». Sintió que se le helaba la sangre.
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Se quedó inmóvil frente a la puerta, con la mano aún en el picaporte. Lo único que le faltaba era que el armatoste se pusiera amenazante. Tenía que ser todo una joda... Vos me estás jodiendo... Vos me estás jodiendo, la concha de tu madre... Y no, en seguida se respondió que no, que no era joda, era en serio. Lo que fuera que estuviera pasando era en serio. Si sabían de los evangelistas era en serio. Por cuidar la salud, o por aprovechar la posibilidad de resolver el asunto de los evangelistas, lo mejor era tomarlo seriamente, y solo.
Se dio vuelta y volvió al living. Sacó la foto en blanco y negro de la caja de alfajores y la estudió por enésima vez. Había algo en las sonrisas de aquellos cuatro hombres que le resultaba perturbador, como si supieran algo que él todavía no entendía. Entonces sintió que algo se le estaba escapando: ¿para qué esta foto? Se acercó la foto a los ojos y miró y miró, y nada. Entonces, de repente, se dio cuenta: al fondo de la foto, con inusitada claridad, se leía un cartel: La Gloria, Café-Bar.
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Salió del departamento con la foto en el bolsillo y la cabeza embotada. La Gloria, pensó, el nombre le sonaba. Su abuelo le había hablado alguna vez de ese bar, un lugar donde solía reunirse con sus amigos en los años cincuenta. Incluso creía recordar la zona: «por Palermo, cerca de la plaza Costa Rica», había dicho el viejo en una de esas historias que Mateo escuchaba a medias. Miró su reloj de pulsera: iba a llegar tarde al trabajo, pero no le importaba. No podía concentrarse en otra cosa que no fuera esa foto. Vio un teléfono público. Buscó cambio en el bolsillo, marcó el número desde la cabina y esperó. Cuando lo atendieron, inventó una excusa: «Estoy con fiebre, no sé si voy a poder ir hoy». La voz al otro lado del teléfono refunfuñó, pero aceptó. Mateo colgó con la certeza de que ese día iba a dedicarlo a seguir la pista.
Caminó como un autómata. Cuando llegó, el cartel estaba ahí, apenas legible bajo las capas de polvo y el desdén del tiempo: La Gloria. A Mateo se le erizó la piel. El lugar parecía estar al borde del abandono, pero una luz amarillenta detrás de las cortinas del ventanal anunciaba que seguía funcionando. Empujó la puerta de madera, que crujió a modo de protesta por el esfuerzo. El interior tenía el aroma agrio del café añejo y los ecos de conversaciones que habían quedado suspendidas en el aire. Un hombre de edad incalculable, con un delantal blanco y un diario bajo el brazo, lo miró desde el mostrador con la mirada de quien ya lo ha visto todo. «¿Un cafecito, pibe?», preguntó, señalando una mesa cerca de la ventana. Mateo asintió. Al sentarse, sacó la foto del bolsillo y la dejó sobre la mesa, al lado del servilletero. Dudó un instante, pero, al final, se animó: «¿Usted reconoce a alguno de estos?».
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El hombre dejó caer el diario sobre la mesa y se acercó, ajustándose los lentes. Sus ojos, que habían perdido el brillo con los años, de repente se encendieron con un destello de reconocimiento que a Mateo le hizo cosquillas en la panza. Con dedos temblorosos pero seguros, señaló la foto y murmuró un nombre que sonó como una reliquia olvidada: «Los Locos». No era una pregunta, era una afirmación sencilla, casi una obviedad.
Mateo contuvo la respiración. El viejo ya no lo miraba a él, sino a la fotografía, como si cada rostro le devolviera un fragmento de un rompecabezas que creía definitivamente perdido. «¡Qué bárbaro!», susurró más para sí mismo que para Mateo, «después de tanto...». Y entonces, sin más preámbulo, se sentó y comenzó a hablar con una voz que sonaba como el crujir de páginas antiguas.
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Con un gesto que parecía hablar de décadas de recuerdos, señaló lentamente la fotografía. «Esos... Esos de la foto, pibe, son los Locos de la Azotea», dijo, como si pronunciar ese nombre lo conectara con algo lejano y olvidado. «Gente de la radio, ¿sabés?, pioneros de algo grande... Bueno, más que eso, fueron los primeros en mandar las ondas al aire por acá, allá por los años veinte. Los tipos que hicieron la primera transmisión radial en Buenos Aires. Y, ¿sabés qué? Ese tipo ahí, el de la chaqueta blanca... Ese es De Marchi, el de la voz más clara de la radio, el que me enseñó todo lo que sé del oficio». Mateo lo miró fijamente, sin saber si creerlo del todo, pero el tono del mozo era firme y algo en su mirada decía que hablaba en serio.
El viejo dejó escapar un suspiro largo, como si las palabras le costaran más de lo que parecía. Se apoyó en la mesa; por un momento, Mateo pensó que iba a levantarse, pero no. Se reclinó en la silla y se pasó una mano por la cara, como si apartara las sombras de un pasado que aún le pesaba. «El café que servían en La Gloria, pibe, no era cualquier cosa... Pero lo mejor era escucharlos hablar a esos locos. Tenían algo, un brillo en los ojos, como si supieran que iban a cambiar el mundo con esas ondas que se cruzaban entre edificios y barrios. No recuerdo bien cómo, pero llegué a ser parte de algo pequeño en esos días, algo que quedaba detrás de las radios, en los cables, las conexiones, las historias que ellos contaban a través del aire. Muchos no lo saben, pero esa foto no solo era de amigos... Era de un grupo que arriesgó mucho para hacer posible lo imposible. Y vos, pibe, ¿de dónde sacaste esta foto?».
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Mateo se quedó helado; no estaba preparado para tanta información, mucho menos para responder preguntas. ¿De golpe la suerte se ponía de su lado y era todo tan fácil? Sin embargo, como estaban las cosas, no había mucho más que hacer. Y el viejo, con el dedo sobre la foto aún, lo miraba sin pestañear, implacable. La suerte estaba echada. Pensó que no había nada que perder y que, a lo sumo, lo peor que podía pasar era que el tipo lo tomara por loco. Sonrió al notar la ironía, y así, desde esa sonrisa, empezó a hablar.
«El asunto es así», dijo, y empezó a contar como pudo, lo que pudo, sin entrar en casi ningún detalle. Que había comprado una radio, dijo, y que le había venido con una caja con algunas cositas, y que estaba esta foto, y entonces vio el nombre, y creyó recordar que su abuelo y así. El viejo miraba, la vista fija, el ceño ahora duro; no había ni pasado ni cansancio, lo miraba como si quisiera leerle la mente (o como si, efectivamente, lo estuviera haciendo). Mateo tuvo la certeza de haberse metido sin necesidad en camisa de once varas. Se hizo un silencio. El tipo lo miraba, nada más. Entonces, de repente, con renovada energía, se levantó.
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De pie, le dio la foto a Mateo, con un gesto claro que ordenaba que la guardase, y entrecerró los ojos. «Acá no es lugar para hablar», dijo y, antes de que el otro pudiera protestar, lo agarró por el brazo y lo empujó hacia la trastienda del bar, donde revolvió unos papeles, y, de ahí, ambos salieron por la puerta trasera. Una vez afuera, en una cortada desierta, el viejo lo miró fijamente. «Tu abuelo», comenzó, y la voz se le quebró por un instante, «no te dejó nada, pero lo que tenés ahora... Eso ya tiene dueño».
Mateo tragó saliva, confundido. El mozo miró hacia los lados, como si esperara que alguien los estuviera observando y, luego, le entregó un sobre manchado de tinta. «No lo abras hasta que estés a salvo», le dijo con voz grave. «Eso te va a llevar adonde tenés que ir, pero no es solo un asunto de familia. Es algo más grande, algo que no te vas a poder sacar de encima, pibe». Sin esperar respuesta, el mozo volvió a entrar al bar y dejó a Mateo parado en medio de la calle, con el sobre en la mano y una sensación de incomodidad creciente.
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Necesitaba un lugar seguro, y pensar. Apuró la vuelta a casa, siempre alerta al derredor. Cuando abrió la puerta tuvo una inmediata sensación de alivio y, en seguida, un sobresalto, ¿Se pondría a hablar de nuevo esa radio infernal? No, nada de eso: hubo silencio. Preparó unos mates y se dio cuenta de que tenía hambre y nada para comer. Mojó unos mendrugos con el agua de la canilla, como le había enseñado su abuelo, y los tostó. El recuerdo de su abuelo, nuevamente, le dio nostalgia y tristeza, y también ternura; y en seguida lo conectó de nuevo con la radio y los Locos y el sobre. No tenía ningún interés en abrir ese sobre y, a su vez, ninguna otra alternativa. Miró la virgencita apoyada sobre la ventana, de color rosa profundo entonces. ¿Iba a llover? Todo era incógnitas, ¿sería posible? La virgen le recordó a los evangelistas y el olor acre del pan quemado lo devolvió de pronto a la mundana realidad. Había que entender, por favor, ¿qué era esta locura? Tuvo que hacer dos viajes al living y, cuando tuvo mate y pan y manteca y una servilleta vieja, se sentó el sofá, dispuso todo sobre la mesita y se dispuso a entender.
Primero repasó los hechos principales, desde el tipo que le vende la radio hasta el mozo, pasando por la aduana y los mensajes de la radio y la mención a los evangelistas (y su conexión con la Agencia, el cambio de Gobierno y la imprevista bajada de dejar el asunto). Después repasó la escena con el mozo: por fuera del sobre, no tenía idea de de qué hablaba ese viejo, ni de si desvariaba o exageraba (¿«Es algo más grande, algo que no te vas a poder sacar de encima, pibe»; «Tu abuelo no te dejó nada, pero lo que tenés ahora... Eso ya tiene dueño»?). Pensó en los Locos, la radio, y qué tenía que ver su abuelo. Nada, vacío total. Como la válvula. Eso sí era fácil: se la habían dado para hacer andar la radio. ¿Quién se la había dado y por qué? Volvió a la caja (¿por qué una caja de alfajores?, ¿era significativo?). La válvula, para la radio; la foto de los Locos, ¿por el sobre?; el plano del puerto, incógnita, y estos números... Entonces tuvo una idea: buscó el planisferio, un transportador y otro bocado de pan con manteca y se encomendó a la providencia. Con un poco de suerte funcionaría. Y funcionó: después de un rato de sufrir, logró decodificar las coordenadas: 34°36'30"S, 58°22'19"O: Buenos Aires (capital); - 41°08'00"S, 71°18'00"O: Bariloche; - 54°48'00"S, 68°18'00"O: Ushuaia; - 23°35'00"S, 65°21'00"O: Humahuaca; - 38°00'00"S, 57°33'00"O: Mar del Plata. «Usar antena dipolo para 7150 y 14200, coordinar transmisiones a las 22:00, Clave PARSIFAL». No supo si sentirse contento, orgulloso o condenado: tenía más datos y más preguntas, y todavía faltaba el sobre.
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Decidió huir hacia adelante. Abrió el sobre y extendió sobre la mesa tres o cuatro hojas amarillentas. Los nombres, escritos con una letra apurada y despareja, le decían poco y nada. Algunos eran comunes —Gómez, Fernández—, mientras que otros, como Scappaticci, aparecían subrayados con líneas gruesas, casi violentas. Al final de la lista, un número de teléfono, un fijo, con el código de área de Buenos Aires. Lo marcó sin pensar demasiado. El mensaje de la operadora fue claro: «El número marcado no corresponde a un cliente en servicio». Mateo dejó el teléfono. No esperaba respuestas fáciles, pero, aun así, sentía el vacío de esa línea muerta.
Miró las notas al margen: «PARSIFAL, 22:00», «frecuencia activa». Al lado de uno de los nombres, una frase lo frenó: «Registro Aduana - Lima». Recordó los lockers, la caja de alfajores, el plano portuario. Había algo más en la terminal, algo que no había visto antes. Quizás ahí estuviera la respuesta. «Esto se termina esta noche», pensó, mientras sus ojos iban de las hojas al aparato que lo había arrastrado a todo esto.
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Rechupó el mate sin pensarlo y, en pronta sucesión, llegó el ruido a mate vacío, el sabor odioso del resto de yerba viejo y frío y el cálido e intempestivo sonido de la radio, mayestática: «Esto no se termina, Scappaticci: esto recién comienza. Bueno, en realidad no, pero vos me entendés. El asunto nunca paró. Las antenas siguen en pie; el tiempo es un asunto complejo, la verdad. ¿Te vas dando cuenta o te hago un dibujito?». Mateo no se daba cuenta, y no quería ni siquiera pensar en que no se daba cuenta, ¡porque parecía —nuevamente— que la radio le leía la mente! Hizo silencio, intentó dejar la mente en negro, en la nada misma. Evidentemente, falló. «Te tenía un poquito más de fe, pibe, la verdad. Martes, 22:00, terminal Lima, sector Bravo. 7150 activa, poné un poquito de voluntad...». Clak, se fue. Silencio total.
Armó a las apuradas lo que consideró un kit de primera necesidad y salió pitando. Eran las 20:47 cuando salió del departamento. Lo importante era llegar, y ya vería. No entendía más que antes, no, pero al menos sabía dónde tenía que estar. O casi. Acovachado en el colectivo semivacío (era la hora de volver, no de ir al centro), pensó que lo mejor sería estar ahí, y estar preparado y, de ser posible, tener al menos una hipótesis que probar. Lo de los martes le pareció significativo; recordó que las transmisiones que había encontrado —o creído encontrar— de los evangelistas habían sido los días martes. Esto, y las fotos, y su abuelo y el mozo... Había una red, y no era nueva (eso lo había dicho la radio). No sabía qué hacían, pero algo. ¿Eran los evangelistas continuadores de algo, de aquello, o enemigos, usurpadores, contrabandistas del no sé qué? El mapa y los puntos debían ser de importancia, y el plano del puerto, y la Aduana, no podían ser datos menores. Tenía que ser algo internacional, sin dudas, por eso el puerto, la cordillera, el punto más austral... Si el mozo había hablado de algo grande... ¿estaba intentando ayudar a los buenos o descubrir a los malos?
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Iba sentado al fondo, con la cabeza apoyada contra el vidrio. Los postes de luz pasaban como latidos, acompasados por el zumbido del motor, y sus pensamientos oscilaban entre las coordenadas y los nombres. Había un ritmo en eso que lo tranquilizaba. La frenada lo sacó de golpe, como un sacudón en el estómago. Miró hacia adelante: el chofer discutía con dos tipos que habían subido en el semáforo. Estaban de civil, pero había algo en ellos, en cómo se movían o hablaban, que lo hizo subir la guardia.
Los hombres comenzaron a recorrer el pasillo, lentamente, mirando a cada pasajero con cuidado. Mateo sintió un escalofrío que le subía por la nuca. Apretó los puños sobre las rodillas intentando parecer indiferente. Cuando uno de ellos pasó a su lado, sintió la mirada fija apenas un instante, como si lo estuvieran midiendo. Pero el tipo siguió de largo, y Mateo soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. El colectivo arrancó de nuevo, pero el alivio fue corto: no podía ir directamente a la Aduana. En la parada siguiente tocó el timbre y bajó rápido, mezclándose con la poca gente que andaba por la noche. Seguía sintiendo esa presión en el pecho, como si algo o alguien lo observara desde algún rincón invisible.
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El resto del camino lo hizo a pie, mirando para todos lados, intentando pasar desapercibido. Era una tontería, realmente, porque nadie más que él prestaba atención a sus pasos. Salvo, claro, que alguien de veras lo estuviera siguiendo, en cuyo caso probablemente intentar pasar desapercibido fuera una completa imbecilidad. En cualquier caso, no lo hacía por lógica bien sesuda, sino por miedo visceral. Cuando llegó a la Aduana se parapetó detrás de un árbol enorme que olía a pis y se quedó un buen rato relojeando todo. No había nadie en la zona, el movimiento era el típico de la hora y el lugar. Se las ingenió para entrar como la otra vez, pero fue incluso más fácil, porque el de seguridad estaba haciéndose el lindo con la chica del kiosco de la esquina.
Adentro repitió el procedimiento hasta llegar al sector Bravo. No había nada que explicara qué tenía que hacer. Era una zona de mantenimiento. Había muebles viejos y cantidad de bolsas negras. Si tenía que revisar todo esto podía necesitar tres días (ni hablar de que, por toda compañía, tenía una linterna de mano). Encontró una puerta lateral: «Personal autorizado únicamente». Se santiguó y entró. Nada. Calderas, equipos de refrigeración, algo por el estilo. Máquinas y ruido. Paseó la linternita por todos lados. Nada. Casi sin darse cuenta alzó la vista, como implorando al cielo una mano y la linterna, irreverente, iluminó donde no lo había hecho antes. En un rincón, una escalera de pared se perdía en un hueco y ascendía más allá del cielorraso. Se santiguó de nuevo, se puso la linterna en la boca y empezó a subir.
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El eco de las pisadas resonaba con un ritmo monótono, amplificado por el hueco de la escalera. Cada peldaño parecía oxidado, crujiente, como una advertencia de que la estructura podía ceder en cualquier momento. Mateo no podía evitar pensar en lo absurdo de la situación: allí estaba, con una linterna de mano y un miedo atragantado, ascendiendo hacia lo desconocido en un edificio que parecía olvidado hasta por sus propios fantasmas. Pero la curiosidad —o quizá la necesidad de darle sentido a ese mensaje absurdo de la radio— lo empujaba un peldaño más y, luego, otro, y otro más.
Cuando llegó al final de la escalera se encontró con una trampilla cerrada, asegurada con un candado viejo que parecía haber visto mejores días. Intentó abrirla con cuidado, pero el óxido había endurecido las bisagras. Inspiró profundo, sabiendo que el sonido podría alertar a alguien —aunque ni él sabía a quién—, y empujó con más fuerza. La trampilla cedió de golpe, liberando una ráfaga de aire frío que olía a humedad y encierro. La linterna iluminó un espacio angosto, apenas más amplio que un desván, donde se acumulaban cajas y aparatos envueltos en polvo y olvido. En el centro, una pequeña mesa sostenía algo que parecía un grabador de cinta. Y encima de él, una hoja amarillenta, doblada con precisión quirúrgica.
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Abrió el papel:
Bueno, lo único que le faltaba. Puteó en silencio. Buscó con la humilde linternita y encontró una puerta sin picaporte muy bien disimulada con la pared. Cedió al mínimo esfuerzo. Detrás, un espacio diminuto y otra escalera igual que la anterior, pero más pequeña, más oxidada y crujiente. Subió linterna en boca. Seguía puteando por dentro, y por dentro también sentía un miedo creciente, pero ya era tarde para nada más. Al final de la escalera, otra puertita, esta más rebelde; y después del golpe, un ruido y el aire fresco de la calle. Se encontró lo que podía ser un techo o una terraza. Cables, fierros, cagadas de palomas, seguro que varias ratas y los tanques de agua. Encontró otra escalera, y subió a otro techito y, después, a otro techo más y, finalmente, estuvo, casi sin darse cuenta, parado frente a una antena de unos 15 metros de altura, de simple construcción, pero muy sólida.
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Mateo alzó la mirada hacia la antena. La linterna iluminó los bordes oxidados y los cables que subían por los costados como venas de metal. Un zumbido apenas perceptible vibraba en el aire, un sonido que no venía del viento ni de la ciudad. Se acercó, buscando el origen, y lo encontró en una pequeña caja metálica adherida a la base de la antena. Estaba cerrada con un candado, pero el tiempo había hecho su trabajo: al primer tirón, el metal cedió con un chirrido seco. Dentro había un transmisor rudimentario o, al menos, eso parecía. Mateo no entendía nada de electrónica, pero reconoció un interruptor, grande y rojo, en el centro del aparato.
«Es esto», pensó, «de acá sale todo». No sabía cómo ni por qué, pero lo sentía con la misma certeza irracional con la que había subido hasta allí. Extendió la mano, temblorosa, y la retiró de inmediato. Algo detrás de él se movió. Un ruido sutil, apenas un roce en la oscuridad. Giró de golpe, la linterna temblando en la mano, pero no vio nada. O sí. La sombra de la antena parecía haber cambiado de lugar. No era posible, ¿o sí?
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En ese momento, una voz familiar resonó en la oscuridad, proveniente de ningún lugar y de todos al mismo tiempo: «Dale, pibe, ¿qué esperás? ¡¡PONELE VOLUNTAD!!». Mateo se dio vuelta bruscamente, pero no había nadie. La voz venía de otro lado, como si el aire mismo estuviera hablando. Era la misma voz de la radio, pero sonaba más cercana, más humana. Más imperativa, más apremiada. El zumbido de la antena aumentó ligeramente, y Mateo sintió que los pelos de la nuca —y otros— se le erizaban. No era solo electricidad: había algo más en ese sonido, algo que le recordaba a las historias de su abuelo. Se acordó de las palabras del mozo.
Con un movimiento decidido, apretó el interruptor. Un destello azulado recorrió la antena de abajo hacia arriba, como una descarga eléctrica que se perdía en el cielo nocturno. El zumbido se transformó en un silbido agudo y, luego, en una cacofonía de voces superpuestas. Entre todas esas voces, Mateo reconoció una que lo dejó helado: era su abuelo, joven, vibrante, revoleando palabras incoherentes que flotaban en un mar de ecos e ininteligibilidades. De pronto, un pequeño chasquido, y completo silencio nuevamente.
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Avanzó lentamente hacia el borde de la terraza, incapaz de despegar la vista del cielo, que parecía contener un peso invisible. La vibración en el aire seguía presente, leve pero constante, como si la misma noche respirase. De pronto, una ráfaga de viento le trajo algo más: un murmullo apenas audible que parecía provenir del puerto. Eran palabras susurradas, incompletas, pero una de ellas llegó a él clara como una campanada: «Decidí». Mateo sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Era imposible, pero lo sabía con certeza: esa palabra venía de su abuelo.
Con un pie suspendido en el aire, dio un paso atrás, los ojos clavados abajo, en la ciudad que se extendía ante él como un tablero de ajedrez caótico e indescifrable. La vibración del aire persistía, como si el propio viento trajera consigo algo más. Al fondo, las luces del puerto parecían moverse, deslizarse de manera irregular. Algo lo llamaba, algo que no podía explicar, pero que sentía con cada fibra de su ser. Miró una vez más el horizonte y en su mente se encendió una chispa: «Decidí», repitió, como una orden más que como una pregunta.
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Sacó de la mochila el plano del puerto. Parapetado justo detrás de la antena, intentó alinear su posición con el mapa. Cuando decidió que estaba en posición se dispuso a encontrar algo. Y miró y miró y, pese a la noche clara, no encontró nada. A menos que aquella luz roja —seguramente otra antena— pudiera tener un significado. Esa luz roja se prendía y apagaba como todas. ¿O no? Y entonces se quedó mirando un rato y, de a poco, empezó a darse cuenta: los intervalos no eran regulares, el prendido y apagado parecía no seguir un simple patrón. ¿Era un mensaje? ¿Podía ser alguna suerte de Morse más lento?, ¿o algo más? Todo preguntas, una vez más, pero esta vez estaba decidido a resolver el asunto.
Tomó las referencias que pudo y calculó la distancia a la antena. La zona del puerto era complicada en la oscuridad y sin conocer, pero, con alguna referencia cercana, creyó que podría orientarse. Después de todo, tenía una luz roja. Tenue, cierto, pero luz al fin. No iba a ser tan difícil de encontrar. La salida de la Aduana fue igual de sencilla que la vez anterior, con la diferencia de que esta vez, de alguna manera, a Mateo ya le importaba tres carajos si el tipo lo veía o lo llamaba. Venía calentito ya, cansado de dar vueltas, excitado con el posible hallazgo, envalentonado por la voz del abuelo. Cegado y resoluto, venía, dispuesto a resolver el asunto cuanto antes. «Ponele voluntad, Scappaticci», se oyó diciendo para sí...
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Caminó hacia el puerto, la vista en la luz roja. Nada más había. La luz de los barcos parpadeaba a lo lejos y el río lamía suavemente los pilares de concreto cuando Mateo llegó. Cerca de una estructura metálica con una luz roja en la cúspide encontró un trozo de papel arrugado y lo desplegó. «No busques al Señor fuera de ti, Mateo. El Señor es la fuerza que te mueve, lo que elegís y lo que dejás ir. Te lo pedimos, Señor, porque no sabemos qué más hacer, pero la respuesta está en la acción, no en la espera».
En ese instante, un grito lejano rompió el silencio de la noche y, por un segundo, Mateo pensó que era una señal. Pero, al mirar alrededor, se dio cuenta de que no había nadie. La voz, si acaso, era suya. Sonrió y comenzó a desandar el camino. No necesitaba más respuestas, solo actuar. «Te lo pedimos, Señor», murmuró, esta vez con una sonrisa serena, como si finalmente entendiera que la voluntad no se impone: se elige.